EL HOMBRE QUE FUE JUEVES
Columna
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Mi año favorito

Antonio Llopis me dejó noqueado: uno de esos intérpretes de los que te crees todo, haga lo que haga. Tristemente no volví a verle

Antonio Llopis, en los años noventa dirigiendo 'Historia de un soldado'.
Antonio Llopis, en los años noventa dirigiendo 'Historia de un soldado'.ROS RIBAS

No fue ni mucho menos mi año favorito, es una figura retórica, pero sí uno de los mejores desde el punto de vista teatral. El jueves pasado escribí Así empezó mi adicción, centrada en el exitazo de La boda de los pequeños burgueses, de Brecht, adaptada y dirigida por Angel Facio e interpretada por Los Goliardos: función de gira, una de las estrellas de la temporada 1973-1974. Pero no la única. Fue la gira de José Luis Gómez y del Bululú de Malonda, y mi gran sorpresa: el TEI (Teatro Experimental Independiente) de Madrid. Porque apenas sabía nada de ellos, e iba a verles en Barcelona nada menos que con tres funciones muy distintas, y no en el Capsa, que era el feudo del teatro independiente, sino en el Poliorama, en lo alto de las Ramblas: habitualmente teatro “comercial”, e incluso cine, pero allí también se habian dado El malentendido, Las criadas y Marat-Sade, entre otros aldabonazos. ¿Qué espectáculos presentaron los del TEI en aquella pródiga temporada? Creo que el orden fue este: dos piezas que ya se habían ofrecido con éxito en Madrid y otras ciudades españolas, Proceso por la sombra de un burro, de Friedrich Dürrenmatt, e Historia del zoo, de Edward Albee, y la tercera solo en Madrid, que respondía al atractivo título de ¡Oh, papá, pobre papá, mamá te ha metido en el armario y a mí me da mucha pena!, de Arthur Kopit. Si no me equivoco, las tres estaban dirigidas por William Layton.

Proceso era una farsa popular, con un toque brechtiano y un reparto amplio. Estaba muy rodada, me divirtió y me gustó, aunque me sedujo más la clave de farsa dislocada y macabra de Kopit, que bordaba José Carlos Plaza en el rol de la feroz Madame Pétaloderosa, secundado, si no recuerdo mal, por Begoña Valle y Francisco Vidal, entre otros. Pero el zambombazo rotundo fue Historia del zoo, donde Plaza estaba impecable como el pusilánime Peter; y Antonio Llopis, para mí un absoluto descubrimiento, deslumbrante en el rol del atormentado Jerry. Devoré el drama sentado al borde de la butaca y salí a la calle sin saber por donde me daba el aire. Miento: al empezar creí saber que quería ser actor; pero después de ver la verdad y la fuerza de Llopis pensé que no llegaría a su altura ni trabajando cuarenta años. Me dejó noqueado: uno de esos intérpretes de los que te crees todo, haga lo que haga. Tristemente no volví a verle. Siguió actuando, fue profesor y director (había fundado el Teatro de la Danza), pero, como me dijo Myriam de Maeztu, “era un hombre tan apasionado como atormentado”. Y se tiró por el viaducto. Llevaba una escalera, dicen: se subió y se tiró. Esto sucedió en diciembre de 2008. Tenía 65 años. Como escribió Rosana Torres, “murió como había vivido: de manera radical y solitaria”. El no menos grande William Layton se había suicidado en 1993, para esquivar el peso de sus 82 años. Pero seguimos recordándoles.


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