68º FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁNCrítica
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Viggo Mortensen también es un director atractivo

Su muy merecido estrellato no le ha impedido a este señor interpretar proyectos muy pequeños de producción en los que creía

Viggo Mortensen en el Festival de Cine de San Sebastián. En vídeo, Viggo Mortensen recibe el Premio Donostia. FOTO: JAVIER HERNÁNDEZ / VÍDEO: ATLAS

Veo con frecuencia la tensa y romántica Único testigo, una película que adoro y no solo por su celebérrimo y precioso baile en el granero. Es la primera vez que observé en una pantalla el careto de un jovencísimo Viggo Mortensen. No tenía frase, pero sí buen rollo, encanto, presencia. Y así como pagaría dinero por no encontrarme en las películas con determinados actores y actrices especializados en psicologismo tortuoso (no discuto su talento, pero me crispan casi siempre), hay otros que poseen imán para mis gustos, que me los creo, con los que me siento cómodo. Mortensen pertenece a ese grupo. Existe algo muy limpio, luminoso y atractivo en él, se presta a la epopeya, aunque también puede dar miedo, ser violento hasta límites volcánicos. Pueden comprobarlo en sus excelentes y perturbadoras actuaciones en Promesas del Este y Una historia de violencia. O con el valiente, duro y machacado Alatriste.

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Su muy merecido estrellato no le ha impedido a este señor interpretar proyectos muy pequeños de producción en los que creía. O colocarse detrás de la cámara (y también delante, para vender la película) en Falling, narrando una historia familiar dominada por la penumbra, los sentimientos encontrados, el agresivo infierno mental debido al alzhéimer (aunque antes de la enfermedad ese fulano autoritario, cruel y desdeñoso también debió de ser un mal bicho) de un hombre al que su sufrido hijo, el novio de este y su hija intentan en vano ofrecerle un refugio físico y sentimental. Es una película intensa, bien contada, pensada y sentida, que escarba en sensaciones dolorosas, en el peso de los recuerdos y en la complejidad de los sentimientos. La interpretación de Mortensen, como siempre, resulta creíble. Y el anciano trastornado y brutal que encarna Lance Henriksen da miedo y compasión. Y siempre es un placer ver a esa formidable actriz que es Laura Linney, aunque sea en una aparición breve.

También padece esa devastadora y progresiva enfermedad mental y física —que logra que te olvides de ti mismo y de los que te rodean, de tu memoria y de tus sentimientos, que acaba transformándote en un vegetal— uno de los dos protagonistas de Supernova. Todavía puede sentir amor por el entregado novio con el que lleva treinta años y embelesarse mirando las estrellas. Pero sabe que está perdido, que todo irá a peor, que el túnel será interminable. Y emprenderá con su pareja un último viaje en una autocaravana por lugares donde antes vivieron el esplendor en la hierba, visitaran a seres queridos, se contarán su angustia y su miedo, tendrán pavor a la abrumadora soledad que les espera. Y el enfermo tomará una decisión tan lógica como desgarrada.

La dirige con impecable pulcritud Harry Macqueen. Y la interpretan dos actores tan buenos como el estadounidense Stanley Tucci y el inglés Colin Firth. Los personajes no paran de hablar y lo que dicen está muy cuidado. Uno es escritor y el otro pianista, son muy guays, que diría la ministra de Igualdad. Se supone que la temática es estremecedora y poética, con capacidad para remover tus fibras sensibles y hacerte llorar. Reconozco la potencia emocional de lo que narran. Pero no logro meterme dentro de los personajes. No me enamoran, lo veo desde fuera, con cierta frialdad, aunque lo que observo y escucho debería conmoverme. El problema tal vez sea mío y no de la película. Y, por favor, que de una puta vez ayuden a morirse de forma plácida a los desgraciados con el cuerpo o el alma en estado ruinoso que ya no quieren ni pueden seguir aquí.


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