CAFÉ PEREC
Columna
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El resto del mundo era Elizabeth

El actor Richard Burton se movió siempre en esa misma contradicción entre lo que le habría gustado ser y lo que de hecho era

Elizabeth Taylor y Richard Burton, en una imagen de '¿Quién teme a Virginia Woolf?' (1966).
Elizabeth Taylor y Richard Burton, en una imagen de '¿Quién teme a Virginia Woolf?' (1966).

Habrá quién no sepa ya quién fue Richard Burton, y eso que no hace mucho era uno de los seres más envidiados de la tierra; en algunos casos de forma equivocada, porque le creían el autor del libro Anatomía de la melancolía, confundiéndolo con un clérigo genial (Robert Burton) que anduvo por Oxford en el siglo XVI. Claro que nuestro Richard Burton también fue clérigo anglicano y alcohólico, amigo de Ava Gardner en La noche de la iguana. Y podía parecer cualquier cosa, menos alguien melancólico, aunque sus diarios, publicados por la Universidad de Yale en 1968, revelan lo contrario: viéndose convertido en un actor de Hollywood, sentía melancolía por lo que el maldito cine le impedía practicar con más frecuencia: el teatro (preferiblemente Shakespeare) y la literatura. Un domingo de agosto llegó a escribir en su diario: “Odio, odio, odio interpretar papeles en el cine”. Y meses después: “Toda mi vida he estado secretamente avergonzado de ser actor, y cuanto mayor me hago, más avergonzado me siento”

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Pero eso sí: compaginaba el horror de triunfar como actor con una colosal vida trepidante de amor incluso exagerado hacia Elizabeth Taylor. En realidad, ella lo era todo para él: “Me desperté a las 4.30 am y esperé que el resto del mundo se levantara. El resto del mundo era Elizabeth”.

Está claro que si para Shakespeare el resto era silencio, para Burton el resto era Liz. Publicó sus diarios en el 68, pero no he podido asomarme a ellos hasta estos días navideños en que Séguier, la editorial parisina, ha publicado una edición parcial (Journal intime) con los fragmentos más intensos, aquellos en los que Burton se adentra muy a fondo en su “vida excesiva” y nos confirma que fue un tipo infinitamente más complejo que la mayoría de los actores de Hollywood.

Ese odio de Burton a su principal actividad me ha transportado al odio feroz del gran Agassi a su principal actividad, el tenis. En Open, sus memorias, lo expuso con toda claridad: “Odio el tenis, lo detesto con una oscura y secreta pasión, y sin embargo sigo jugando porque no tengo alternativa”. Recuerdo la crudeza con la que exponía su drama de tenista fabricado por un padre autoritario y obsesionado en convertir a su hijo en el número uno de un deporte que para Agassi era glacial y le obligaba robóticamente a devolver “un millón de pelotitas al año”. De haber podido elegir, decía Agassi, habría preferido el boxeo, por ejemplo, donde era factible oler de cerca el sudor de tu adversario.

Richard Burton se movió siempre en esa misma contradicción entre lo que le habría gustado ser y lo que de hecho era. Extraña forma de vida. Amaba con locura a Liz, pero también la odiaba sin freno. El diario revela que de todos modos, básicamente, vivir con ella significó para él educarse en la felicidad. Única lectora de su diario, Liz le pidió que registrara allí un día espléndido que pasaron juntos. Pero si lo escribo, le dijo Burton, me enfurezco porque tuve que esperar hasta los 39 años para experimentar un día tan implacablemente maravilloso.

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