Guadalupe Grande, la derrota innecesaria

Fallece a los 55 años en Madrid la poeta “sin tendencia”, crítica y traductora, autora de ‘El libro de Lilit’

La poeta Guadalupe Grande junto al  poeta cubano Pablo Armando Fernandez en Colombia en 2007.
La poeta Guadalupe Grande junto al poeta cubano Pablo Armando Fernandez en Colombia en 2007.Rafa Salafranca (EFE)

Hay noticias que, en un instante, remueven todo un mundo. Fue el domingo, cuando nos llegó, como un afilado golpe de viento en una tarde muy fría, la noticia. Guadalupe Grande ha muerto. Por si no teníamos bastantes dosis de dolor y perplejidad tras la marcha de Félix Grande y de Francisca Aguirre entre 2014 y 2019, la de Guadalupe, Lupe para casi todos, nos dejaba en el borde del abismo. Recordé, mientras caminaba de vuelta a casa por las calles del barrio, conmocionado por la llamada telefónica, que había transcurrido la friolera de dos décadas desde que, en 1999, escribí el prólogo de la antología colectiva Pasar la página. Poetas y poemas para el fin del milenio. Guadalupe Grande era uno de los nombres incluidos. Yo había leído, a lo largo de 1998, su primer libro, a la sazón Premio Rafael Alberti de Poesía de ese año, titulado El libro de Lilit, y de aquella lectura no había salido indiferente. Y la situé en el capítulo titulado Islas poéticas que no hacen archipiélago, es decir, entre aquellos poetas cuya singularidad impedía incluirles dentro de una corriente más o menos reconocible. Era, parafraseando a Valente, una poeta “sin tendencia”.

Nacida en Madrid, 1965, creció y maduró en el corazón de la literatura, especialmente de la poesía. Sus padres, Félix y Paca, fueron, en el domicilio madrileño de la calle Alenza, 8, anfitriones de gran parte de los escritores que, a finales de los sesenta y durante la década posterior, llegaban de América Latina bajo el aura del “boom”, o desde la España periférica a buscar la gloria en la ciudad de Madrid. Ella se licenció en Antropología Social y desde muy joven empezó a escribir poesía, a participar en tertulias, a leer con mucho criterio y a fondo, cuanta poesía tenía a su disposición en la biblioteca del interminable pasillo de la calle Alenza.

En las conversaciones mostraba una profunda y vasta cultura, amaba la música y la pintura y había heredado una memoria colectiva, que iba de la España franquista a la abyección colectiva que supuso el Holocausto. Joven nacida en los sesenta, se contemplaba, como tantos otros de su generación, en el espejo de sus mayores, marcados por la II República y la posguerra, y miraba el mundo con mirada crítica, vindicativa de la igualdad y de una sociedad más justa, mientras construía, con sus coetáneos, el imaginario de la democracia que nació en 1978. Su obra poética se sustenta en cuatro libros, contenidos e intensos: además del premiado con el Alberti, publicó La llave de niebla (2003), Mapas de cera (2006) y Hotel para erizos (2010), además de traducir La aldea de sal, de Ledo Ivo, con Juan Carlos Mestre, o editar, con Félix Grande y Antonio Hernández, la poesía completa de Luis Rosales.

Escribió decenas de artículos sobre cultura y literatura e hizo crítica de poesía (El Mundo, Cuadernos Hispanoamericanos, Reseña) y tanteó el universo de la poesía visual, además de trabajar profesionalmente en la gestión cultural y dirigir la actividad poética de la Universidad Popular José Hierro, de San Sebastián de los Reyes. Su poesía es una indagación en las carencias de la vida, en los escenarios de la memoria personal y colectiva. Está cargada de sutilezas y sensibilidad hasta el punto de que podría calificarse como una peculiar lírica de la experiencia: una experiencia enormemente compleja y poliédrica que se nutre no solo de lo visible, sino de la memoria, del sueño, de la contemplación, de la vivencia cultural y moral. Quizá por ello, en sus versos respira una conciencia de claudicación, de derrota, de fracaso (“Pienso que escribir poesía quizá sea una derrota necesaria”, afirmaba en su poética).

Con un lenguaje engañosamente conversacional con sutiles engarces con la mística y con lo irracional, sus versos siempre han estado esponjados de melancolía, de una extraña tristeza: “Huir es un naufragio, / un mar en el que buscas tu rostro, inútilmente”. De César Vallejo a Machado, de Carlos Edmundo de Ory a Sylvia Plath o Alejandra Pizarnik. Morir a los 55 años es una derrota innecesaria. Odiosa y radicalmente injusta.

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