La escritora que revolucionó las letras colombianas

Pilar Quintana, que ha ganado el premio Alfaguara, alcanzó el reconocimiento internacional con su novela ‘La perra’

La escritora colombiana Pilar Quintana, en una imagen de archivo.
La escritora colombiana Pilar Quintana, en una imagen de archivo.MANUELA URIBE (Europa Press)

Pilar Quintana tardó en llevar a la literatura los largos años que vivió en la selva, pero esa experiencia ya le había permitido hacerse un lugar destacado en el panorama de las letras colombianas. El premio Alfaguara por Los Abismos llega después de que su novela La perra (2017) obtuviera varios reconocimientos. El año pasado la traducción al inglés fue finalista de la National Book Award, el año anterior ganó el English Pen Award, y hace dos años la novela alcanzó el Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana. La obra ha sido traducida a más de una docena de idiomas.

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Al igual que en Los Abismos, La perra es una novela que toca el tema de la maternidad y que se atreve a poner en palabras los tabúes que rara vez se discuten en nuestras sociedades. “Yo creo que es fundamental que reflexionemos sobre las dificultades de la maternidad, que la desacralicemos”, dijo Quintana al recibir el premio Alfaguara. Y añadió: “Que no la sigamos viendo como un mito y considerando a las mamás como unas santas, porque no lo somos. Somos seres humanos con luz y con oscuridad”.

La perra es una novela corta que inunda a los lectores en las lluvias interminables y la selva densa del Pacífico colombiano, uno de los territorios más pobres y discriminados del país, donde la mayoría de la población es afrocolombiana. Los nueve años que Quintana (Cali, 1972) vivió en una cabaña rústica llena de ventanales sobre un acantilado en un remoto paraje selvático, cerca del poblado de Juanchaco, impregnan sus páginas. Ella ha contado que esa naturaleza hermosa y salvaje del Pacífico, donde el mar rompe con fuerza y llueve “con una sevicia bíblica”, la hizo sentir como “una cosita minúscula y pueril a merced de los elementos”.

El personaje principal se llama Damaris, una mujer negra y pobre a punto de cumplir cuarenta años, “la edad en que las mujeres se secan”. Siempre quiso tener un hijo, pero al no lograr quedarse embarazada, decide adoptar una cachorrita cuando ya no alberga esperanzas. “Ella se sintió liberada, pero al mismo tiempo derrotada e inútil, una vergüenza como mujer, una piltrafa de la naturaleza”, escribe Quintana en la novela. La relación tensa que se desarrolla entre Damaris y su mascota va más allá de la imposibilidad de quedar embarazada: es acerca de sobrevivir a una infancia de maltrato, a un matrimonio violento, y a una sociedad profundamente clasista y racista. Damaris vive con Rogelio –un hombre que castiga a tres de los perros machos que viven en casa– en un acantilado selvático “donde la gente blanca de la ciudad tenía casas de recreo grandes y bonitas con jardines”.

“La culpa vive en ella”, explicó Quintana en una entrevista sobre el personaje de Damaris. “Creo que la culpa es gran parte de nuestra vida en América Latina. Quería explorar eso en Damaris: ella es de un área no privilegiada, es negra y es pobre, y se siente culpable, pero no debería sentirse culpable porque la sociedad es la que debería sentirse culpable, no Damaris”.

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En sus libros anteriores –Coleccionista de polvos raros (2007), Conspiración Iguana (2009) y Caperucita se come al lobo (2012)– Quintana había construido atmósferas esencialmente urbanas, y tardó años en llevar a la ficción su experiencia en esa región a la que solo se podía llegar por bote, cerca de un pequeño pueblo pesquero. Uno de sus abuelos era afrocolombiano y de la misma zona donde transcurre La perra. Durante meses, se obsesionó en la manera en que los escritores describían la selva, y recurrió a clásicos colombianos como La vorágine, de José Eustasio Rivera, y Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.

Quintana arrastra su propia historia de maltrato, que contó sin tapujos en un artículo para la revista Bacanika. “Luego de que nos instalamos en la selva, al verme trabajando en el computador, me decía que yo no hacía más que estar sentada en mi culo todo el día y, durante las peleas, pasó de gritarme a empujarme, perseguirme si yo quería escapar, agarrarme duro y estrellarme contra la pared”, cuenta sobre la vida con su exmarido en esa cabaña de madera que construyeron con sus propias manos. Un día, la levantó del cuello mientras ella sentía que se estaba ahogando. “Pensé que si no me soltaba moriría, y entendí, por fin, que ese hombre era mi enemigo”, relata sobre el episodio que la llevó a regresar a la ciudad, y despertó un feminismo que hoy considera más necesario que nunca.

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