Luis Harss: “Siempre me pareció tonta pero simpática la palabra ‘boom”

El autor de ‘Los nuestros’ recuerda cómo descubrió a los autores latinoamericanos y su conflicto entre escribir en inglés y en español

El escritor Luis Harrs, en su casa en Pensilvania, en abril de 2020.
El escritor Luis Harrs, en su casa en Pensilvania, en abril de 2020.Eduardo Montes-Bradley

Una editorial estadounidense le pidió a Luis Harss (escritor, chileno, argentino, estudió en Stanford y desde hace muchos años es también norteamericano, 84 años) que se pusiera a hablar con escritores jóvenes latinoamericanos, a los que añadió algunos, como Cortázar, Rulfo, Borges u Onetti, ya conocidos. Entre los que él descubrió para América, y en seguida para el mundo, estaban Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes y otros que conformaron aquella audaz avanzadilla. El más joven, Mario Vargas Llosa, tenía 24 años cuando apareció (en Suramericana) Los nuestros para ser emblema del boom. Al primer causante de ese fenómeno le pareció esta siempre “una palabra un poco tonta pero simpática”. Nos habla por Skype desde su casa en Mercesberg (Pensilvania), donde ha vivido gran parte de su vida adulta, como profesor. Aparte de ese libro clave, es autor de Mis autores (ensayos sobre autores latinoamericanos, publicado en los años 80) y de Momentos de vida (2012) y ahora trabaja en “una especie de autobiografía”. Él acepta con buen humor el asunto que nos junta y que es lo más duradero de la literatura en español del siglo XX.

Pregunta. Estaba alerta cuando se puso a hacer esa crónica general del boom.

Respuesta. Alerta, pero como relator. Nunca fui en verdad periodista, lo hice por un tiempo para ganarme la vida. En aquel momento no tenía ninguna sensación de estar haciendo algo histórico. Los nuestros fue una casualidad. Había un editor norteamericano, Roger Klein, que me dijo: “¿Te das cuenta de las cosas que están pasando en Suramérica y en la literatura suramericana?”. Yo no tenía ni la menor idea. Era finales de los años cincuenta. En ese momento yo vivía en París y necesitaba plata, y acepté el encargo de indagar, para un libro, en lo que a él tanto le llamaba la atención. Hice viajes para encontrar a aquella gente. Fui a Buenos Aires, donde una dama de las letras se extrañó de que no conociera a Borges, así que me arregló una cita. Ahí empezaron los descubrimientos. Edmund Wilson, el famoso crítico, había dicho que “al sur del Río Grande no hay literatura”, y yo me había criado en ese ambiente. Yo había estudiado en Stanford, Estados Unidos, trabajaba en inglés. Me había ido de Argentina, asqueado por el peronismo… Uno rompe por acá y por allá y lo que has dejado un día te alcanza, te arrastra como una hojita seca y volvés a donde estabas antes… Así que este libro fue una casualidad.

P. Usted se dio cuenta de la importancia del fenómeno mientras estaba haciendo el libro.

R. Iba descubriendo las cosas que yo quería o debía saber. Pero años después aprendí sobre la literatura hispanoamericana, de la que yo no sabía mucho. Me sorprendió que hubiera estos escritores. Gracias a mis estudios en Stanford podía distinguir literaturas, así que entendí pronto que había una especie de cerebro colectivo que estaba funcionando en Hispanoamérica. En esa época era un verdadero descubrimiento literario, también para mí. En la Argentina teníamos tan mala educación literaria, y no solo, que podíamos ignorar a Borges, por ejemplo. El primer escritor hispanoamericano al que yo conocí y cuya obra me entusiasmó fue Cortázar. Fue su amabilidad, su paciencia, la que en verdad me permitió hacer ese libro. Se daba cuenta de que yo era una especie de mocoso que no sabía nada, y entonces me ayudó.

Borges es una especie de oráculo. Me gusta que fuera tan contradictorio
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P. Era como la crónica de lo que iba sabiendo…

R. Posiblemente. También Mario Vargas Llosa es un tipo muy elocuente, expresaba muchas cosas, que yo recogí con objetividad, que era el propósito de todo el libro… Había escritores que no me gustaban nada. Por ejemplo, detesté a Alejo Carpentier. Pero traté de ser ecuánime. Uno va despertándose y tomando ciertos puntos de vista, aunque se me perdió una dimensión de la literatura hispanoamericana, la más misteriosa, de gente como Felisberto Hernández. Mi libro fue sobre la corriente principal, no sobre esos personajes que luego descubrí. Felisberto Hernández murió poco antes de que yo hiciera el libro, y además no lo conocía. Estaba pasando por ese periodo de desconocimiento que pasan algunos escritores claves, de los que nadie se acuerda apenas se mueren. En aquel periodo, los nuevos a los que entrevisté constituían lo que ellos mismos llamaban una mafia, así que se iban recomendando unos a otros, y eso fue nutriendo el libro.

P. El exiliado español Eduardo Blanco Amor usó esa palabra, mafia, para arremeter contra Fuentes, por ejemplo.

R. Por supuesto yo no era parte de la mafia, porque no tenía ninguna relación con ellos. Hubo mucha inquina. Ernesto Sabato respondió cuando le hablaron de Los nuestros: “A mí qué me importa si yo no estoy en ese libro”. No me gustaban Sabato ni Mallea; me parecía entonces el español un idioma que tenía ciertas deficiencias para la ficción. A Jorge Semprún le preguntaron una vez por qué escribía en francés, y él respondió: “Porque el español me resulta un idioma deficiente para escribir las cosas que yo quería escribir”. Me sorprendió mucho, pero era exactamente cuando yo era joven. Ya no lo siento así, pero lo sentía. No me daba cuenta de que la pobreza no era la pobreza del idioma, sino la pobreza de la cultura en la que yo me crie.


P. ¿Cómo contempla ahora la literatura en español desde Pensilvania?

R. Hace años que estoy como fuera del mundo literario. Yo hago mis cosas y solamente publico ediciones privadas. Nadie me lee. No conozco a nadie. A veces me deprimo y luego salgo adelante. Es decir, no estoy colocado en ningún lado en este momento y escribo más que nada en inglés. Escribo cuentos, cosas así. Tengo varios libros, pero me he autopublicado en inglés y en español. Empecé ahora a hacer una especie de autobiografía. Me divierte porque mi vida no es nada interesante, pero es divertido hacer de una vida no interesante algo que pueda tener algún tipo de interés. Es como una especie de desafío que me he puesto.

P. La importancia de ser Luis Harss…

R. No es importancia, sino como la gracia de ser Luis Harss y no otra persona. ¿Por qué soy yo y no otro?

P. Parece de Borges.

R. Yo soy un gran admirador de Borges, ahora que lo conozco, y lo cito casi todo el tiempo, y sin pensar. Es una especie de oráculo. Tenía un don. Sus aforismos son memorables. Me gusta que haya sido un tipo tan contradictorio. Me gusta mucho la gente contradictoria. Es lo que más me gusta de Vargas Llosa. No me gustan sus libros, y tampoco su política, pero lo admiro por el coraje político que tiene. Me encanta cuando va a Argentina y le insultan, y le tiran piedras y dice que la enfermedad argentina es el peronismo. Es una persona que merece todo respeto por su coraje.

P. En su libro reciente cuenta cómo se le ocurrió la palabra boom. ¿Es orgullo o simplemente crónica?

R. Es crónica nada más. Me hace gracia el hecho de que una palabra inglesa, que me vino de una referencia al boom económico italiano, haya llegado a definir una época de la historia literaria. Yo nunca usé esa palabra con ese énfasis, pero alguien se agarró a ella y pasó a ser una especie de emblema de esa literatura. A mí siempre me pareció una palabra un poco tonta, pero simpática, para hablar de la explosión de la literatura. Como algunas chicas, que son muy lindas, pero un poco sosas.

P. Puso en órbita a muchos, y sobre todo a una literatura. ¿Ahora usted mismo quién es?

R. En Stanford hubo un profesor que me dijo: “Usted hace cosas interesantes”. Nunca nadie me había dicho algo así. Aquí empecé a escribir en inglés. Mi vida ha sido un conflicto entre el inglés y el español, estar en un mundo, estar en el otro. Yo ahora tengo 84 años y nunca he resuelto el conflicto. Trabajo en inglés porque es el idioma en el que descubrí que yo quería escribir, y esto tiene que ver con mi identidad. Argentina es mi país, y este es también mi país. Mi patria es también cierto parque, cierta esquina. No tengo una ciudadanía grande, sino una ciudadanía chica con recuerdos de infancia. Yo soy todo lo contrario de un patriota, de un nacionalista. El verdadero mundo de uno es la infancia.

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