Muere el pintor Luis Feito, fundador del grupo El Paso, por coronavirus

El artista, de 91 años, una de las figuras más importantes de la abstracción española ha fallecido en Madrid

El pintor Luis Feito, en el Museo Reina Sofía de Madrid, en 2002.
El pintor Luis Feito, en el Museo Reina Sofía de Madrid, en 2002.

Es ingrato, más que difícil, resumir en un breve texto la actividad de un creador como Luis Feito. Sobre todo si la muerte a sus 91 años por coronavirus le sorprendió aún lleno de ideas. Su obra comenzó siendo un decidido joven que, a mediados del siglo pasado, ya estaba dispuesto a dar batalla en el represivo ambiente cultural español, pues en 1957, junto con sus históricos compañeros, fudaba el grupo El Paso.

Por eso, y antes de enumerar algunos rasgos de su biografía artística, es más significativo citar la actitud con la que me respondió cuando le comuniqué la concesión del Premio Nacional de Arte Gráfico en 2018, pues como portavoz del jurado que acordaba su concesión le expliqué que con su aceptación se comprometía a realizar al año siguiente una exposición retrospectiva de su obra gráfica en las salas de la Calcografía Nacional de la Real Academia de Bellas Artes. Entonces, su condición fue que también tendríamos que incluir sus últimas obras, ya que sin ellas su trayectoria no se entendería… Y esa respuesta me hizo recordar las palabras que el gran artista japonés Hokusai escribió a sus 75 años, después de su icónica Vista del monte Fuji a través de la Gran Ola, asegurando que a pesar de estar dibujando desde los cinco años, no sería hasta los 120 que conseguiría infundir vida a cada punto y línea que trazara.

En 1998, Feito (Madrid, 1929) relató sus motivaciones y primera trayectoria vital con su discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de Madrid, con el título Notas sobre un itinerario; recibiendo como bienvenida las palabras de Gustavo Torner. Y precisamente con este nombramiento como académico culminaba no solo su proceso de formación, alimentado también con el poscubismo en el taller de Vázquez Díaz, sino su participación en la docencia artística como profesor en dicha Academia.

Pero su extraordinaria carrera comienza con una primera estancia en París, en 1955, becado por el Gobierno francés, que en 1985 le nombró Oficial de la Orden de las Artes y las Letras, y se desarrolló durante cuarenta años, en los que vivió fuera de España (París, Montreal y Nueva York), hasta residir definitivamente en Madrid desde la década final del siglo pasado.

Sus exposiciones desde aquellas primeras y muy significativas de la madrileña Librería-galería Buchholz y la Galerie Arnaud de París, a su presencia en la Bienal del Mediterráneo, en Alejandría; Bienal de Sao Paulo (1957), Bienal de Venecia (1958), hasta su antológica en el Museo Reina Sofía (2002), o la retrospectiva en el Palacio de Sástago. en Zaragoza, nos han mostrado que sus diferentes etapas se autoexplicaban y justificaban sólo con el motor de una inteligente insatisfacción, que le hacía progresar hasta dejar unos puntos suspensivos tras su muerte.

Pero este escueto resumen de méritos no puede describir lo esencial de quien, como Luis Feito, encauzó diariamente la necesidad de expresarse con la pintura, incluso en aquellos momentos de silencio en los que la desaparición de la actualidad expositiva parecía que su actividad disminuía.

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Sus exposiciones desde aquellas primeras y muy significativas de la madrileña Librería-galería Buchholz y la Galerie Arnaud de París, a su presencia en la Bienal del Mediterráneo en Alejandría, Bienal de São Paulo (1957), Bienal de Venecia (1958), hasta su antológica en el Museo Reina Sofía (2002) o la retrospectiva en el Palacio de Sástago en Zaragoza, nos han mostrado que sus diferentes etapas se autoexplicaban y justificaban sólo con el motor de una inteligente insatisfacción, que le hacía progresar hasta dejar unos puntos suspensivos tras su muerte.

En su casa-taller, con vistas a la madrileña Plaza de París, ha vivido sus últimos años acompañado de sus vitalistas brochazos que brotaban de una energía que no era la de su cuerpo. Su fisonomía austera se podría corresponder con la de cualquier monje Zen que expresaba sus meditaciones con el gesto libre del pincel; moviéndolo solo con el pensamiento, para contenerlo después con una escueta geometría racional y minimalista.

Sólo quien sienta esta pasión con la misma fuerza fisiológica que te hace respirar sabe de qué estamos hablando…


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