José María Pou: “Soy incapaz de hacer un personaje que no pueda asumir mil por mil”

El actor, que acaba de interpretar a Cicerón, lleva 53 años en un oficio en el que se trata “de agradar a otros”

El actor José María Pou, el pasado 25 de febrero en el Café Gijón de Madrid. / SANTI BURGOS
El actor José María Pou, el pasado 25 de febrero en el Café Gijón de Madrid. / SANTI BURGOS

José María Pou, actor (Mollet del Vallès, Barcelona, 76 años), entraba hasta el domingo como un trueno en el escenario (una biblioteca) en el que ha interpretado, vestido de gentleman inglés, la figura de Cicerón (Viejo amigo Cicerón, de Ernesto Caballero) en el Teatro La Latina de Madrid, dirigido por su amigo Mario Gas. Fuera de la escena, en el Café Gijón, dice nada más sentarse, sobre la vitalidad que marca su actuación y su presencia, capaz de ser el protagonista de Moby Dick, un policía nacional o este mito del pensamiento de todos los tiempos: “Dice Michael Caine, que tiene casi tantos años como yo: ‘Cada vez que me recoge el coche para ir al primer día de rodaje estoy totalmente convencido de que al llegar me van a despedir. Y al finalizar la primera jornada siento que me han dado un día de prórroga y que al día siguiente, por fin, voy a quedarme sin trabajo”.

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Pregunta. ¿Eso le pasa a usted?

Respuesta. Tanto como eso, no… Cada vez que acaba una toma o un ensayo, los actores miramos directamente al director para buscar en su mirada la aprobación o el desdén; ahí sabes si realmente sigues o te van a despedir. Hay una relación como de médico y paciente con el director. Con un gesto te levantan o te hunden. Y pasas un miedo terrible.

P. ¿Qué ocurre cuando la reacción del director no le favorece?

R. Si lo dice claramente, no pasa nada. Lo malo es que hay directores que no saben dialogar con los actores. Con Mario Gas no sucede: viene de una tradición teatral enorme, y además es actor, y su mujer es actriz. No hay tantos que sepan tanto de la materia. El mundo del teatro se compone de unos actores frágiles que están creando y descreando, y los buenos directores saben manejar eso.

P. ¿Cuánto hay de esfuerzo en su oficio?

R. Muchísimo, pero no de esfuerzo físico. En mi caso, llevo 53 años en estado de alarma, continuamente tratando de agradar a otros, buscando la fuerza para aguantar muchos de los palos que te caen. Hay un esfuerzo que no se puede cuantificar: la memoria a la que te obliga un personaje nuevo. Es como aprenderse la guía telefónica, y además aprendértela de modo neutral.

P. ¿Y cómo se transforma usted de José María Pou a Cicerón, por ejemplo? No puede tomarse un brebaje para ser otro.

R. Ojalá pudiera. Cuando me proponen un personaje así el mundo se para a mi alrededor. Me fabrico una especie de mundo particular, y dentro de esa burbuja introduzco materiales externos, músicas de la época del autor. En el caso de Cicerón, me leo todo lo que pueda acerca del personaje y de su obra. Ahora te ayuda esa maravilla que es internet, que te ofrece la más variada bibliografía. El actor es una esponja: yo me empapo de Cicerón para ser Cicerón. Cuántas cosas no habré leído sobre él, pero cuando me encargan que lo sea en el escenario ya todo me parece que se corresponde con la figura de mi personaje.

P. ¿Y cómo lo fue encarnado en usted mismo y luego en el escenario?

R. La obra no nació para hablar de un personaje de la antigua Roma. Nació para hablar de nosotros utilizando el pretexto de Cicerón. Vivió una etapa de crisis, el final de la República y el principio del Imperio Romano, y se vio obligado a decidirse políticamente en un momento determinado. Ernesto Caballero atendió el encargo del Festival de Teatro de Mérida, a partir de una idea que traje de Londres: que Cicerón fuera un pretexto para hablar de nosotros y de hoy, de ahora mismo.

El actor José María Pou, en el Café Gijón de Madrid. / SANTI BURGOS
El actor José María Pou, en el Café Gijón de Madrid. / SANTI BURGOS

P. ¿Cómo se les ocurrió?

R. Casi por casualidad. Mario y yo habíamos hecho Sócrates, un éxito que nos sorprendió. Cicerón surge si piensas en la antigua Roma y en Julio César, el personaje más teatral del mundo. Un pensador, un gran orador, que en un momento determinado se convierte en político. Hay pocos que reúnan esas características. Había leído, además, las obras de Robert Harris reunidas en Imperium, donde Cicerón es protagonista. Luego vi en Londres la versión teatral que de esa obra hizo la Royal Shakespeare Company. ¡Nueve horas! ¡Y hablaba, como aquí, de nosotros mismos! Así que cuando nos proponen a Mario y a mí un espectáculo para Mérida se me ocurre Cicerón. Es alguien que entra por los ojos en cuanto piensas en hacer una reflexión sobre este momento. ¡Se me llena la boca en escena cuando digo: “Era un político inteligente, culto”. Y cuando digo culto noto que pongo empeño en lanzar una piedra hacia el público, porque esa añoranza me parece fundamental para reflexionar sobre nosotros y sobre este tiempo.

P. ¿En qué momento de la obra deja de ser José María Pou para ser Cicerón?

R. Desde que entro en el escenario. Forma parte del oficio. Llego una hora y media antes, me visto del personaje. Y se produce una fusión rara. Cuando dicen: “José María, cinco minutos y empezamos”, ya llevo mucho tiempo siendo Cicerón, ya no soy José María. La gente se sorprende: ese Cicerón es como un viejo profesor de Oxford, que se convierte automáticamente en Cicerón y se enfrenta a un estudiante que dormita en la biblioteca. En ese momento yo me quito la americana, para ahuyentar a unos cuervos. Le digo al chaval: “Esas aves anuncian el final”. Ya entonces está claro que soy Cicerón.

P. Y cuando Cicerón habla de política, del dolor, de la muerte, ¿es Pou también quien lo dice?

R. Es imposible que no sea yo. Así he concebido siempre el teatro. Soy incapaz de hacer un personaje y decir en el escenario cosas que no pueda asumir mil por mil. Acabo de hacer una obra, Justicia, en el Teatro Nacional de Cataluña, de Guillem Clua, una revisión de la sociedad catalana, del pujolismo y de Banca Catalana. Yo hacía de un juez corrupto, y sabía que el público procesaba lo que decía como dicho por tal juez. Los actores somos los grandes embusteros, los grandes mentirosos, pero siéndolo con toda la verdad de que eres capaz.

P. En el caso de Cicerón es alguien que piensa lo que usted sobre los sátrapas de la actualidad.

R. El teatro es una tribuna de reflexión y aquí lo es en grado sumo. Le dice Cicerón a Julio César, sobre su traición: “Nos ha engañado a todos; le dimos el poder y ahora he descubierto que ya estaba pensando en convertirse en un dictador vitalicio, y eso va en contra de las libertades”. Ahí era Cicerón, pero era José María Pou recordando a todos los dictadores.

P. Al final mira al patio de butacas y exclama, como Cicerón: “Porque estoy convencido de que una vez reconocidos los derechos de cada individuo deberíamos preguntarnos qué podemos hacer todos juntos”.

R. Lo grito. Es lo que dice el texto. Pero lo digo yo, con todo mi ser, y lo digo para que se escuche hoy, y sé que eso, que hago fijándome en el público, lo digo en primera persona y sé que cae otra vez como una piedra inmensa en un lago inmenso, y soy feliz cuando lo termino de decir.

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