Topografía poética de Valente

José Manuel Mouriño presenta una instalación en el Círculo de Bellas Artes de Madrid sobre las dos latitudes en la obra del escritor

El poeta José Ángel Valente en su casa de Almería en 1990. En el video: Fragmento de la película documental 'Escribir lugar', de José Manuel Mouriño.Vídeo: Manuel Falces

Un poeta vivió partido en dos. José Ángel Valente (Ourense, 1929-Ginebra, 2000) creció en el azul atlántico, pero envejeció deslumbrado por la luz almeriense. Ganador del Príncipe de Asturias de las Letras, mantuvo un delicado equilibrio entre su origen —envuelto en bruma auriense— y un arraigo más tardío al sur, donde estableció su destierro voluntario. Los últimos años transcurrieron entre estos dos extremos que acabaron convergiendo en las páginas de sus libros. Ahora se encuentran también en una instalación audiovisual del Círculo de Bellas Artes de Madrid, obra del cineasta gallego José Manuel Mouriño.

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El poeta José Ángel Valente.
Un escritor dividido entre Almería y Ourense
Alfonso Costafreda (el segundo desde la izquierda, en la primera fila), en Colliure (Francia), junto con Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral y Caballero Bonald. Detrás, Blas de Otero, José Agustín Goytisolo, Ángel González, José Ángel Valente y Alfredo Castellón.
Valente, poeta fragmentario

La muestra permanecerá abierta hasta el próximo 2 de mayo y consta de tres pantallas. De un lado, se ve el esparto, el fulgor de la Alcazaba de Almería y la casa en la que vivió Valente sus últimos 15 años, hoy un museo cercano a la Catedral. Del otro, están los recuerdos de una infancia de posguerra y el amor de juventud, el rigor de las sombras gallegas y su tumba cubierta por el musgo. Uniendo ambos relatos visuales, origen y destino, se proyecta en una tercera pared Escribir lugar, documental de Mouriño que incluye la voz del propio poeta recitando sus versos. Se trata de dos lecturas grabadas en la Residencia de Estudiantes y en el mismo Círculo de Bellas Artes, donde llevó a cabo uno de sus últimos actos públicos.

José Ángel Valente, premio Príncipe de Asturias de las Letras.
José Ángel Valente, premio Príncipe de Asturias de las Letras.Manuel Álvarez

En la película también se reproducen extractos de tres entrevistas que Valente concedió y en las que repasa hitos destacados de su trayectoria o ahonda en sus temas más recurrentes. Mouriño apunta que en aquellas conversaciones “el poeta se bate con su interlocutor y es defendiendo sus ideas sobre la literatura o la vida que el espectador podrá conocer esa grandeza literaria que abrió caminos”. Heredero de la tradición mística española, Valente se adscribió al movimiento poético de mediados del siglo pasado solo por circunstancias generacionales, razón tal vez insuficiente como para desarrollar un sentimiento de hermandad por aquellos contemporáneos. Publicó su primer libro, A modo de esperanza, en 1955. Su cuento El uniforme del general le valió un consejo de guerra por alusiones ofensivas al ejército.

Descolgándose del grupo junto al que se dio a conocer, dejó entrever la influencia de María Zambrano. Como la autora de Hacia un saber sobre el alma (1950), Valente se acercó a lo divino desde la filosofía antes que por medio de la religión. Aplicó de este modo la idea de que la poesía no puede sortear las preguntas sin respuesta, sino que debe formularlas una y otra vez como expresión de humanidad. Tanto es así que Mouriño incluyó grabaciones del escritor gallego en su documental sobre Zambrano, El método de los claros, también expuesto como instalación en el Círculo de Bellas Artes. El cineasta encuentra paralelismos evidentes, “no solo sobre la trascendencia, también en relación al lenguaje y el papel social que puede cumplir la literatura”.

Valente pasó más de medio siglo lejos de su patria atlántica. Se buscó la vida en Madrid y dio clases en la Universidad Oxford, ejerció en Ginebra como traductor de organizaciones internacionales y trabajó en la sede parisiense de la UNESCO. A mediados de los ochenta, se reencontró con España gracias al desierto de Tabernas, cuya aridez le recomendó su colega Juan Goytisolo, quizá porque proporcionaba el silencio óptimo para escribir. En sus versos, Valente describe de esta forma la España meridional: “El sur como una larga, lenta demolición. El naufragio solar de las cornisas, bajo la putrefacta sombra del jazmín. Rigor oscuro de la luz. Se desmorona el aire que disuelve la piedra en polvo al fin”.

Azotada por aquella ventisca ardiente, la Casa del Poeta es hoy un espacio para que los almerienses se reencuentren con el trabajo de Valente, como él mismo quiso. Su viuda respetó ese deseo y vendió el inmueble al Consistorio almeriense. Sin embargo, su marido dejó por escrito que donaba su biblioteca, más de 7.000 volúmenes y otros tantos documentos, a la Universidad de Santiago. También quiso ser enterrado en su Galicia natal, una pretensión que fue justificando más conforme recuperaba su lengua materna tras coincidir en Ginebra con emigrantes coruñeses. “Del mismo modo que en sus versos busca el desierto místico, existe en su obra una fijación por sondear los propios orígenes. Es una tensión inevitable”, reflexiona Mouriño. Los extremos de Valente parecen reconciliarse en el Círculo de Bellas Artes.

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