Irene Vallejo, una sirena narra en Barcelona

La autora de ‘El infinito en un junco’ convierte el pregón de Sant Jordi un tejer y destejer de historias y metáforas

Irene Vallejo, pregonera de la 'diada' de Sant Jordi 2021 durante la ceremonia en el Salón de Cent del Ayuntamiento de Barcelona.
Irene Vallejo, pregonera de la 'diada' de Sant Jordi 2021 durante la ceremonia en el Salón de Cent del Ayuntamiento de Barcelona.MASSIMILIANO MINOCRI (EL PAÍS)

Y entonces cantó los encantos de Dodona, ciudad santuario donde estaba el más antiguo oráculo griego, “con una encina mágica que conocía el porvenir”. “En el bosque sagrado donde susurraban las hojas de roble” y “en tiempos en que “el hombre aún no había olvidado el alfabeto de los árboles”. Y así, ayer, con una irresistible voz melodiosa, la escritora Irene Vallejo fue hilvanando y deshilvanando, encadenando historias y metáforas. Quizá la primera sirena que Barcelona ha tenido como pregonera para el Día del Libro, como dejó patente este jueves en el Saló de Cent del Ayuntamiento, en el prólogo de la diada de Sant Jordi.

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No debería ser una sorpresa, porque su El infinito en un junto (Premio Nacional de Ensayo, inaudito bestseller traducido a 36 idiomas, sobre la invención del libro en el mundo antiguo) es una concatenación de mundos y otro canto a la lectura como instrumento de sanación y refugio, como sabe bien ella misma, que lo escribió tras una seria enfermedad de su hijo. Perfecto para estos tiempos pandémicos, que dejaron de serlo durante la media hora que habló para la sesentena de asistentes en el Consistorio y los casi 300 que se conectaron virtualmente.

Vallejo, charlando con el periodista Xavi Ayén, se sentía cómoda porque estaba “cerca del mar de Homero”, en el que puso “los pies por vez primera de niña, fascinada, en la playa de Sitges”. También lee en catalán, “la lengua en que me habla el Mediterráneo”, el mar “de la poderosa Circe, de la Penélope de Ítaca, del camino de Ulises...” “Yo creía que era un mar inventado por mi madre”, recordó. También explicó que le encanta la “voluptuosa rebeldía de Sant Jordi” en estos tiempos pandémicos: “Me gusta porque hace familia en las calles, al regalar un libro ponemos algo nuestro en él y, a la vez, rebuscamos a la persona que nos lo regaló entre sus líneas”. Algo dejó en su dedicatoria en el libro oficial: “Gracias a Barcelona, ciudad infinita y literaria, en este día de Sant Jordi rescatado y añorado donde nos reunimos entre pétalos y páginas la gran familia lectora”. Lo escribió quien se declaró “nada mitómana” con las firmas porque “no me gusta marcarlos, no me molesta si los presto y no vuelven o regresan tarde: los libros son felices cuando saltan de cama a cama”.

Nuestra vida está entre la aventura y el hogar, siempre entre Troya e Ítaca”

Quizá pese en esa Vallejo desprendida que su fascinación por la lectura viniera de la oralidad: “Mis padres me contaban esos mitos y al ver que La Odisea me deslumbró tanto, me regalaron tres volúmenes con las aventuras en cómic de Ulises, Jasón y Hércules, de Ediciones Cliper; o sea, entré en esto por el cómic y la narración oral”. Y, así, narrando, se dio cuenta de su vinculación infantil con Barcelona porque también corrían por los anaqueles de la niña que sufría acoso en la escuela media factoría Bruguera: los TBO, El capitán Trueno, El Jabato...

Pero en el principio el verbo fue, para la doctora en Filología clásica, ese de Homero y La Odisea, “relato de relatos, el deseo de viaje, la aventura, el cambio, pero también la nostalgia del hogar donde nos esperan… Nuestra vida está entre esos dos polos, siempre entre Troya e Ítaca”. Luego vendrían las aventuras de London y Conrad, pero también la Ana María Matute de Olvidado rey Gudú: vio que los relatos podían tener voz femenina y que “se puede hablar del presente a través del rodeo del pasado”. Infinito y junco.

Es absurdo ocultar libros: la Historia sólo puede enseñarnos si no edulcoramos”

Quizá la capacidad metafórica que permitió a Vallejo hablar de las bibliotecarias amazonas de Kentucky que reventaban caballos y proseguían entre nieves con libros a la espalda para llevarlos a pueblos apartados frente al estereotipo de la bibliotecaria avinagrada de moño apretado se forjara también en las suntuosas bibliotecas de Oxford o de Florencia que frecuentó como estudiante becada. “Era un privilegio el crepitar de los pergaminos en espacios hechos para hombres ricos, que en otra época habrían estado fuera de mi alcance”. Porque Vallejo, a sus 42 años, sigue en el barrio obrero de San José de su Zaragoza natal. Querencia de clase que se traduce en que la han marcado más las bibliotecas de barrio y las rurales: “Ahí se construyen redes, se fabrica futuro, se evita la disgregación y la aceleración; se vive al calor de los libros como antes al de las hogueras”.

En ellas, por cierto, no prohibiría título alguno en estos tiempos de hipercorrección. “No tiene sentido ocultar, mutilar, recortar o buscar eufemismos: la Historia solo puede enseñarnos si no edulcoramos; la sabiduría también se construye de errores y de lo que vencimos”. Y con la utilidad de las Humanidades: “Es lo que hace que lo demás tenga sentido: proporciona ética, pensamiento crítico, el lenguaje con el que construimos democracia y palabras que nos permiten cuidar a los demás”.

Cuando Vallejo puso los pies en el mar de Homero recuerda que “quería conocer las sirenas; quizá existan”, dejó caer con su hilo de voz. El jueves se escuchó una en Barcelina.

Sobre la firma

Carles Geli

Es periodista de la sección de Cultura en Barcelona, especializado en el sector editorial. Coordina el suplemento ‘Quadern’ del diario. Es coautor de los libros ‘Las tres vidas de Destino’, ‘Mirador, la Catalunya impossible’ y ‘El mundo según Manuel Vázquez Montalbán’. Profesor de periodismo, trabajó en ‘Diari de Barcelona’ y ‘El Periódico’.

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