El día que el ‘beat’ Ferlinghetti pisó el Café Gijón

El poeta, fundador de la librería y editorial City Lights, fallecido en febrero, visitó España hace ahora 30 años

De izquierda a derecha, el poeta Andrés García Madrid, el editor Eugenio Suárez-Galbán, Lawrence Ferlinghetti y el también editor Raúl García Bravo, en las proximidades de la editorial Orígenes, en Madrid, durante su visita en 1991.
De izquierda a derecha, el poeta Andrés García Madrid, el editor Eugenio Suárez-Galbán, Lawrence Ferlinghetti y el también editor Raúl García Bravo, en las proximidades de la editorial Orígenes, en Madrid, durante su visita en 1991.

En 1991, el poeta Lawrence Ferlinghetti, creador de la legendaria librería y editorial independiente City Lights, en San Francisco, visitó el Museo del Prado y escribió un poema inspirado en la estatua de Goya que hay en una de sus puertas. “Entró garabateando en sus papeles… luego, cuando salió, después de un par de horas maravillado, escribió un poco más, y ya lo tenía”, recuerda Eduardo Suárez-Galbán, quien entonces estaba al frente de la editorial Orígenes y que le había traído a Madrid sabiendo que el beat visitaba Barcelona.

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FILE - Author Lawrence Ferlinghetti recites a poem after he was awarded the Literarian Award for Outstanding Service to the American Literary Community at the National Book Awards in New York, on Nov. 16, 2005. Ferlinghetti, a poet, publisher and bookseller has died in San Francisco at age 101. His son says Ferlinghetti died at home on Monday, Feb. 22, 2021. Ferlinghetti helped launch and perpetuate the Beat movement. He was known for his City Lights bookstore in San Francisco, an essential meeting place for the Beats and other bohemians in the 1950s and beyond. (AP Photo/Henny Ray Abrams, File)
Muere Ferlinghetti, el editor de la generación 'beat'

“Un hombre de piedra duerme o llora / justo encima de las palabras / rodeado de vampiros en vuelo”, dicen algunos versos de aquel texto, que luego Suárez-Galbán editó en un pequeño libro, titulado La vida como sueño real, hoy casi inencontrable, que recoge otras piezas españolas de Ferlinghetti. Por ejemplo, un poema a la plaza Real de Barcelona o una prosa poética que habla de Franco, de yonquis y travestis; así como otros poemas sobre México o Nicaragua. “Y de repente / la película comienza a rodar de nuevo / sale el sol después de Franco / caras y figuras / reviven otra vez”.

El poeta estadounidense, fallecido el pasado 23 de febrero a los 101 años, fue una de las figuras más notorias de la generación beat, la primera expresión contracultural del XX, entre cuyos miembros más destacados se encuentran Allen Ginsberg, Jack Kerouac o William S. Burroughs; aunque él nunca fue de los más leídos y conocidos en España. “La publicación de A Coney Island of The Mind [tal vez el libro más reconocido del poeta, de 1958] fue una bomba atómica para nuestra generación”, recuerda Suárez-Galbán, de 82 años, nacido en Nueva York (aunque criado en Canarias y La Habana), que vivió de cerca aquel movimiento y recuerda con precisión el ambiente bohemio y cultural del que fue el polo beat de la Costa Este, el barrio neoyorquino de Greenwich Village.

“Los años cincuenta habían sido muy reaccionarios en Estados Unidos, bajo el Gobierno de Eisenhower, un militar que solo quería jugar al golf”, rememora el editor, que también fue profesor de la New York University por aquellos años, “los beats trajeron la rebeldía, las drogas, el jazz, los viajes, otras formas de vivir”.

Era la cuarta visita del poeta a España, del 7 al 12 de mayo de 1991, que anteriormente había viajado a Mallorca, Nerja y varias veces Barcelona (una de ellas cuando estudiaba en París), fue cuando entró en contacto con el cineasta Bigas Luna, que preparaba una película basada en un cuento de Charles Bukowski. En esta última visita recitó en la Universidad de Barcelona, en la de Alcalá de Henares y en la Complutense de Madrid. Le sorprendió que en los coloquios los estudiantes le preguntaran tanto sobre drogas, uno de los temas más comunes en los escritores de su corriente. “Creo que, de algún modo, idealizó España, un lugar donde le parecía que el dinero no lo era todo y siempre había gente en la calle, desde la hora del desayuno hasta bien entrada la noche, porque cenábamos a las diez y media”, recuerda el editor, “eso le encantaba”. También le gustaba que le llamasen Lorenzo, su nombre hispanizado.

Al fondo, Ferlinghetti firmaba un ejemplar de su obra en el Café Gijón. A la derecha, el editor Eugenio Suárez-Galbán y a la izquierda Andrés García Madrid y Raúl García Bravo, en 1991. / JAMES DENZA
Al fondo, Ferlinghetti firmaba un ejemplar de su obra en el Café Gijón. A la derecha, el editor Eugenio Suárez-Galbán y a la izquierda Andrés García Madrid y Raúl García Bravo, en 1991. / JAMES DENZA

Si en sus paseos por Barcelona Ferlinghettii tuvo predilección por la plaza Real, en Madrid pasó mucho tiempo en la plaza de Santa Ana, alrededor de la estatua de Lorca, que le quedaba cerca de la pensión donde se hospedaba (no se mostró muy interesado en alojarse en la Residencia de Estudiantes, prefería algo más callejero) y que aún no estaba llena de turistas. “No dejaba de escribir”, explica Suárez-Galbán. También visitó la sede de la poco más tarde desaparecida editorial Orígenes (“yo no vivía de la editorial, la editorial vivía de mí”, dice el entonces propietario), en el nada céntrico barrio del Pilar, al noroeste de la capital. “Me dijo que le recordaba a City Lights cuando empezaron, porque había siempre niños y perros por ahí. Era un lugar muy de barrio, muy familiar”, dice. Tan familiar y barrio que en Orígenes editaban libros de cuentos infantiles escritos por taxistas. Y tenían una mesa de pimpón, mucho antes de que la era Google llegara a las oficinas.

Ferlinghetti se mostró muy interesado en las formas de socialización españolas y, por ello, en una de esas formas más frecuentes en la literatura: la tertulia. Así que le llevaron a la del Café Gijón. “Se lo pasó pipa, pasar tantas horas charlando le parecía algo impensable en Estados Unidos”, concluye Suárez-Galbán, “y eso que había algunos de los presentes que ni sabían quién era Ferlinghetti. Pero como no hablaba español, por suerte, no se enteró”.

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