Caracas o Kiev

EL PAÍS adelanta un capítulo del libro ‘Los restos de la revolución’ de la periodista Catalina Lobo-Guerrero

La periodista Catalina Lobo-Guerrero, el pasado 15 de abril en Bogotá, Colombia.
La periodista Catalina Lobo-Guerrero, el pasado 15 de abril en Bogotá, Colombia.Mauricio Duenas Castañeda (EFE)

El cielo de Caracas era una gran pista de baile para las guacamayas que giraban en el aire, con sus alas abiertas y colas largas de plumas amarillas, naranjas, magenta y cian. Daba envidia verlas haciendo piruetas tan libres. Algunas se acercaban a las ventanas y balcones de los apartamentos. Se posaban coquetas y altaneras a exigir trozos de mango y cambur con sus picos negros, y a observar con esos ojos chiquititos y redondísimos a los que vivíamos dentro de las jaulas.

Para salir de cada casa o apartamento no bastaba con girar una manija. Antes de poner un pie afuera había que cruzar la puerta de reja superpuesta a la de la entrada, que por lo general era metálica y reforzada con varias chapas de seguridad. Las barreras de hierro o aluminio cubrían también muchas ventanas y balcones, hasta en un séptimo piso. Se podía vivir con todo abierto, circulaban el aire fresco y los mosquitos, pero me impresionaba tanto que algunos apartamentos tuvieran la vista enrejada.

La clase alta había instalado cercas eléctricas y alarmas alrededor de sus predios. Cerraron sus calles con alcabalas y vigilantes de turno que monitoreaban los alrededores con cámaras de seguridad. Blindaron sus carros, cromaron sus vidrios y empezaron a utilizar escoltas, puerta a puerta. Los que no podían pagar esos servicios —la mayoría— ponían cerraduras adicionales, candados y cadenas gruesas, y reforzaban las tapias con picos de botellas o alambres de púas. Cada casa, cada apartamento, era un no pase, no entre. Y adentro, muy adentro, la alerta interior, personal y cotidiana, sin importar la condición social, era un no salga.

Todos, en teoría, corríamos peligro. Si salíamos a trotar, aunque fuera en grupo; si quedábamos atrapados en una cola en la autopista o en una luz roja; si tomábamos un taxi o una camioneta por puesto; si salíamos a comer a un restaurante o hacíamos fila a las afueras del automercado; incluso, si salíamos a trabajar a las seis de la mañana. En cualquier momento, y casi que en cualquier lugar, podíamos ser víctimas del crimen; de las bandas de los pranes que, aunque estuvieran tras las rejas, seguían delinquiendo a través de otros, más libres que las guacamayas. Ningún plan de la Policía o de cualquier otra fuerza de seguridad podía evitar que el hampa tocara a la puerta, llegara hasta esa última reja protectora y se metiera a violentarnos dentro de la jaula.

Trataba de no pensar en eso, a pesar de que las estadísticas de crimen y asesinato se habían disparado y Caracas era una de las tres ciudades más violentas del mundo. Yo seguía caminando por las calles, tomando el metro y metrobús, utilizando las líneas de taxi, y algunas noches salía, porque era imperdonable, como me lo había dicho un amigo, que también mataran la alegría de la noche caraqueña.

Yo no entendía su nostalgia por otras lunas más rumberas y legendarias, como en la que Freddie Mercury, después de horas de concierto, había terminado desayunando en una arepera a la madrugada, como cualquier otro pana. Los conciertos de grandes artistas y bandas cada vez eran menos. Los locales cerrados cada vez eran más.

Pero junto con algunos cómplices, que entendían que mantener la condición de criaturas nocturnas irresponsables era la única forma de superar la manía de encerrarse por instinto de preservación, siempre encontrábamos algún lugar. Porque había que seguir viviendo y había que seguir bailando, aunque gastáramos un fajo cada vez más gordo de billetes en ser felices por un ratico, y aunque la política terminara mezclándose en la rumba, como gotas amargas entre los vasos de licor. Nos negábamos a practicar esa forma de protección deprimente que usaban tantos a nuestro alrededor, al caer la tarde: el toque de queda autoimpuesto.

Solo empecé a practicarlo cuando llegaron las guarimbas a mi cuadra.

De día, de noche.

Caracas o Kiev.

Durante el día, los cafés y restaurantes de ese pequeño Soho caraqueño que era el área de Altamira y Los Palos Grandes, donde yo vivía, estaban abiertos. Los kioscos de la prensa, los negocios de películas piratas, los salones de belleza y panaderías atendían a sus clientes habituales, como si nada. La gente paseaba sus perros, hacía pagos en el banco, sudaba en el gimnasio y paraba en la licorería por un par de cervezas.

Pero al caer la tarde, todo cambiaba. Las tiendas bajaban las santamarías, los cafés apagaban las luces. Nadie salía a trotar o a pasear a sus mascotas. Los buses y los carros que se movían por la avenida Francisco de Miranda dejaban de circular. Y los heladeros haitianos —a quienes les compraba raspaditos de coco con leche condensada— se llevaban el tilín tilín de sus carritos lo más lejos posible.

Empezaba la hora Kiev.

El Gobierno iba a caer como estaba cayendo por esos días el de Ucrania. Me lo dijeron varios chamos que se concentraban en la plaza Altamira antes del atardecer para librar una batalla contra “la dictadura”, como lo habían hecho antes, en ese mismo lugar, los militares okupas, los líderes y seguidores de la oposición tras cada elección, reforma o decreto arbitrario del Gobierno, y los grupos de señoras católicas y marianas, que daban la vuelta en procesión, rosario en mano, y con una figura de la Virgen María a la cabeza. La pobre estatua, que ocupaba un rinconcito de la plaza, amanecería decapitada más de una vez en venganza.

La Altamira era el lugar común de las protestas opositoras en Caracas, donde los periodistas podríamos encontrar a los manifestantes en acción. Los habíamos visto allí el 12 y el 18, y volverían el resto de los días de febrero de 2014. Los chamos llegaban en la tarde con sus bandanas, sus máscaras antigas improvisadas —con botellas de plástico y medias veladas—, sus palos, sus piedras y las manos sucias de armar cócteles molotov. Se preparaban como pudieran para enfrentar ráfagas de perdigones, lacrimógenas y chorros de agua que les lanzaban los tanques ballena.

Desde mi apartamento no alcanzaba a tener una vista del lugar preciso donde se daban los enfrentamientos, pero el ruido de las motos de los guardias, que pasaban frente a mi edificio, me alertaba que la confrontación estaba por comenzar a unas cuadras, donde los jóvenes ya los esperaban. Como el resto de los vecinos, corría a guardarme y a cerrar las ventanas. Me quedaba entre mis cuatro paredes y esperaba a que pasara el humo lejano que flotaba en el aire con un leve olor a lacrimógenas. Estaba lo suficientemente lejos como para no ahogarme y no tener que escuchar todos los gritos y estallidos en la plaza. Cuando la rutina de combates terminaba, el canto de las ranas en el jardín eran un consuelo ante el más extraño silencio.

En la esquina donde vivía, mis vecinos pintaron un letrero gigante con tiza sobre el pavimento que decía S. O. S. Instalaron barricadas improvisadas sobre las calles, que decoraron con cintas amarillas de NO PASE. Las armaron con lo que seguramente tenían arrumado y escondido, quizás entre un clóset, debajo de una escalera, en un garaje o depósito: un asiento cojo, un gabinete sin puerta, tablas que sobraron de alguna cama, cajas viejas de cartón. Juntaron todo con piedras, con ramas y árboles secos, con sus bolsas de basura fresca y unos costales llenos de escombros que sacaron de un edificio cercano en remodelación.

Toda la mugre acumulada y los objetos olvidados se transformaron, en cuestión de horas, en elementos fundamentales de resistencia, bastiones de protesta en la vía pública, defensa estratégica contra el chavismo. Y yo trataba, pero no lograba entenderlo. ¿Cuál era la lógica de autoencerrarse? ¿Qué beneficio tenía chuparse el humo de la propia basura quemada? ¿A qué gobierno malvado era que iban a tumbar así?

La temporada de guarimbas me permitió conocer mejor las sombras de mis vecinos. Se asomaron por primera vez el 23 de febrero de 2014, de madrugada. El ruido de sus voces me despertó y me paré a mirar por la ventana. Aún estaba oscuro, pero podía ver las siluetas de un grupo de cuatro o cinco —todos hombres— moviéndose en la calle. Tenían entre sus manos una guaya metálica que atravesaron de lado a lado, encima de la barricada, para impedir que cualquier carro o moto circulara. Era algo así como un refuerzo invisible, pero letal. Por esa idea —esa pésima idea— un motorizado que llevaba domicilios había muerto decapitado en otra calle.

Algún vecino disidente había llamado a la Policía para alertarlos de la trampa mortal. Varios agentes en moto llegaron y les ordenaron retirarla. Desde los otros apartamentos, algunos con luces apagadas, otros encendidas, aparecieron otras sombras que reclamaban y carajeaban. Pero ninguno de los dueños de esas voces, que se asomaban a las ventanas en pijama, con los ojos medio hinchados y el pelo revolcado, bajó para apoyar a los cuatro que se las daban de valientes, pero cuando llegaron los guardias, no hicieron nada.

Las esposas, los hijos, las madres de los cuatro astutos de la guaya, se paraban durante el día a defender la barricada. Su táctica consistía en machucar cucharas de palo contra una olla. Durante horas. Solo paraban para almorzar, quizás las necesitaban a ellas y, sobre todo, a sus instrumentos en la cocina.

Una tarde no aguanté más su tacataca. Bajé a la calle, caminé hasta la barricada y le pedí a una de las señoras si podían tomarse otro receso. Me miró como si fuera una cucaracha y, al percibir mi acento de extranjera, me insultó. No iba a dejar de tocar su olla. Sus hijos pequeños —cada uno con una sartén y una cacerola en la mano—, tampoco. Si no me la calaba, bien podía irme del país.

Me fui a mi apartamento, en el último piso, desde donde los observé ese día y todos los días de guarimba. Cada vez que escuchaba que algo pasaba en la calle, en la barricada, corría hasta la ventana y me asomaba con mi cámara y el zoom al máximo. Les disparaba. Los capturaba. Los congelaba en imágenes. Era mi pequeña venganza —secreta e inútil— contra los autonombrados dueños y señores de la esquina, los que bloquearon durante días, no solo el paso de los carros y las motos, sino también el de los peatones; los que no tenían inconveniente en amenazar, hasta con puños, a los que no estaban de acuerdo con su control territorial. El peor insulto, la palabrota que los talibanes de mi cuadra descargaban, como una grave sentencia, sobre los que se oponían a sus decisiones arbitrarias, era: “chavista”.

Los restos de la revolución

Autora: Catalina Lobo-Guerrero
Editorial: Aguilar, 2021
Formato: 592 páginas
Toda la cultura que va contigo te espera aquí.
Suscríbete

Babelia

Las novedades literarias analizadas por nuestros mejores críticos en nuestro boletín semanal
RECÍBELO

Regístrate gratis para seguir leyendo

Normas

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS