Otro julio con Rufus Wainwright, uno de los nuestros

El descomunal cantautor, principal estrella internacional en Noches del Botánico, dedica su himno ‘Gay Messiah’ a Samuel Luiz

El neoyorquino Rufus Wainwright, en las 'Noches del Botánico' de Madrid.
El neoyorquino Rufus Wainwright, en las 'Noches del Botánico' de Madrid.Jorge Fuembuena

Un mes de julio en Madrid ya no es lo mismo sin Rufus Wainwright. El de 2020 no lo fue; y no solo por ese motivo, pero también. La malograda edición de las Noches del Botánico del año pasado saltó por los aires como las agendas de cualquier terrícola sin vocación de eremita, pero, puestos a rescatar a alguna figura internacional para este curso, nadie mejor que el canadiense neoyorquino. Y así fue que recuperamos nuestro particular ritual: al autor de The art teacher se le ve tan suelto y familiarizado con la capital que deberíamos ir buscando plaza para bautizarla con su nombre. Pero en vida, claro, que a sus 47 añazos queremos exprimirle todavía un buen puñado de discos más.

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Esto iba a ser otra cosa, claro. Debería haber coincidido con el lanzamiento de Unfollow the rules, hace justo ahora un año; un disco adorable sobre amor sereno, hermoso y libre que, además, ponía fin a un prolongado periodo de dieta severa. Pero pasó lo que pasó, y bastante es que Rufus sea ya uno de los nuestros como para pretender que, además, se nos presentase con banda. “Ya sé que no es lo mismo, aunque yo no esté mal del todo”, se carcajea él antes de que nosotros hayamos terminado de procesar el disgusto. Madurar tiene un montón de cosas buenas: evolucionar del divismo a la sorna y la autoparodia, por ejemplo.

No, Rufus McGarrigle Wainwright no está nada mal, incluso en la soledad cruda y severa de estas ocasiones. La desnudez y la parquedad se compensan sobradamente porque él nos canta con esa voz mayúscula, portentosa, que le han regalado o el mismísimo Dios o sus señores padres, Loudon Wainwright III y Kate McGarrigle, genuinas deidades paganas. Es la suya una voz sobrecogedora, no ya instalada en una vibración sobrenatural, sino capaz en apariencia de emitir armónicos como un maldito Stradivarius. La hemos escuchado muchos otros julios, ya decíamos, y en meses de frío también, y no hay manera de creérselo. Solo de considerarnos afortunados por haber coincidido en tiempo y lugar con esta criatura durante nuestras respectivas estancias en la Tierra.

Rufus Wainwright echó mano de su guitarra tras comenzar la actuación con el piano, en Madrid.
Rufus Wainwright echó mano de su guitarra tras comenzar la actuación con el piano, en Madrid.Jorge Fuembuena

Privado de su banda, Wainwright no quiso concederle excesivo protagonismo al repertorio del último álbum, aunque exprimió las posibilidades expresivas de Early morning madness, crónica visceral de resacas ingratas, y se regodeó con la extática Only the people I love: casi una oración, lenta y cadenciosa, que propiciaba algún que otro amén en forma de grito entusiasta entre la parroquia. Pero quedó más tiempo, en suma, para grandes éxitos y alguna curiosidad. Entre los primeros, el ineludible Gay Messiah, mayúsculo himno de orgullo en caja alta o baja, dedicado esta vez expresamente a Samuel Luiz, el chaval asesinado a golpes en A Coruña. Nosotros, que nos creíamos ya curados de espanto. Y qué va.

Rufus Wainwright, en un momento de su concierto en Madrid.
Rufus Wainwright, en un momento de su concierto en Madrid.Jorge Fuembuena

Es entrañable corroborar la distancia sideral que sigue existiendo entre el Rufus pianista y el guitarrista; exquisito el primero, desastrado el segundo. Al piano, nadie como Wainwright para glorificar el amor en cualquier grado de filiación: desde su hija Viva, destinataria de My little you, a ese Vibrate que es el amor sublimado: lo más grande que puede cantar alguien que se haya fijado en ti (incluso aunque mencione a Britney Spears). A la guitarra, no importa que se trastabille algún acorde en Out of the game; a cambio, recupera la sensacional y visceral Go or go ahead, que llevábamos un siglo sin escucharle.

La dedicatoria a Samuel tiñó de gravedad y trascendencia el último tramo, durante el que tampoco es frecuente que emerja Zebulon, canción compungida, extrañísima y condenadamente hermosa, más abundante casi en silencios que en melodía, y seguida por los 1.800 espectadores con reverencia sepulcral. Regresará Rufus el próximo verano (en julio, evidentemente), para presentar su ópera Hadrian en el Teatro Real, y entonces recuperará ya toda el aura de grandeza casi imperial que merece. Mientras tanto, es maravillosa esa sensación de familiaridad que se ha ido forjando con él; con independencia de que marche de cabeza al hotel o haga escala en el Tony 2, ese bar inclasificable de piano karaoke, Rufus ya es para siempre uno de los nuestros.

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