OPINIÓN
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Novelas frente al mar

Para Hemingway y Melville el mar era la libertad. Para Lezama Lima era barroquismo y lentitud. Para Carpentier el misterio, como también lo fue para Poe

La emblemática playa de Varadero (Cuba) en octubre del año pasado.
La emblemática playa de Varadero (Cuba) en octubre del año pasado.ALEXANDRE MENEGHINI (Reuters)

Habrá unas 500 novelas memorables, escritas en francés, alemán, ruso, italiano e inglés que hablan del paraíso en la Tierra, que hablan de mansiones frente al mar, de veranos interminables y de las pasiones que esos veranos propulsan. Novelas o dramas escritos desde el siglo XVI hasta nuestros días, desde La tempestad de Shakespeare hasta Diario de un náufrago de García Márquez. Porque el mar tiene el poder de elevar la vida humana. Por eso la gente viene a España. Por eso la gente también va a Cuba.

Hay dos novelas cubanas que me rompieron en su día el corazón. Una es Los pasos perdidos, de Alejo Carpentier, y la otra es Paradiso, de José Lezama Lima. Las dos son novelas muy cubanas, pese a que la primera sucede en Venezuela. Las dos son identidad cubana. ¿Cómo un país tan pequeño como Cuba ha producido tantas novelas extraordinarias, tantas obras maestras insoslayables? Tal vez porque toda Cuba es una casa frente al mar y un grito de identidad moral y política que asombró al mundo.

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Si estás al lado del mar parece que estás al lado de la vida. Al lado del mar las noticias del mundo, las iras de Twitter, las fotos de Instagram y los mensajes de Facebook se vuelven accesorios y prescindibles. Nunca me he llevado el móvil a la playa. Pero sí novelas. Hace unos días me puse a releer El viejo y el mar en la famosa playa de Mónsul, en Almería, playa que utilizó Spielberg para la segunda entrega de Indiana Jones. Una playa se hace famosa si sale en una película o en una novela. Para Hemingway y también para Melville el mar era la libertad. Para Lezama Lima era barroquismo y lentitud. Para Carpentier el misterio, como también lo fue para Poe. Para Virginia Woolf el mar eran olas llenas de palabras humanas.

Mientras releo a Hemingway contemplo cómo unos veraneantes construyen en primera línea de la playa de Mónsul tres carpas en paralelo. Son hombres y mujeres de unos treinta o treinta y cinco años. Tienen bebés. Se construyen una mansión de plástico. Habilitan dos mesas plegables y allí colocan comida y bebida. Es un triunfo de la clase media española. Parece un triunfo de la imaginación. Nunca tendremos un palacio frente al mar, pero con un poco de maña poética y con buenas tiendas de campaña compradas por internet a módicos precios podemos edificar un pequeño paraíso mesocrático.

Eso pudo alguna vez ser el comunismo cubano, pienso yo. Y me acuerdo del día que visité en La Habana las casas museos de Alejo Carpentier y de Lezama Lima. Me acuerdo de que en la casa museo de Carpentier se exhibía una carta a Fidel Castro en la que el escritor donaba el monto económico del premio Cervantes, que acababa de recibir, a la causa de la revolución. Las casas, los hombres, las revoluciones se desgastan, se pierden y desaparecen, pero el mar y las novelas permanecen.

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