Dibujantes
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Carlos Romeu, el niño que nos miraba

Con la desaparición del dibujante se pierde una de las voces más lúcidas del humor gráfico y el cómic español

Carlos Romeu, el 23 de julio de 1997, en Barcelona.
Carlos Romeu, el 23 de julio de 1997, en Barcelona.Joan Sánchez
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En unas famosas y recordadas páginas de Miguelito, la deslenguada y nihilista creación de Carlos Romeu, el pequeño protagonista de la tira daba consecutivas calabazas al diablo tentador y al ángel de la guarda, explicando en una viñeta posterior lo poco adecuado que serían para él tanto unas calderas de Pedro Botero llenas de pecadores como las inmaculadas praderas del Paraíso repletas de santos, optando por un limbo aséptico donde llegara la gente normal. A uno le gustaría pensar que es en ese limbo donde se ha reunido Carlos Romeu, fallecido hoy sábado a los 74 años, con sus buenos amigos Tom y el Perich, organizando vitriólicas tertulias para alegría de los habitantes del lugar a costa de los que se quedan en la Tierra, haciendo las mismas tonterías que ellos criticaron con inteligente humor en vida.

Porque no se puede entender el humor gráfico de la Transición sin la contribución de artistas como Carlos Romeu, que usaron la historieta como afilada herramienta de disección de la sociedad.

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Nacido en 1947 en Barcelona, intentó evitar la tradición empresarial familiar con empleos tan variados como restaurador de piezas románicas, adaptador de calefacciones de carbón para gas, rotulista de coronas fúnebres o tirador olímpico, pero sería finalmente el cómic el que encauzaría su carrera al entrar como dibujante en 1971 para la mítica Nueva Dimensión de Luis Vigil, pasando después a Fotogramas y, de ahí, a ser protagonista de las revistas que marcaron decisivamente la sociedad española durante los últimos años de la dictadura y el inicio de la democracia.

Trabajó para los semanarios Por Favor, Triunfo, Muchas Gracias, Mata Ratos o El Papus, muchos de ellos codirigidos por el dibujante junto a Tom, el Perich o Vigil, conformando un discurso coherente en el que su estilo fue definiéndose por un dibujo elegante y expresivo que recuerda al gran Jules Feiffer y un humor poco dado al gag visual y más a una reflexión reposada de efecto retardado en el más puro estilo de Schulz, pero siempre desde un compromiso ético y político que le granjeó no pocos enemigos y polémicas.

Página de 'Ahora que aún me acuerdo de todo (o casi...)', cómic publicado por Carlos Romeu en 2012.
Página de 'Ahora que aún me acuerdo de todo (o casi...)', cómic publicado por Carlos Romeu en 2012.ASTIBERRI

En 1976 fundó junto a Tom y José Luis Martín la revista El Jueves, buscando un lugar intermedio entre la “intelectual y politizada” Por Favor y la “ácrata y desnortada” El Papus que, finalmente, se convertiría en el semanario satírico más importante del país. El mismo año entró en el diario EL PAÍS con una de sus creaciones más recordadas y famosas: Miguelito. Un niño que hablaba directamente a los lectores y que mezclaba la máxima de William Wordsworth, “el niño es el padre del hombre”, junto a la bien conocida sinceridad de la infancia para crear una viñeta diaria que analizaba la actualidad desde una lógica demoledora que le acarreó unos cuantos problemas durante los 33 años que se publicó. Una vinculación con el mundo infantil y juvenil que mantuvo en paralelo a través de varios libros dedicados a los más pequeños, tanto como escritor como ilustrador. Títulos como Tristán en Egipto o Vicente ya es valiente se combinaron con el trabajo para publicaciones del ámbito educativo como Comunidad escolar o el recordado y controvertido Libro rojo del cole.

Además de su faceta de dibujante, Romeu fundó editoriales como Oh Sauce y Estrip, así como una productora de televisión, que le abrió las puertas de un medio para el que realizó más de 600 guiones para programas como Tres i l’Astróleg, Filiprim y La Parada de TV3 o Locos por la tele de TVE. En 2012 publicó su autobiografía Ahora que aún me acuerdo de todo (o casi)… (Astiberri), en la que hace un repaso a su vida indispensable para entender la realidad española de los últimos años y haciendo gala de un duro humor sin concesiones hacia sí mismo: “[…]Siempre hemos tratado de hacer cosas, pero siempre han ido mal. Y cuando una iba bien, nos íbamos”.

Con su desaparición, se pierde una de las voces más lúcidas del humor gráfico y el cómic español.

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