Libros para presumir que no hace falta leer

Estanterías de pega, camisetas con portadas famosas, pavoneo literario en redes sociales... la última tendencia de la era digital se llama ‘bookishness’ y pasa por exhibir la parte más fetichista de la lectura

Dibujo de Tom Gauld para su libro 'En la cocina con Kafka', publicado en España en 2018 por Salamandra Graphic.
Dibujo de Tom Gauld para su libro 'En la cocina con Kafka', publicado en España en 2018 por Salamandra Graphic.

La influencer francesa Maddy Burciaga saltó a los titulares de la prensa en enero de este año por publicitar unas cajas imitación de libros de lujo a 19,99 euros las dos unidades; sus fake books (libros falsos) no tienen páginas y, como puede verse en el vídeo que publicó al efecto, son tan buenos para decorar una habitación como cualquiera de los muchos papeles de pared símil biblioteca que se encuentran en Amazon: por menos de 70 euros, el cliente puede presumir de la posesión de numerosos y muy respetables libros sin la necesidad de comprarlos, adquirir estanterías y, por supuesto, leerlos.

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Los fake books de Burciaga (2,6 millones de seguidores en Instagram, 153.000 suscriptores en YouTube, más de 61.300 en Twitter) son una manifestación más de bookishness o adicción a los libros, un nicho de mercado y una subcultura que la profesora asociada de Inglés y Literatura Comparada de la Universidad Estatal de San Diego Jessica Pressman describe en un libro publicado en abril y titulado Bookishness. Loving Books in a Digital Age como una suma de “actos creativos que se relacionan con la materialidad del libro dentro de una cultura digital”, un puñado de prácticas no muy variadas que incluye la publicación en redes sociales de una portada sobre un fondo estéticamente aceptable, la puesta en escena del acto de lectura, el festejo de ciertas librerías, el comentario superficial pero entusiasta de las emociones suscitadas por una obra, el registro fotográfico de pilas de libros en entornos hogareños en los que estas casan en virtud de su color y/o de algún otro aspecto sin relación con su contenido y, por supuesto, la adquisición y exhibición de bolsas de tela, llaveros, marcapáginas, estuches, muñecos, cojines con citas, joyería, camisetas, juguetes y lápices.

Para Pressman, “existe una urgencia y hay una especie de intensidad en ese apego y afiliación a los libros en la era digital”; en el mejor de los casos, sostiene, su exhibición en redes sociales sería una forma de resistencia contra una cultura digital que habría llevado a algunos a creer obsoleta la literatura. La popularidad de plataformas como Instagram, YouTube y TikTok y el interés de la industria editorial por coparlos, para lo que ya está diseñando estrategias de comunicación y portadas (en este último caso, con la premisa de que estas deben verse claramente en un tuit, en una publicación de Instagram o en la ventana de Amazon), podrían considerarse un esfuerzo continuado por promover la lectura entre los más jóvenes y contribuir a su vigencia en asociación con nuevos actores como los booktubers y los booktokers (personas que reseñan libros en YouTube o en TikTok).

El resultado de estas estrategias, sin embargo, es simplemente la promoción de la compra de libros por su potencial decorativo, para obtener el respeto y el capital simbólico que quienes no tienen por costumbre leer otorgan a quienes sí lo hacen (en consideración de la idea ficticia de que leer los habría hecho “mejores”) y/o para celebrar la existencia y los logros creativos de los escritores del pasado. Y además no se produce en el ámbito de la literatura sino en el digital, que refuerza. Como si todas las camisetas (Haruki Murakami acaba de colaborar con la empresa Uniqlo en la creación de unas inspiradas en sus libros), las tazas con portadas y los calcetines con frases de libros fueran los restos del naufragio de una literatura que alguna vez no fue solo su forma, que también tuvo un contenido y contribuyó a la búsqueda de significado del mundo en el que vivimos.

Quizás la bookishness sea la única aproximación a la literatura posible para los integrantes de una sociedad agotada y confinada que se relacionan solo a través de pantallas; como atestiguan decenas de libreros y libreras, no han sido pocos los clientes que en el último año, para transformar una habitación de su vivienda en un puesto de teletrabajo, les han pedido libros por metro o por color, encuadernados en pasta o de aspecto más informal, dependiendo del tipo de imagen que querían proyectar. Una editora “independiente” se quejaba un tiempo atrás de que una cantidad importante de los pedidos que recibe en su tienda virtual no eran de los títulos que publica (en su mayoría, excelentes) sino de los pósteres y postales que creó un tiempo atrás para promoverlos, que sus clientes prefieren por sobre los libros. Pero las grandes editoriales llevan ya algún tiempo prestando una atención casi excluyente a la comercialización de una literatura que circula y es promovida en unas redes sociales que solo tienen interés en su aspecto material: presionadas por la exigencia de un rendimiento que haga posible sostener estructuras desmesuradas en relación con el consumo real de literatura, esas grandes editoriales apuestan deliberadamente por el kitsch de la “adicción a los libros” del que habla Pressman en su obra.

En palabras de sus editores, “Bookishness explica cómo los libros siguen dando sentido a nuestras vidas en la era digital”, pero el tipo de discusión que estos animan en las redes sociales y su uso con fines estéticos (para “construir y proyectar identidad a través de la posesión y la presentación de los libros”, como resume Pressman) parecen hablar de que el “sentido” de la vida está siendo buscado y producido en otro sitio, por ejemplo en la adquisición de libros que no se tiene intención de leer y su exhibición. Un tiempo atrás esto era llamado “esnobismo”, pero la palabra se destina en la actualidad a aquello que cuestiona las prácticas de una mayoría atrapada en la habitual y deliberada confusión entre influencers y expertos, entre lectores y compradores de libros. La cultura letrada no ha perdido del todo su atractivo, al parecer; o, como sugiere el ensayista inglés Simon Reynolds en Retromanía, ha adquirido otro, el de aquello que ha terminado, como la inventiva y la extraordinaria energía que tuvo alguna vez la música pop, de la que sólo quedan la nostalgia y el consumo. Los propietarios de Zoom no parecen ser ajenos a todo ello, ni a las demandas de sus usuarios, y la plataforma ya ofrece varios fondos virtuales que representan una estantería cargada de libros. Parafraseando a Reynolds, quizás la Galaxia Gutenberg no termine con un sonoro “bang”, sino con su transformación en post aspiracional y decoración de interiores.

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