El último héroe de la Resistencia francesa muere con la herida de la ocupación nazi todavía abierta

El fallecimiento del Hubert Germain, único superviviente de la Orden de la Liberación, coincide con el retorno del pétainismo en la extrema derecha del país

Hubert Germain (en el centro al fondo), retratado junto a varios compañeros y Charles de Gaulle (izquierda) en Argelia en 1943, durante la Segunda Guerra Mundial.
Hubert Germain (en el centro al fondo), retratado junto a varios compañeros y Charles de Gaulle (izquierda) en Argelia en 1943, durante la Segunda Guerra Mundial.- (AFP)

Toda nación necesita a sus héroes y mitos. La Francia moderna no se explica sin la Resistencia. Es el relato fundacional que sirvió, primero, para reconciliar a los franceses después de cuatro años de ocupación y de colaboración con la Alemania de Hitler durante la Segunda Guerra Mundial. Y después, gracias al genio político y militar del general Charles de Gaulle, para colocar a un país que había sido derrotado entre las potencias vencedoras.

El último héroe vivo de aquella gesta, la de los valientes e insensatos que en 1940, tras la capitulación de Francia ante Alemania, se unieron a De Gaulle, murió este martes a los 101 años. Se llamaba Hubert Germain y era el último Compagnon de la Libération, miembro de la élite de la Resistencia, esta particular orden de caballería que De Gaulle creó en 1940 y que contó con un total de 1.038 condecorados de los que, hasta esta semana, solo Germain sobrevivía.

“Con esta muerte, se cierra una epopeya”, dice por teléfono el historiador François Azouvi, autor de Français, on ne vous a rien caché. La Résistence, Vichy, notre mémoire (”Franceses, no se os ha escondido nada. La Resistencia, Vichy, nuestra memoria”), un ensayo publicado en 2020 por la editorial Gallimard donde disecciona los mitos y contramitos que han marcado la memoria colectiva desde el final de la guerra en 1945. “Es una página extraordinaria, una de las más gloriosas y emocionantes de la Francia contemporánea”, añade Azouvi.

Hubert Germain, en un homenaje en París a otro miembro de la Orden de la Liberación, Daniel Cordier, tras su fallecimiento en noviembre de 2020.
Hubert Germain, en un homenaje en París a otro miembro de la Orden de la Liberación, Daniel Cordier, tras su fallecimiento en noviembre de 2020.Michel Euler (AP)

Existe el peligro de que, a medida que vayan muriendo los últimos contemporáneos de la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto, aquello empiece a parecer tan remoto como la Guerra de los Treinta Años. También es posible que al desaparecer el último miembro de la Orden de la Liberación la Resistencia se convierta definitivamente en objeto de estudio, y no ya de querellas actuales.

Cada país tiene su memoria torturada, un pasado que, cuando se ha digerido mal, vuelve una y otra vez. Y en Francia, un “pasado que nunca acaba de pasar, porque es presente” ―por citar la famosa frase del novelista sureño William Faulkner referida a la guerra de Secesión estadounidense― es el régimen de Vichy: la Francia liderada por el anciano mariscal Philippe Pétain, el héroe de la Primera Guerra Mundial que, con un amplio apoyo entre los franceses, puso en marcha una política de colaboración con el ocupante nazi y participó en la persecución y la deportación de los judíos a los campos de exterminio alemanes.

De Gaulle ―el primero de los resistentes, de aquel puñado de hombres y mujeres que habían dicho no― fijó lo que, más tarde, se conocería como el mito de la Resistencia, en un discurso el 25 de agosto de 1944 desde el balcón del Ayuntamiento de París. “¡París liberada!”, proclamó. “Liberada por ella misma, liberado por su pueblo con el concurso de los ejércitos de Francia, con el apoyo y el concurso de Francia entera, de la Francia que lucha, de la única Francia, de la Francia eterna”.

Miles de personas reciben a las fuerzas de la Resistencia y tropas aliadas, el 26 de agosto de 1944 en la plaza de la Concordia, el día después de la liberación de París.
Miles de personas reciben a las fuerzas de la Resistencia y tropas aliadas, el 26 de agosto de 1944 en la plaza de la Concordia, el día después de la liberación de París.AFP

No importaba que hubiesen sido Estados Unidos y Reino Unido los artífices de la liberación de Francia; en aquel momento, convenía dejar claro que Vichy no era Francia y que Francia había derrotado a Alemania. Fue la idea genial de De Gaulle en connivencia con los comunistas, quienes, junto a los gaullistas, habían sido el núcleo de los resistentes. El mito excluía a otros como los republicanos españoles, que “fueron olvidados en los libros de historia” y vieron “minimizada su participación” en la lucha contra los nazis, como escribe la periodista Evelyn Mesquida en el libro Y ahora, volved a vuestras casa. Republicanos españoles en la Resistencia francesa (Ediciones B).

Pero el mito se consolidó. Y, años después, alimentó la idea ―¿otro mito?― según la cual los franceses se habían tragado el cuento y, después de un periodo breve de ajustes de cuentas, habían pasado página y enterrado los años oscuros en una amnesia colectiva. Haría falta una nueva generación, la de 1968, para mirar de frente al pasado. El acontecimiento cultural que marcó este momento fue el estreno en los cines ―la televisión pública francesa lo vetó durante años― de El dolor y la piedad, de Marcel Ophüls, un documental que retrataba una sociedad anestesiada y donde el heroísmo fue la excepción. Francia se había fabricado una leyenda: la de un país de resistentes; en realidad, habría sido un país de apáticos y colaboracionistas.

Ni una cosa ni la otra: todo fue más complicado, según Azouvi. En su libro, una de las aportaciones más recientes sobre la memoria de la resistencia y Vichy, documenta cómo, desde el final de la guerra, todo se dijo y todo se supo. Sostiene Azouvi: “En los 25 años posteriores a la guerra, no se escondió nada a los franceses. Se pusieron sobre la mesa todos los elementos que permitieron entender y recordar lo que habían ocurrido. Tanto los más gloriosos como los menos: la colaboración, Vichy, la deportación. Todo se dijo en novelas, en películas. En los años setenta, cuando la generación nacida durante o después de la guerra tomó el poder intelectual, cultural y simbólico, se puso a sospechar, y a preguntar a la generación de sus padres qué había hecho durante la guerra. Y fabricó una especie de mala conciencia. Ahí nació la idea de que, tras la guerra, se habría creado un mito según el cual toda Francia había sido resistente, que Vichy apenas había existido. Yo creo que, desde los años setenta, vivimos en el mito de un mito”.

Carros blindados de la Resistencia durante la liberación de París, en una imagen del 25 de agosto de 1944.
Carros blindados de la Resistencia durante la liberación de París, en una imagen del 25 de agosto de 1944.ROGER VIOLLET (GETTY IMAGES)

Con el tiempo, la memoria atormentada de Vichy parecía haberse apaciguado. Las discusiones se habían calmado y un consenso se había instalado. Fue decisivo el discurso del presidente Jacques Chirac, en 1995, admitiendo la responsabilidad de Francia en los crímenes de Francia entre 1940 y 1944. Ahora es otro el trauma histórico que ocupa al país, otra digestión difícil: la guerra de Argelia entre 1954 y 1962. Hoy alguien como Hubert Germain, combatiente en Bir-Hakeim y en Montecassino, aparece, en esta época posheroica en las que los héroes son futbolistas o rockeros, como una figura casi mitológica.

Pero nada pasa definitivamente, todo vuelve. Es el “síndrome de Vichy”, como lo llama el historiador Henry Rousso. El polemista Éric Zemmour, estrella emergente de la ultraderecha en Francia y posible candidato a las presidenciales de 2022, resucita los fantasmas. Reivindica a Pétain, afirma que protegió a los judíos franceses y sugiere que resistentes y colaboracionistas, De Gaulle y Pétain, en el fondo no eran tan distintos, porque se repartieron los papeles, según la llamada “teoría de la espada y el escudo”: el primero combatía al enemigo nazi; el segundo, colaboraba para proteger a Francia. “Es una reactivación de la vieja historiografía de los años cincuenta que consideraba que el mariscal Pétain protegió a los judíos”, resume Azouvi. “Es un discurso falsificado que nadie puede tomarse en serio”.

Sobre la firma

Marc Bassets

Es corresponsal de EL PAÍS en París y antes lo fue en Washington. Se incorporó a este diario en 2014 después de haber trabajado para 'La Vanguardia' en Bruselas, Berlín, Nueva York y Washington. Es autor del libro 'Otoño americano' (editorial Elba, 2017).

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