A vuela pluma
Columna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

Una manera de curar el machismo

La proliferación de historias de madres ha desdibujado al padre, a esos padres que aun ejercitando torpemente su oficio fueron esenciales en nuestra futura independencia

El padre de Gloria Steinem, Leo, en su foto preferida, datada en 1949.
El padre de Gloria Steinem, Leo, en su foto preferida, datada en 1949.Colección particular de Gloria Steinem.

Ocurría de pronto que ante unos desconocidos y como sin venir a cuento mi padre se ponía sentimental, y decía, “así ha sido, me ha tocado actuar como padre y madre”. La visita se quedaba mirándole como quien tiene ante sí al héroe del melodrama, y a mí se me fijaba esa sonrisa tensa de quien no comparte lo que escucha y espera que ese momento enojoso pase cuanto antes.

A menudo los hijos expresan su verdad con un silencio a voces. Porque no, mi padre no fue jamás una madre, al menos lo que entendía su generación por madre, esa mujer que llenaba con su presencia la casa, que cuidaba, que espiaba los ciclos íntimos de sus hijas, vigilaba los vagabundeos, esperaba a que llegaras, fiscalizaba, perdonaba. Más que de abnegación, se trataba de un papel asumido y obligado. Pero mi padre tenía la manía de reivindicarse porque era vanidoso y astuto, y sospechaba que al hombre vividor que era pastorear (el verbo es suyo) a cuatro hijos le había venido muy grande. La vida se nutre de conversaciones pendientes, y en una de esas que nunca tuvimos le diría que jamás esperé de él el calor de un nido, sin embargo, aprendí algunas cosas que me han servido de mucho: cierto espíritu aventurero, una curiosidad infatigable por los desconocidos y la facultad de ir haciendo amigos allá por donde fueras.

He tenido muy presente su figura paterna leyendo el libro de memorias de Gloria Steinem, Mi vida en la carretera (Alpha Decay), que da cuenta de un espíritu inquieto heredado sin duda de un padre alegre y desarraigado. Leo Steinem, viajante y viajero, comerciaba con antigüedades de poca monta. Con el optimismo de los insensatos siempre pensaba haber dado con la clave del éxito, pero jamás hizo fortuna, no tuvo domicilio fijo, obligó a su mujer y a sus hijas a un vagabundeo constante por las carreteras americanas, concediéndoles involuntariamente un conocimiento del país que años más tarde serviría a la joven Gloria para compaginar escritura y activismo.

Desde los seis años, la niña aprendió a envolver los cachivaches que su padre vendía, a entrar a los locales de carretera para liar al dependiente y llevarse algo de más. Me vino a la mente esa encantadora pareja de Luna de papel, en la que Ryan y Tatum O´Neal, padre e hija en realidad y ficción, viajan perpetrando timos de chichinabo para sobrevivir. Steinem confirmó mi sospecha: se ve a sí misma como aquella niña obstinada de la película de Bogdanovich.

Gloria Steinem, en 1974 en Nueva York.
Gloria Steinem, en 1974 en Nueva York.PL Gould/IMAGES (Getty Images)

Los padres de la que sería referente feminista universal se separaron cuando ella cumplió diez años. Su madre, una mujer de temperamento quebradizo, no pudo soportar más aquel nomadismo constante y se recluyó en su mundo interior, cuidada por sus hijas algunas veces y, otras, internada en un hospital psiquiátrico, sin gozar jamás de un círculo de amigos que la protegiera. El padre, en cambio, murió en la carretera, rico en amigos, pobre en posesiones, dispuesto a la aventura hasta el último aliento, proclive al hedonismo del pobre: los helados, las copas compartidas, el horizonte abierto. Lo más valioso de la historia es que Gloria Steinem, feminista implacable, no los juzga. No reparte los papeles esperables de víctima y culpable. Muy al contrario, afirma que desde niña se preguntaba cómo dos personas tan opuestas decidieron unirse en matrimonio.

Confieso que me alegra que alguien de la relevancia de Steinem sea tan ecuánime a la hora de describir a la extraña pareja que formaron sus padres, y de reconocer que una vida como la suya, entregada al activismo, nace de aquella propensión paterna a la acción, a la vida sobre ruedas. Admite que debe más en ese aspecto a su padre, por más que quiera a ambos por igual.

Hay muchos libros sobre la maternidad en estos tiempos. En mi opinión, acentúan demasiado el aspecto fisiológico del acontecimiento, como si lo más importante fuera el desgarro físico que sin duda se produce. Se ha creado una especie de melodramatismo en torno al hecho de ser madre, que además se reduce a los hechos biológicos de los primeros años: parto, teta, apego, noches sin dormir, cuando la maternidad es un viaje de largo recorrido. Esa proliferación de historias de madres ha desdibujado al padre, a esos padres que aun ejercitando torpemente su oficio fueron esenciales en nuestra futura independencia. Cuántas veces el machismo se les cura con el deseo de que las hijas brillen. Eso piensa Gloria Steinem.

Inicia sesión para seguir leyendo

Sólo con tener una cuenta ya puedes leer este artículo, es gratis

Gracias por leer EL PAÍS

Sobre la firma

Elvira Lindo

Es escritora y guionista. Trabajó en RNE toda la década de los 80. Ganó el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil por 'Los Trapos Sucios' y el Biblioteca Breve por 'Una palabra tuya'. Otras novelas suyas son: 'Lo que me queda por vivir' y 'A corazón abierto'. Colabora en EL PAÍS y la Cadena SER. Es presidenta del Patronato de la BNE.

Normas

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS