La locura en la historia de España: del primer manicomio a reyes incapacitados

El psiquiatra Enrique González Duro recorre en un voluminoso libro el tratamiento de las enfermedades mentales desde la Edad Media hasta el franquismo, marcado por una ciencia médica siempre rezagada

Un paciente del hospital Psiquiátrico Provincial de Madrid duerme la siesta en el suelo, en 1993.
Un paciente del hospital Psiquiátrico Provincial de Madrid duerme la siesta en el suelo, en 1993.Marisa Flórez

“La historia de España es la de un país muy contradictorio”. A partir de esta frase lapidaria, el psiquiatra ya retirado Enrique González Duro (La Guardia, Jaén, 82 años) desarrolla su tesis en la monumental Historia de la locura en España (editorial Siglo XXI de España, 744 páginas), en la que describe comportamientos anómalos de reyes, políticos, artistas y ciudadanos anónimos en un recorrido que parte de la Baja Edad Media y llega hasta el franquismo. En ese trecho, posesos, brujas, beatas, hechizados, iluminados...

La primera de esas paradojas, crucial, es que en suelo español se abrió el primer manicomio conocido en Occidente. Fue en Valencia, en 1409, pero la psiquiatría nacional no despegó hasta el siglo XIX y como imitación de la surgida en Francia tras la Revolución de 1789.

“La razón de la diferencia de cómo se abordó la locura en España con otros países la marca la Inquisición”, explica González Duro en su casa en Madrid. “Era una policía ideológica que impedía la investigación científica. Dependía del poder político, no como en otros Estados, donde lo hacía de Roma. El inicio del tratamiento de la locura, entonces un problema social porque era una minoría marginal en las calles, se debe probablemente a los frailes mercedarios, que eran los que pagaban el rescate de cristianos prisioneros de los musulmanes en el norte de África”. El doctor González Duro hace un inciso para recordar que la palabra loco procede del árabe.

Enrique González Duro, con un ejemplar de "Historia de la locura en España", en su domicilio de Madrid el 21 de diciembre.
Enrique González Duro, con un ejemplar de "Historia de la locura en España", en su domicilio de Madrid el 21 de diciembre.Santi Burgos

“Estos frailes vieron lo que se hacía en esos lugares con los locos y trajeron esa idea moderna, que no había en Europa, de que había que encerrarlos y ponerles unos médicos que los tratasen. En España fueron los comerciantes valencianos, un puerto de mar del Mediterráneo muy importante, los que sufragaron ese primer centro para que los que habían perdido la razón no causaran problemas a sus negocios, ya que eran un peligro potencial”. No en vano, Lope de Vega ambientó dos siglos después su célebre obra Los locos de Valencia en el hospital para enfermos mentales de esa ciudad. A este le siguieron los de Sevilla, Toledo, Valladolid… Pero otra distinción del caso español, explica, fue que verdaderamente no se pusieron médicos en esos centros, “y los pocos que había no tenían ningún poder”. “Los manicomios se convirtieron en atroces instituciones carcelarias”.

González Duro, autor de Represión sexual, dominación social (1976), sobre la moral de la sociedad cristiana occidental, o Biografía del miedo (2007), sobre nuestros temores en el mundo actual, añade: “En la Edad Media, locos, pobres y leprosos estaban mezclados, se les trataba de la misma forma, encerrándolos, ni siquiera se les calificaba de enfermos, y los mejores médicos se dedicaban a las clases nobles y a los reyes”.

Precisamente, el comportamiento de varios monarcas españoles es analizado en el libro. Quizás el caso más popular sea el de la reina Juana I de Castilla, que ha pasado a la historia como “la Loca”. Él la describe como una mujer muy celosa ante los amoríos de su marido, Felipe el Hermoso, aunque recuerda que las intrigas políticas motivaron que este y el padre de Juana, Fernando el Católico, “se conchabaran para que se la considerase incapacitada, hasta el punto de que las Cortes de Valladolid la tuvieron que examinar, pero decidieron no inhabilitarla. En ese proceso ella dice: ‘Mi madre [Isabel la Católica] tenía peor genio que yo y nadie la llamó loca”.

'Doña Juana la Loca' (1877), de Francisco Pradilla.
'Doña Juana la Loca' (1877), de Francisco Pradilla.

La muerte de El Hermoso, en 1506, la destroza, pero el psiquiatra señala que se trata de uno de los ejemplos “de cómo se ha falseado la historia de España”. “Se contó que siguió el sepulcro de su marido hasta Granada, pero era por un tema testamentario. También se convirtió en síntoma de su locura que se abriera cada cierto tiempo el ataúd, pero era por una cuestión de higiene, por si tenía gusanos y ver cómo estaba el cadáver. O que alargó el cortejo fúnebre, pero este se detenía porque pasaba por zonas en las que había peste”.

Lo cierto es que Juana se abandona: no se lava, no se cambia de ropa, come sin cubiertos, duerme en el suelo... “Su padre la encierra en el castillo de Tordesillas, con una crueldad como casi no se ha visto. Está en régimen de aislamiento, en una estancia sin ventanas, mal alimentada, los criados eran vigilantes… Esto lo endureció su propio hijo, el futuro emperador Carlos V”, tras la revuelta de los comuneros, que la querían como soberana. La situación se extendió durante 46 años, hasta su muerte en 1555. “Está claro que acabó loca. No hay quien resista un régimen así. Al final de su vida se rebeló, blasfemaba, no iba a misa...”.

De Felipe II subraya que “ni su vida ni su muerte fueron normales”. “Tenía la manía obsesiva de escribirlo todo sobre los asuntos de gobierno, era muy frío, desconfiado; y su fallecimiento estuvo precedido de una agonía larga y espantosa, en la que le llevaron todo tipo de reliquias”. A esto suma “el episodio de la muerte de su hijo, que se ha querido blanquear”. Don Carlos fue “un niño colérico, cruel con los animales, maltrataba a los criados”. “Loco y furioso”, lo describió el embajador francés. El llamado rey prudente “ordenó encerrarlo en el castillo de Arévalo por traición, debido a sus conversaciones con los independentistas de los Países Bajos; llegó a escribir a otros reyes justificando la medida”. A los seis meses, el príncipe de Asturias, que vagaba desnudo y se comía objetos, fue hallado muerto. González Duro señala en el libro que la desatención consentida por su padre aceleró su muerte a los 23 años.

Óleo 'La casa de locos', de Goya (1808-12).
Óleo 'La casa de locos', de Goya (1808-12).REAL ACADEMIA DE BELLAS ARTES DE SAN FERNANDO

El caso de Carlos II, el Hechizado, “fue por la endogamia [sus padres eran tío y sobrina], era alguien que hoy calificaríamos de discapacitado”. El autor cuenta los intentos de deshechizarlo, alguno incluso a distancia de la Corte madrileña, y recupera el testimonio del nuncio del Papa cuando visitó al rey cuando este tenía 18 años: “Mira con expresión melancólica y asombrada. [...] Se muestra abúlico, apático e irascible, torpe e indolente y parece que atontado”.

Su sucesor, el primer Borbón, Felipe V, también merece un comentario: “Obsesionado con el sexo y la religión”, “de rasgos depresivos y esquizoides”, llegó a vestir casi un año la misma ropa, rehuía el sol porque decía que le traspasaba la espalda y sufría ataques en los que prorrumpía en espantosos alaridos. El rey llamado El Animoso, que pasaba horas y horas en la cama con las dos esposas que tuvo —incluso parece que usaba afrodisiacos para su desatado apetito sexual— abdicó en 1724, pero murió el heredero [Luis I, que reinó 229 días] y lo repusieron en el trono, “cuando claramente estaba incapacitado”.

Una revolución francesa

El reinado de Carlos IV coincide con la Revolución Francesa, “que es cuando se crea la psiquiatría científica, la especialidad médica para tratar a los locos”. “En Francia se preguntan qué hacer con los que no han matado a nadie ni han cometido delitos, pero son raros, no cumplen las normas. La solución es crear manicomios y ponerles médicos. Ahí es cuando se les empieza a considerar enfermos. En España se hizo una copia pálida y tardía de este modelo ya en el XIX, así como se importaron tímidamente las ideas de Alemania”.

El esbozo de una psiquiatría moderna en España llegó con la Segunda República, favorecida por un decreto de 1931 y la inspección de los psiquiátricos. “El embrión en español del psicoanálisis surge en Madrid de un grupo formado en Alemania, pero con la Guerra Civil, esa inmensa locura colectiva, mueren o son depurados o se van al exilio, sobre todo a Argentina, y por eso allí se forma un movimiento psicoanalítico importante. Freud estuvo prohibido aquí hasta 1948. El franquismo se oponía porque tocaba el tema del sexo”. Lo que no cambió en décadas fue la sórdida situación de los manicomios. “La psiquiatría española, la respuesta del Estado a la locura, ha sido siempre una frustración”.

Sobre ese régimen González Duro ha publicado Los rojos no estaban locos (2008) y Las rapadas. El franquismo contra la mujer (2012). De cómo era la mente del dictador, expone: “Franco era un misógino, acomplejado porque los compañeros de clase se reían de él por su voz y su estatura, mediocre, odiaba a su padre y estaba obsesionado con el poder”. Este psiquiatra concluye que la locura “ha existido siempre y está por todas partes, no solo en los manicomios”. Ya lo sugirió, con mucho humor, Woody Allen en el final de Annie Hall:

-Doctor, mi hermano está loco. Se cree una gallina.

-¿Y por qué no lo mete en un manicomio?

-Lo haría, pero necesito los huevos.

De algo más de 2.000 ingresados en manicomios en 1859 a 20.000 en 1910

A mediados del siglo XIX, el Ministerio de la Gobernación publicó las primeras estadísticas oficiales en España sobre el número de dementes: 7.277, de los que solo estaban ingresados poco más de mil. Una década después, en 1859, había 17 establecimientos públicos “dedicados entera o parcialmente al tratamiento de alienados”, pero lastrados por los pocos medios que les daba el Estado. Sumaban 2.217 internos. En 1879 eran 26 establecimientos, con 3.790 enfermos mentales. Esto motivó, a finales de siglo, la expansión de los manicomios privados. En 1910, los 35 psiquiátricos públicos sumaban ya casi 20.000 ingresados. 

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Sobre la firma

Manuel Morales

Periodista de la sección de Cultura, está especializado en información sobre fotografía, historia y lengua española. Antes trabajó en la cadena SER, Efe y el gabinete de prensa del CSIC. Es licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid y máster de Periodismo de EL PAÍS, en el que fue profesor entre 2007 y 2014.

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