Mick Jagger y Keith Richards, 60 años fluctuando entre el amor y el odio

La capacidad de resiliencia de la pareja en los momentos críticos es la clave de la longevidad de los Rolling Stones, que hoy actúan en el estadio Metropolitano de Madrid

Mick Jagger y Keith Richards en las oficinas de los Rolling Stones en Nueva York, el 20 de septiembre de 1977.

Al peor momento de las relaciones entre los dos jefes de The Rolling Stones, Keith Richards lo define en su libro Vida de la siguiente manera: “Ahí fue cuando estalló la III Guerra Mundial”. Era 1986 y el grupo acababa de entregar el irregular Dirty Work. Richards quería defenderlo en directo, poner la máquina en marcha. Habían pasado cuatro años desde la última gira. Al guitarrista le brotaban sarpullidos que solo se le quitarían cuando se colgara la guitarra para tocar con su banda. Pero llegó una carta (¡una carta!) de Mick Jagger. En la misiva afirmaba que prefería centrarse en su carrera en solitario, que había iniciado con el disco She’s The Boss (1985) y tenía a punto el segundo, Primitive Cool (1987). Pues eso: la III Guerra Mundial. Pero no supuso el fin. Ninguna sociedad musical ha estado tanto tiempo unida en la historia de rock, 60 años, los que cumplen este 2022 desde que se formaron los Rolling Stones en 1962. El buque se ha astillado en muchas ocasiones, pero al final se ha impuesto una acorazada capacidad de resiliencia. Esta noche vuelven a tocar en Madrid.

Aunque el asunto económico está en todo momento inclinando la balanza hacia mantener el negocio a flote, a sus seguidores les encanta apelar al romanticismo como principal causa de la longeva relación de la pareja. Puede que en el fondo exista algo de eso. No hay mejor historia en este sentido que una que el propio Richards descubrió en 2010. Se trata de una carta que encontró entre los papeles de su tía Patt. Keith tenía 18 años y narraba a la hermana de su madre justo el momento en que prendió la llama de los Rolling Stones. El encuentro con Mick Jagger en una estación de tren es conocido. Lo que resulta revelador es la pasión que imprime al relato. “Ya sabes, tía Patt, que me encanta Chuck Berry y creía que era el único que lo conocía en un radio de varios kilómetros a la redonda. Pero hace poco, una mañana, en la estación de Dartford, estaba esperando un tren con un disco de Chuck en la mano cuando se me acerca un tío que conocía de primaria y resulta que tiene todos los discos de Chuck Berry, del primero al último. Y todos sus colegas los tienen también, y a todos les gusta el rhythm & blues, me refiero al rhythm & blues de verdad, no a la mierda de Dinah Shore, Brook Benton y compañía. Hablo de Jimmy Reed, Muddy Waters, Chuck, Howlin’ Wolf, John Lee Hooker y todo el material del bueno del blues de Chicago. Maravilloso. El tipo se llama Mick Jagger”.

Mick Jagger y Keith Richards, el 1 de julio de 1967, en Londres, tras salir de prisión por posesión y consumo de drogas.
Mick Jagger y Keith Richards, el 1 de julio de 1967, en Londres, tras salir de prisión por posesión y consumo de drogas.Keystone-France (Gamma-Keystone via Getty Images)

Exactamente, esa es la fuerza que une a la pareja: su amor por el blues, por la música. Pero ni Muddy Waters pudo evitar que los gallos saltasen de vez en cuando al cuadrilátero. El momento más peligroso (y ha vivido muchos) de Richards ocurrió en 1977, cuando la policía canadiense detuvo al guitarrista en Toronto con una cantidad importante de heroína. Richards llevaba casi 10 años consumiéndola. A mediados de los setenta resultaba complicado convivir con él. En algunas sesiones de grabación se excusaba para acudir al baño y podía salir a las seis horas. “Debo decir que durante todo el jaleo de Toronto, de hecho siempre que me trincaba la poli, Mick me cuidó con mucho cariño y nunca se quejó de nada. Él era quien se encargaba de todo y organizaba a las fuerzas para rescatarme. Mick se ocupó de mí como lo habría hecho un hermano”, apunta en sus memorias. Y hasta aquí la mano tendida de Richards.

En 1978 se celebró el juicio y los posibles siete años de cárcel se quedaron en una multa de 25.000 dólares, la obligación de entrar en un programa de rehabilitación y dos conciertos a beneficio de una asociación de invidentes. Seguramente lo de tener que tocar gratis sea lo que Jagger nunca le ha perdonado. Cuando el guitarrista empezó a salir de la niebla narcótica y a experimentar la sobriedad, se dio cuenta de que había perdido su influencia sobre el grupo. Todo el control recaía ahora en Jagger. Y con cierta lógica: si no llega a tirar del carro, la deriva opiácea de Richards habría hundido a los Stones. El problema llegó cuando el guitarrista se despejó la mente. El que mandaba era el cantante y ya no estaba dispuesto a ceder el 50% a Richards.

El disco Emotional Rescue (1980) se cierra con una hermosa balada llamada All About You, una canción cantada por Keith con el corazón en la mano. Dedicada a su amigo en esos momentos de mala relación: “Si llamas a esto vida, por qué debo pasarla contigo. / Si el espectáculo debe continuar, que sea sin ti. / Estoy tan harto, tan cansado de andar con imbéciles como tú”. La canción acaba con la frase más sentida que Richards le haya dedicado en público a Jagger: “Entonces, ¿cómo es que todavía estoy enamorado de ti?”.

La pareja compartiendo micrófono en un concierto de los Rolling Stones a finales de los años setenta.
La pareja compartiendo micrófono en un concierto de los Rolling Stones a finales de los años setenta. Larry Hulst (Getty Images)

Para 1981 los dos stones apenas se comunicaban. Sacaron adelante Tattoo You, un buen disco, gracias a su ingeniero de sonido, Chris Kimsey, que encontró joyas entre las sesiones de grabación de los trabajos anteriores. Jagger completó esos esbozos por la mañana, y Richards por la noche. Nunca coincidían. La gira del disco se celebró con un gran éxito popular, pero la frase que más recuerda el guitarrista que le decía su compañero era: “Oh, cierra el pico, Keith”. Un dato para entender la naturaleza de la relación entre los dos músicos: en 1983, cuando la química era ínfima, Richards se casó con Patti Hansen (con la que todavía está) y Mick ejerció de padrino.

En esa época, el clan de Keith empezó a llamar a Jagger “su Majestad”. También otras cosas. Richards tuvo una ingeniosa idea. Descubrió en una biblioteca a una escritora inglesa de novelas románticas, Brenda Jagger. Desde ese momento, Brenda sería Mick, así podrían insultarle delante de él, sin que el vocalista se enterara. “Me cago en Brenda, esa cabrona egocéntrica”. Jagger asumía que hablaban de otra persona. Así describe Richards el panorama en esos años: “Había dos universos, el de Mick, hecho de vida mundana, y el nuestro”. Los Stones llevaban ya 20 años de carrera. Habían empezado haciendo versiones de Chuck Berry para audiencias de 100 personas, y con los años se transformaron en la banda más grande del rock and roll, con unos ingresos estratosféricos. Presiones, intereses, egos inflados, el desgaste de la convivencia… Sus compañeros de generación, los Beatles, duraron 10 años y acabaron de forma desagradable. Los Stones se enfrentaban a su gran crisis después de dos décadas, algo bastante entendible.

Con la III Guerra Mundial declarada, Jagger ofreció una entrevista a la revista Rolling Stone enmarcada en la promoción de su segundo disco en solitario, Primitive Cool (1987). “Hemos tenido muchos altibajos, y este es uno de los momentos bajos. Amo a los Stones, creo que lo que hemos hecho es maravilloso, pero también pienso que ya está hecho. A mi edad [tenía 46 años] y después de todos estos años tengo que hacer algo más en mi vida. Siento que tengo el derecho de hacerlo”. Esta declaración es lo más cerca que ha estado el grupo de disolverse. Los discos de Jagger en solitario ofrecen rock, pero también temas llenos de trampas sonoras de los ochenta, algo artificiales. Música de baile a la moda de aquella década, con todo lo que eso implica. Harto de los coqueteos de Jagger fuera de los Stones, Richards ya había editado en 1988 su primer trabajo en solitario, Talk Is Cheap, más reconocible que lo de Jagger para el fan de los Rolling.

Jagger y Richars abrazados en 2005 en un recital de los Rolling Stones en Nueva York.
Jagger y Richars abrazados en 2005 en un recital de los Rolling Stones en Nueva York. Brian ZAK (Gamma-Rapho via Getty Images)

Las carreras en solitario de Jagger y Richards nunca despegaron. Richards actuó en España en 1992 en salas de poco más de 1.000 personas (Zeleste en Barcelona y Aqualung en Madrid, dos días en cada una). Nada que ver con las audiencias de los Rolling, aunque, por otra parte, era un placer disfrutar del stone en un formato reducido, sin vídeos gigantes ni el circo de los estadios. Era tiempo de regresar al buque, reparar los destrozos y llenar estadios. Los dos se comieron su orgullo y en 1989 se reunieron para la grabación de un nuevo trabajo, Steel Wheels. Ese mismo año salieron de gira, la primera en siete años.

Keith, certero siempre, define en Vida su relación desde entonces: “Tal vez Mick y yo ya no seamos amigos (demasiado desgaste para ello), pero somos dos hermanos tan unidos que nada puede separarnos. Tus mejores amigos son tus mejores amigos, pero los hermanos se pelean. Independientemente de lo que haya pasado, Mick y yo tenemos una relación que todavía funciona. Y si alguien dice algo malo de Mick en mi presencia, le rajaría el cuello”.

Nunca será como en los sesenta y los setenta, pero se han dado cuenta de que una vez superada aquella crisis, ya no tienen edad (los dos han cumplido 78) para peleas narcisistas. Esta noche en el Metropolitano, incluso se intercambiarán sonrisas sinceras.

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Sobre la firma

Carlos Marcos

Redactor de Cultura especializado en música. Empezó trabajando en Guía del Ocio de Madrid y El País de las Tentaciones. Redactor jefe de Rolling Stone y Revista 40, coordinó cinco años la web de la revista ICON. Es licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid y Máster de Periodismo de EL PAÍS. Vive en Madrid.

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