La brasileña Marisa Monte ensalza la alegría mientras confía en que a la ola reaccionaria le siga una iluminista

La cantante, que está de gira por Europa con su disco ‘Portas’, ofrece dos conciertos en España esta semana

La cantante brasileña Marisa Monte, en una foto de promoción del disco 'Portas'.Foto: LEO AVERSA

La cantante y compositora Marisa Monte (Río de Janeiro, 54 años) está entusiasmada por reencontrarse por fin con su público, primero, en su Brasil natal, y ahora en Europa. Esta semana actúa en Madrid (Las noches del Botánico, este jueves) y en San Feliu de Guíxols (Festival Porta Ferrada, 2 de julio). “En mi vida profesional, nunca había pasado tanto tiempo sin tocar en vivo”, dice durante una entrevista telefónica. La artista por fin puede presentar en directo su último disco en solitario, Portas, alumbrado durante la pandemia y grabado por Zoom desde Río, Lisboa, Los Ángeles y Nueva York. Combina pop, jazz y soul.

“Las puertas significan pasajes, cambios, elecciones, decisiones, posibilidades, aperturas, también cierres”, explica al teléfono mientras espera en el aeropuerto de Milán el vuelo que la llevará a Bruselas. La también componente de la banda Tribalistas, junto a Arnaldo Antunes y Carlinhos Brown, responde bien bajito para no molestar al resto del pasaje. El disco habla de puertas que pueden “realizar transformaciones y cambios externos, pero también de puertas que podemos abrir dentro de nosotros mismos. De alcanzar, a través del arte, del imaginario, una existencia un poco más poética, más interesante que la vida cotidiana”.

Una invitación a evadirse, a no perder la alegría, en tiempos turbulentos como los actuales. Aunque el mundo se asoma al final de la pandemia, Brasil está sumido en múltiples crisis, dividido por la polarización y con unas tensas elecciones en el horizonte, mientras Europa sufre una guerra difícil de imaginar hace un año.

La cultura brasileña se ha convertido en escenario de la batalla política desde que el ultraderechista Jair Bolsonaro llegó al poder. La cantante admite que el arte “ha sido muy perseguido por el Gobierno actual”. Pero se lo toma como un impulso para hacer mejor música, más poesía, como la manera más eficaz de resistir frente a los ataques. Prefiere responder así, más que opinando explícitamente de política. Pero no es ajena a los conflictos. En su reciente concierto en Londres, dio protagonismo al periodista británico Dom Phillips y al indigenista brasileño Bruno Pereira, asesinados en Amazonia a principios de junio.

La cantante ve a Brasil “sumido en múltiples crisis superpuestas, en un momento muy difícil, desafiador”, pero confía plenamente en el futuro: “Tengo certeza de que va a traer una ola más humanista, más iluminista, de vuelta a valores que requieren ser afirmados y defendidos como el medio ambiente o la cultura”.

Muestra de que a esta dama de la música brasileña no le asustan las innovaciones, esta gira también se retransmite por TikTok, una de las redes sociales que más crece en los últimos tiempos. Para Monte es una manera de tener contacto directo con su público, además de explorar un nuevo territorio.

Poco antes de partir hacia Europa estrenó su canción más reciente. El sencillo tiene un estribillo que destila optimismo. Proclama: “Me siento feliz, alegre y fuerte. Tengo amor y tengo suerte”. La brasileña dice que para ella es un mantra. Revela que la canción nació de una doble inspiración. Por un lado, el padre de una amiga que vive en Río, nacido en Alemania, superviviente de los campos de concentración nazis, que “tenía ese lema escrito en la pared de su casa”. “No le gustaba hablar de todas las cosas terribles que había sufrido. Gracias a esa positividad, logró superarlo, construir afectos, amigos, familia, trabajo, una historia de vida muy bonita. Falleció a los 100 años”.

La otra inspiración viene de los indígenas de Acre, que tienen una actitud similar, cuenta que le contó un amigo que los visita. “Cuando un indio quiere conquistar cosas importantes, como salud, fuerza, habilidad para cazar, coraje… hace una especie de dieta. Se pasa seis meses sin quejarse de nada, sin hablar mal de nada, sin mencionar ni conectarse con nada negativo”. Cordón sanitario con las malas experiencias.

Marisa Monte durante un concierto en Madrid en 2019.
Marisa Monte durante un concierto en Madrid en 2019.Bernardo Pérez Tovar

La revista Rolling Stones considera dos de los discos de Marisa Montes entre los mejores de la historia. Ella no permite que eso la abrume. “Siempre intento hacerlo lo mejor posible, soy feliz cuando pongo todo de mi parte en un proyecto. Pero, una vez terminado, lo que ocurre con él se escapa de mi control”.

El pasado domingo Brasil se rindió a los 80 años de Gilberto Gil. Caetano Veloso los cumple en agosto. Milton Nascimento está en su gira de despedida. ¿Camina la música popular brasileña hacia el fin de una era? Ella, que los lleva escuchando toda la vida, responde: “Tenemos mucha suerte de tener esos artistas tan fértiles y longevos todavía creando y produciendo, compartiendo su mirada sobre el mundo. Brasil gana con cada minuto, con cada día de sus vidas”.

Cuando no sale de gira, Marisa Monte vive en Río con su familia. Y trabaja. Trabaja mucho, dice. Y lleva una vida de lo más normal. “Aunque el público no lo vea, estoy grabando, componiendo, investigando, produciendo”. El álbum Portas, por ejemplo, es fruto de “año y medio de trabajo directo y de trabajo acumulado a lo largo de 54 años”.

A lo largo de su carrera ha investigado a fondo la bossa nova y recuperado variados estilos musicales. Para ella no es una misión, ni una pasión. Es su manera de trabajar en un ecosistema como el de este país. “La cultura brasileña es diversidad, mestizaje. Somos un país muy joven y curioso que también absorbe estilos de fuera y los transforma a través de la digestión en nuevos estilos originales”.

Y luego están los clásicos como la samba carioca, la música más característica de Río de Janeiro, donde nació y vive. La samba “es una gran fuente de información sobre cómo es vivir en Río”. También es el ritmo que absorbió por los poros desde la niñez. Considera la samba carioca como “crónicas existenciales, crónicas de lo cotidiano en las barriadas de Río. Representan una relación muy pura entre el artista y sus creaciones, traducen sentimientos muy espontáneos, tienen mucho de la vida real, sin segundas intenciones”.

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Sobre la firma

Naiara Galarraga Gortázar

Es corresponsal de EL PAÍS en Brasil. Antes fue subjefa de la sección de Internacional, corresponsal de Migraciones, y enviada especial. Trabajó en las redacciones de Madrid, Bilbao y México. En un intervalo de su carrera en el diario, fue corresponsal en Jerusalén para Cuatro/CNN+. Es licenciada y máster en Periodismo (EL PAÍS/UAM).

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