Adolfo Marsillach revive en el Festival de Teatro Clásico de Almagro

La 45ª edición de la muestra se inaugura este jueves con un espectáculo-homenaje al director y actor, la entrega del Premio Corral de Comedias a Lluís Pasqual y Uruguay como país invitado

De izquierda a derecha  sentadas: Glanca Marsillach, Núria Espert y Natalia Huarte. Detrás, en el mismo orden: Adriana Ozores, Carlos Hipólito, Lluís Homar, María Hinojosa y Dani Espasa.
De izquierda a derecha sentadas: Glanca Marsillach, Núria Espert y Natalia Huarte. Detrás, en el mismo orden: Adriana Ozores, Carlos Hipólito, Lluís Homar, María Hinojosa y Dani Espasa.Pablo Lorente

“¿En qué medida los clásicos no están muertos y pueden salirse de los estantes polvorientos de las bibliotecas y desprenderse de las manos, cuidadosas pero teóricas, de los profesores para convertirse en algo concreto, palpable, atractivo y próximo? Naturalmente, no somos tan estúpidos para creernos capaces de responder positivamente a tan delicada cuestión. De todas formas, lo vamos a intentar”. Así se expresaba el director, actor y escritor Adolfo Marsillach cuando en 1987 creó la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC), que desde entonces quedó íntimamente ligada al Festival de Teatro Clásico de Almagro, nacido casi una década antes. No solo intentó hacer realidad ese sueño, sino que lo consiguió. Y de qué manera. Marsillach dejó las bases para que posteriores generaciones pudieran seguir haciendo teatro con los cientos de textos clásicos pertenecientes al barroco español y aledaños, a veces de manera rabiosamente contemporánea y transgresora.

Así ha sido y sigue siendo en los 35 años de vida de la compañía, que en la actualidad dirige el también actor y director Lluís Homar, que ha querido que el nombre de Marsillach resonara de nuevo con fuerza en Almagro. Junto con el actual dramaturgo de la CNTC, Xavier Albertí, ha puesto en pie una suerte de homenaje al fundador de la formación bajo el nombre de Adolfo Marsillach soy yo, con el que se inaugura este jueves la 45ª edición del Festival de Almagro, después de que se le entregue el Premio Corral de Comedias de este año al director Lluís Pasqual.

Lluís Pasqual, en una imagen de 2018.
Lluís Pasqual, en una imagen de 2018.JOAN SÁNCHEZ

Año tras año, en paralelo a la consolidación de la CNTC, el Festival de Almagro ha ido creciendo hasta convertirse en referente imprescindible del teatro barroco español. Eso después de haber nacido tímidamente en 1978 como complemento escénico a unas jornadas en las que investigadores y estudiosos debatían concienzudamente sobre diversas cuestiones, casi todas académicas, en torno al teatro clásico español. Las jornadas aún se celebran hoy en día bajo el paraguas del festival y en ellas se reúnen eruditos de diferentes países para poner en común sus avances y conocimientos. Pero el festival ahora es la joya de la corona del teatro clásico en Europa, algo que tratándose de este tema casi es decir del mundo.

Su director, Ignacio García, habla de sus objetivos, que una vez más se ven ampliados con respecto a ediciones anteriores: “Esta muestra es una auténtica reserva natural del Siglo de Oro, al tiempo que todo un referente en cuanto a la calidad, la excelencia y la variedad. No hay lugar en el mundo donde ver tan bueno y tanto teatro clásico”, comenta el responsable, quien recuerda que hay unas líneas de trabajo estratégicas muy concretas, como son que el festival sea feminista, americanista, accesible e inclusivo. Y lo demuestra con las más de 20 dramaturgas y directoras que figuran en la programación del festival, con la presencia de países como Chile, Argentina, Colombia, Guatemala, Estados Unidos, México y la participación como país invitado de Uruguay, que enmarca además un homenaje a Margarita Xirgu ―que vivió exiliada en Montevideo― en forma de ficción sonora producida por RNE. En total, hasta el 24 de julio se representarán hasta medio centenar de espectáculos provenientes de 10 países y 12 comunidades autónomas.

“Se trata de plantear una panorámica cada vez más abierta y que el canon del Siglo de Oro que se construya tenga otros aromas, estéticas, acentos, lenguas y modos muy diferentes. En ese contexto tenemos dos presencias fundamentales”, señala Ignacio García en referencia al galardón que se le concede a Lluís Pasqual y un homenaje que recibirá la directora Helena Pimenta, antecesora de Lluís Homar al frente de la CNTC. “Los dos han llevado a cabo una defensa rigurosa del teatro clásico, con atrevimiento, osadía y modernidad, abriendo puertas a nuevos lenguajes, lo que no ha supuesto destruir, sino construir otra visión del patrimonio con respeto, solvencia y conocimiento”.

Adolfo Marsillach soy yo, que sólo se representará este jueves y mañana, cuenta con un plantel de actores relacionados con el fundador de la CNTC. Núria Espert trabajó con él al principio de su carrera y en el último montaje del director, en la recordada puesta de Quién teme a Virginia Wolf. Adriana Ozores y Carlos Hipólito, jóvenes y con una dicción perfecta, fueron dos actores fundamentales para Marsillach en los orígenes de la CNTC. Lluís Homar es hoy el capitán de esa nave que él puso en marcha y la joven Natalia Huarte representa las bases que puso Marsillach para el futuro. Participa también Blanca Marsillach, su hija pequeña, que ofreció un proyecto propio a la CNTC pero finalmente se sumó a esta producción. Y la cantante y el músico María Hinojosa y Dani Espasa, respectivamente, que transitarán por una serie de melodías que son ecos de la vida de Marsillach, como la habanera de la Carmen de Bizet, ópera que montó el director, temas de sus admiradas zarzuelas o cuplés, entre ellos El comunista, como alguna vez llegó a definirse Marsillach.

La cantante María Hinojosa y el pianista Dani Espasa, en un ensayo de 'Adolfo Marsillach soy yo'.
La cantante María Hinojosa y el pianista Dani Espasa, en un ensayo de 'Adolfo Marsillach soy yo'.Pablo Lorente

Homar y Albertí han querido rescatar una de las figuras más importantes de la historia del teatro español: “Adolfo Marsillach es teatro, es compromiso, es ciudadanía, es política, es ironía, es nostalgia, es activismo, es fuerza e incertidumbre, es debilidad y coraje, es memoria, es contemporaneidad, es vocación de servicio, es consciencia de lo público, es inteligencia, es humanidad, es amor, es disciplina, es teoría, es cultura, es patrimonio… ¡es teatro!”, escriben en el texto de presentación del montaje. Ambos tienen claro que han pretendido un acercamiento al pensador, al hombre de teatro y, sobre todo, a la persona.

Elegir sus textos ha sido dificultoso por la amplitud de su obra: “Además de hacer mucho teatro y muy bueno, escribió mucho sobre teatro. La procedencia de los textos es muy heterogénea, están su autobiografía Tan lejos, tan cerca, sus programas de mano o sus muchos artículos, labor a la que dedicó gran parte de su tiempo, para hablar siempre de políticas teatrales y de cultura. A todo ello hay que unir material aún inédito”, señala Albertí. Tanto él como Homar defienden la absoluta vigencia de sus reflexiones: sobre cómo construir espectadores, cómo construir actores, cómo decir el verso, cómo construir sistemas políticos que desde la verdad sostuvieran el teatro y la cultura…..

“No hay nadie en nuestro país que haya hecho más que él por el teatro clásico y su apuesta fue muy decidida. Él creía en Calderón, Lope, Tirso… que tenían una vigencia y fuerza enormes, como podían tener los textos de la Comédie-Française o el National Theatre”, apunta Homar, quien recuerda que la aportación más importante de Marsillach ha sido romper con esa idea de que los clásicos son algo museístico, ya que él hizo con ellos teatro contemporáneo, divertido y valiente, arriesgado y riguroso. A este homenaje se sumará en septiembre una exposición en la sede madrileña de la CNTC.


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