El cine ruso se atreve por fin con el Carnicero de Rostov, asesino en serie de la era soviética

Estructurada en sucesivos capítulos en los que juega con las fases por las que pasan los pacientes a los que se les ha diagnosticado una enfermedad terminal, ‘La ejecución’ destaca por su enfermiza atmósfera en un entorno hostil

'La ejecución' es el debut del director ruso Lado Kvataniya.

Andréi Chikatilo era un sencillo profesor y un complejo marido que acabó matando a 21 niños de edades comprendidas entre los ocho y los 16 años, a 14 niñas entre los nueve y los 17 años, y a 17 mujeres mayores de edad, en Rusia, Ucrania y Uzbekistán entre los años 1978 y 1990. 52 crímenes execrables que, según sus declaraciones en el juicio, se debían a “irrefrenables impulsos sexuales” que le llevaban a matar y a descuartizar a sus víctimas. En muchos casos, a eyacular sobre ellas tras utilizar su cuchillo como una especie de herramienta sexual experimental, ante la ausencia de erecciones, pues era impotente; y en algunas ocasiones, a arrancar a bocados los miembros sexuales de sus sacrificados, e incluso a comérselos.

El tristemente ilustre personaje había sido protagonista de Ciudadano X (Chris Gerolmo, 1995), una notable película estadounidense para la televisión —estrenada, eso sí, en los cines españoles—, protagonizada por Stephen Rea y Donald Sutherland, como el forense encargado del caso y su coronel al mando, respectivamente, y con Jeffrey DeMunn, de rostro afable, como el criminal; Evilenko (David Grieco, 2004), producción italiana rodada en inglés, con Malcolm McDowell interpretando al monstruo; y El niño 44 (Daniel Espinosa, 2015), la más macabra y explícita, libremente inspirada en el caso y, como las anteriores, más centrada en la investigación que en la personalidad del asesino, que fue definida por el crítico del New York Post en su titular como “una extraña mezcla entre Doctor Zhivago y El silencio de los corderos”.

Todas ellas, sin embargo, producciones ajenas al país que sufrió sus atrocidades y los continuos errores en la búsqueda del culpable. Hasta ahora, porque el ruso Lado Kvataniya, cineasta debutante nacido en 1987, cuando Chikatilo llevaba casi una década matando inocentes, es el responsable máximo de La ejecución, la primera producción rusa en acercarse, aunque sea también de un modo bastante libre, a uno de los episodios sociales más negros del paso de la era soviética a la perestroika, y a su disolución final conformando la actual Rusia. Estrenada con buena acogida en el último Festival de Sitges, puede verse desde el pasado viernes en la plataforma Filmin.

Estructurada en sucesivos capítulos en los que juega con las cinco fases por las que pasan los pacientes a los que se les ha diagnosticado una enfermedad terminal (negación, ira, negociación, depresión, aceptación), aunque con algún cambio pues aquí son siete segmentos, la película de Kvataniya destaca por su enfermiza atmósfera en un entorno hostil, marcado por una fotografía de tonos ocres y una narrativa compleja con continuos saltos en el tiempo. De hecho, esas cinco fases de la película podrían radiografiar también, como una metáfora llena de sutileza, el ocaso del imperio soviético, otro enfermo terminal, al que se presenta como un infierno en vida de ciudadanos tristes y alcoholizados que dan rienda suelta a su falta de libertades con juergas sucias y crudas, sexo furtivo y mórbido, en una climatología de perros y entre desoladoras canciones con acordeón a cuestas. Muy libre en su desarrollo al margen del caso real, La ejecución suma al caso de Chikatilo el de otros crímenes de la antigua URSS y la actual Rusia, principalmente los de Alexander Pichushkin, el asesino del ajedrez, acusado de matar a 49 personas entre 1992 y 2006. Un personaje que sirve al director para establecer una especie de guiño cinéfilo entre la ayuda de Hannibal Lecter a Clarice Starling en El silencio de los corderos, y la ofrecida por Pichushkin para atrapar al carnicero de Rostov en La ejecución.

Uno de los momentos de 'La ejecución'.
Uno de los momentos de 'La ejecución'.

“No hay asesinos en serie en la Unión Soviética”, afirma con rotundidad, y casi como una amenaza a quien ose discutirlo, el camarada Bondarchuk, secretario de Ideología del Partido Comunista, en presencia del coronel Fetisov, del general Ivanov, jefe del KGB en la región de Rostov, y del alcalde de la ciudad, en Ciudadano X. Según él, los serial killers no eran más que otro síntoma de la degeneración occidental capitalista. Quizá sea la frase clave, no solo de la película de Gerolmo sino también de las demás, incluida La ejecución, y sobre todo de la gestión del caso del carnicero. Las injerencias desde arriba, la falta de medios y los errores en los análisis de sangre y semen se sucedieron mientras se buscaba a lo que entonces se definía como “desviados”, en lugar de apostar por una persona de “apariencia normal” que en realidad escondiera a un caníbal. Otra sentencia de la anticomunista Ciudadano X (disponible en HBO Max), esta de un alto cargo policial, redunda en el homófobo error: “Seguiremos deteniendo homosexuales. Aunque no ayude a resolver directamente el caso, al menos le haremos un servicio a la sociedad”.

“El canibalismo fascinaba a ChikatiIo”, declaró su psiquiatra en el juicio. “Por una parte lo considera algo terrible y horroroso, pero por otra tiene un insano interés en él y le aparece en todas sus fantasías”. A pesar de ello, y de la truculencia cinematográfica que hubiera podido alcanzarse, ninguna de las dos películas más cercanas al caso, la de Gerolmo y la de Kvataniya, inciden demasiado en la abominable práctica, al menos visualmente, aunque Ciudadano X hace una referencia sutil en el primer informe del forense e investigador principal del caso, narrado en off con el rostro de Rea en primer plano, aflorando en él las lágrimas: “A la sexta víctima le cortaron el pene a unos 2,3 centímetros de la base, con desfiguración de la zona genital. Desfiguración que sugiere un instrumento no más afilado que los dientes”.

Chikatilo, que empezó a matar con 42 años y que hasta entonces se había conformado con colarse en las habitaciones de los alumnos internos en su colegio para masturbarse bajo el pantalón mientras los miraba en ropa interior, fue ejecutado el 14 de febrero de 1994. Tenía 57 años. Un funcionario se acercó por detrás y le descerrajó un disparo en la nuca, el método utilizado para los condenados a la pena de muerte en la región de Rostov. El entonces presidente Boris Yeltsin había rechazado su última petición de clemencia. Para entonces, la nueva Rusia había entendido que en la antigua Unión Soviética sí que había asesinos en serie. El peor de todos ellos.

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Sobre la firma

Javier Ocaña

Crítico de cine de EL PAÍS desde 2003. Profesor de cine para la Junta de Colegios Mayores de Madrid. Colaborador de 'Hoy por hoy', en la SER y de 'Historia de nuestro cine', en La2 de TVE. Autor de 'De Blancanieves a Kurosawa: La aventura de ver cine con los hijos'. Una vida disfrutando de las películas; media vida intentando desentrañar su arte.

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