CONVERSACIONES A LA CONTRA

Richard Firth-Godbehere: “Los psicópatas suelen trabajar en bancos o política y no hacen daño a nadie”

El historiador ha analizado y estudiado las emociones en todas las etapas de la humanidad

Richard Firth-Godbehere fotografiado en la plaza Pedro Zerolo, Madrid.
Richard Firth-Godbehere fotografiado en la plaza Pedro Zerolo, Madrid.Olmo Calvo

Richard Firth-Godbehere tiene un apellido tan largo y curioso que nos entretenemos un rato en la explicación: sus antepasados eran sacerdotes vikingos de la parte de Escocia. Pero no es eso lo que le trae hasta esta página y al festival Hay de Segovia, sino el libro Homo emoticus (Salamandra), en el que recorre la historia de la humanidad a través de las emociones. Este autor nacido en Sheffield en 1976 es uno de los mayores especialistas en el asunto.

Pregunta. ¿Ha contado las emociones? ¿Cuántas hay?

Respuesta. Yo no, pero otros lo han hecho. Y la lista más común es de seis: alegría, tristeza, disgusto, miedo, ira y sorpresa. Hay otras listas de 12, de 14, de 30 y no es universal. Cada cultura tiene su propia versión.

P. Creía que eran cientos.

R. Hay tantas emociones como personas y lo que su lenguaje permita. Hay lenguas que describen emociones que en otras lenguas no existen o no se traducen igual. El miedo sí es parecido en todos los idiomas, pero otras cosas no. Por ejemplo: en galés hay una palabra que se refiere a un sueño del pasado que sigue presente, una mezcla de nostalgia, tristeza y alegría a la vez que no hay en inglés. Cada lengua tiene su conjunto de emociones.

P. ¿Las emociones están jugando un papel excesivo en la política?

R. Sí, tienen un papel muy grande en la sociedad en general en este momento. Hace 20 o 30 años, cuando ocurría algo, la pregunta era: ¿Qué ha pasado? Hoy la primera pregunta es: ¿Cómo te sientes? Las emociones han tomado un gran peso y los políticos lo han entendido, saben que soltar algo fragmentario que te haga sentir una emoción conseguirá mucho más que intentar explicarte las cosas. Lo vimos en Reino Unido con el Brexit, cuando los partidarios exaltaron lo que significaba ser británico mientras los proeuropeos usaban datos y la mayoría dijo: nos dan igual los datos, sentimos esto. Y perdimos por las emociones.

P. ¿Deberíamos reprimir las emociones para tomar decisiones?

R. Creo que sí. Lo hacemos bien cuando nos atenemos a lo que llamamos nuestro “régimen emocional”, que es como se supone que debemos comportarnos en nuestra sociedad. Una azafata, por ejemplo, sabe que debe ser amable aunque un viajero sea un grosero. Su régimen emocional le impone ser amable y reprimir la grosería. Eso ocurre a todos los niveles, en particular en la política. Y para ser buen político tienes que canalizar tus emociones, contenerlas. Salvo que seas Donald Trump, claro (ríe).

Una azafata, por ejemplo, sabe que debe ser amable aunque un viajero sea un grosero: es su régimen emocional

P. Usted sostiene que la emoción es un concepto moderno. Una caja que contiene nuestros sentimientos.

R. Es una caja, un marco, y hay mucho debate sobre qué es exactamente una emoción. La pregunta clásica es: ¿Por qué el hambre no es una emoción y el asco sí, por ejemplo? Simplemente, lo hemos decidido así desde un momento en que hemos separado los pensamientos de los sentimientos. Ese fue el gran objetivo de los filósofos, de gente como Kant.

P. ¿Y qué es el hambre, entonces?

R. Es un sentimiento, no una emoción.

P. ¿Y el sentimiento no es una emoción?

R. No necesariamente, es más físico que la emoción, al menos en inglés. El hambre, el frío, el calor son sentimientos corporales, sensaciones físicas, no emociones. ¿Por qué? Porque lo hemos decidido así.

Richard Firth-Godbehere, escritor, fotografiado en la Gran Via, Madrid.
Richard Firth-Godbehere, escritor, fotografiado en la Gran Via, Madrid. Olmo Calvo

P. ¿Cómo cambian las emociones en la era de Tik Tok?

R. Estamos desarrollando formas muy rápidas de crear emociones con medios como Tik Tok, con vídeos de 10 segundos que te harán reír y querer imitarlo para hacer también reír a los demás. Es todo un arte, un nuevo arte para involucrar emociones mediante simples y rápidas repeticiones que haces propias. Las redes sociales están cambiando cosas: el anonimato da a la gente más libertad para decir lo que siente y a la vez cada vez hay más gente defendiendo una contención.

P. ¿Cómo estudia las emociones?

R. Hay muchas formas. Los neurocientíficos te ponen en una máquina y analizan las reacciones de tu cerebro en tiempo real, lo que no es perfecto porque estás en un entorno artificial, en un tubo con un montón de ruido. Los psicólogos lo hacen al viejo estilo. Pueden crear dos grupos y someterles a pruebas con una persona agradable y otra que no lo es y comprobar el resultado emocional distinto que genera el contexto diferente, aunque las sensaciones físicas hayan sido las mismas. Los historiadores de la emoción como yo miramos textos del pasado, de científicos y filósofos. Por ejemplo, Platón habla mucho de emociones. Y hoy tenemos análisis de datos y ordenadores que pueden analizar millones de palabras de redes sociales o de textos antiguos y crear tablas. Encuentras cosas como que la palabra “abominación” era muy común antiguamente y estaba ligada a conceptos religiosos. Era una emoción religiosa. Hay muchas vías para estudiar las emociones.

P. ¿Y por qué le dio por estudiarlas?

R. Empecé por mi mujer. Tiene emetofobia, una fobia a vomitar que es grave. En ese momento estaba estudiando Historia e intenté entender el asco, la aversión y el miedo a elementos de esa fobia muy vinculados a la historia de la brujería. Aquel ensayo fue bien y me dije: Aquí hay algo. Y empecé a interesarme seriamente por las emociones.

Estamos desarrollando formas muy rápidas de crear emociones con medios como Tik Tok, con vídeos de 10 segundos que te harán reír y querer imitarlo para hacer también reír a los demás

P. Usted ha estudiado las emociones para los griegos, africanos, otomanos o nosotros, por ejemplo. ¿Cuáles son las mayores diferencias?

R. Siempre hay una emoción principal en cada sociedad. Ahora mismo, probablemente en Occidente es la vergüenza, quien transgrede las normas morales se avergüenza e intentamos evitarla en todo momento. Para los griegos era la virtud, se trataba de controlar el deseo y hacer lo correcto sirviendo a tu familia y a tu país virtuosamente. La felicidad y la alegría estaban basadas en esa virtud. En la cristiandad influyó la idea de evitar el pecado y ser perdonado, intentar ser mejor persona. Para los otomanos se trataba de una combinación de miedo a Alá, una especie de no defraudar a un padre, ese tipo de miedo. En la cultura africana de la que hablo en mi libro, en un episodio concreto, era la ira ante lo que les estaban quitando.

P. ¿Estudia también los desórdenes emocionales? ¿Existen?

R. Hay varios, sí. La depresión y la ansiedad, que ya han dejado de ser tabú. Antes era melancolía, que se interpretaba como una fragilidad, te podías romper como un cristal. También se consideró una sensación de estar desvinculado de algo de lo que no quieres desvincularte. Muy común en monjes cuando se sentían desvinculados de Dios. Hay muchos desórdenes emocionales a lo largo de la historia y la depresión también cambiará otra vez, se volverá otra cosa.

P. ¿Y la psicopatía?

R. La psicopatía es interesante porque se trata de la incapacidad de sentir empatía por las emociones de los demás. Los psicópatas distinguen y sienten las suyas, pero no las de los demás. La mayoría de los psicópatas llevan una vida feliz y saludable y no hacen daño a nadie, tienden a trabajar en bancos de inversión, en el gobierno o de abogados, parece gracioso pero es verdad. Y entienden al menos que pueden aprender a comportarse de determinada manera, lo que les ayuda a vivir una vida feliz y productiva sin acabar en la cárcel. Hay muchos psicópatas por ahí, pero la mayoría no hacen daño. Al revés. Pueden ser muy útiles si es de su interés.

P. ¿Cómo entiende la falta de empatía de los colonizadores, por ejemplo, al conquistar otros pueblos?

R. Ocurre si deshumanizas a un grupo, lo conviertes en algo inferior, repulsivo, necesitado de limpieza. Cada vez que ha habido invasiones o genocidios ha sido así. Los nazis lo hicieron con judíos o gitanos, considerarles como ratas para deshumanizarles. Lo encuentras también en textos de las colonias británicas que muestran a los africanos como poco más que monos, por lo que podían tratarle como objeto, no como humano.

Necesitamos la comunicación interpersonal, tocarnos, darnos la mano, abrazos, es importante la pertenencia para nosotros como especie. Y no siempre tenemos la oportunidad.

P. Defiende que necesitamos refugios emocionales, por ejemplo esa azafata que mencionaba al principio. ¿Los tenemos?

R. El más común es el bar después de un mal día en el trabajo, así ha sido desde hace siglos: bares, cafés, donde se puede ser honesto, real, tener un pequeño refugio donde arrojar las emociones verdaderas, beber, bailar. Ahora puede ser Internet. En Twitter puedes decir lo que quieras, las conversaciones que se tienen ahí ahora son como los nuevos bares, el nuevo refugio emocional. Sí. Internet lo es.

P. ¿Y no cree que internet alimenta la soledad?

R. En cierto punto, sí. Obviamente, necesitamos la comunicación interpersonal, tocarnos, darnos la mano, abrazos, es importante la pertenencia para nosotros como especie. Y no siempre tenemos la oportunidad.

P. ¿De dónde viene su apellido?

R. Según un amigo que es experto en vikingos, es un viejo nombre vikingo para denominar a los sacerdotes de los vikingos escoceses y su cerveza. Aparentemente, mis antepasados eran sacerdotes del dios de la cerveza, que creo que es genial. Suena apropiado.

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Berna González Harbour

Escribe en Cultura, es columnista en Opinión y analista de ‘Hoy por Hoy’, además de responsable de la newsletter EL PAÍS de la mañana. Ha sido enviada en zonas en conflicto, corresponsal en Moscú y subdirectora al frente de varias secciones. Premio Dashiell Hammett por 'El sueño de la razón', su último libro es ‘Goya en el país de los garrotazos’.

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