Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

El festival de San Sebastián se inaugura tras las rejas de la Transición

La película ‘Modelo 77′ recupera la memoria infrahumana de los presos de los años setenta a través de una inmersión en el género carcelario que se desinfla en su tramo final

Miguel Herrán y Javier Gutiérrez, en 'Modelo 77'.
Miguel Herrán y Javier Gutiérrez, en 'Modelo 77'.JulioVergne

La Transición sigue siendo un terreno movedizo en la memoria colectiva española. Lo demuestran desde la serie de HBO de la que todo el mundo habla, Salvar al Rey, a la película que ha inaugurado la 70º edición del Festival de cine de San Sebastián, Modelo 77, del sevillano Alberto Rodríguez, que intenta verter luz sobre una de las regiones más opacas de los años setenta: los movimientos de presos que, entre mugre, ratas y rejas, alzaron la voz para defender sus nulos derechos humanos.

El festival de San Sebastián, el más importante de España, amaneció con un viento desapacible, bastante bochorno y las calles llenas de turistas y de cuatro mil profesionales acreditados. El cartel de “todo completo” lucía después de dos años a medio gas por la pandemia. Echando mano del símil futbolístico, en los corrillos algunos hablaban del año de “la remontada” mientras otros mostraban más prudencia ante una programación sujeta a los cambios históricos que vive el sector, inmerso en una mutación que provoca inevitables raptos de bipolaridad. Entre la depresión y la euforia, el cine sigue dando sus frutos pese a quienes se apresuran a enterrarlo.

Modelo 77 tiene mucho de perita en dulce, aunque el sabor final sepa más a macedonia. Sabrosa, pero algo indefinida. La película recupera uno de los episodios más truculentos de la Transición, cuando entre los miserables muros de la cárcel Modelo de Barcelona, en los años que siguieron a la muerte del dictador, un grupo de despojos de una sociedad aún anclada en el franquismo demostró a través de la coordinadora de Presos en Lucha, COPEL, una solidaridad tan emocionante como insólita. En un episodio inaudito, 200 hombres se coordinaron para cortarse las venas y llamar con el gesto la atención de un país acostumbrado a esconder el polvo bajo la alfombra.

Alberto Rodríguez construye un filme que transcurre casi en su totalidad entre rejas y en el que la propia cárcel Modelo, con sus grietas y heridas, se impone como protagonista. Una inmersión que el director de Grupo 7 (alguien bromeó durante la presentación del filme en la obsesión del guionista Rafael Cobos con ese número impar) convierte en un catálogo de cine carcelario donde abundan las citas a clásicos del género, como Evasión o victoria, de John Huston, La evasión, de Jacques Becker o la más reciente Un profeta, Jacques Audiard, y cuya fuerza queda diluida en su tramo final, que se precipita de forma abrupta.

Modelo 77 busca su lugar dentro de ese apasionante subgénero del cine de presos forjado entre palos y torturas. Con sus enormes ojos negros, el actor Miguel Herrán da un paso al frente en su carrera y guía al espectador por una encerrona que compartirá, entre otros, con el viejo lobo que da vida Javier Gutiérrez y que forma parte de un coro de personajes en el que entre las pinceladas se cuelan los brochazos.

La historia de la COPEL es lo más interesante del filme pero, en el fondo, se desaprovecha la oportunidad de hacer una película histórico-política mucho más rotunda. Modelo 77 juega a demasiadas bandas (las intrigas y perrerías carcelarias, las películas de fugas, la amistad entre rejas, el cine político) sin rematar del todo ninguna de ellas.

En una secuencia del filme aparece estampada contra el cristal de la zona de visitas de la cárcel el número 30 de la legendaria revista Star. En ella aparece la cara de Franco con gafas de sol, como una figura casi alucinógena. Junto al retrato se anuncia una de las crónicas que habitualmente firmaba Pau Malvido, pseudónimo de Pau Maragall Mira, una de las figuras más relevantes y fugaces de aquellos años. Sus artículos reflejaron como pocos la borrachera de colectivos libertarios y anarcosindicalistas que se solidarizaron con los presos comunes y la COPEL. Ese fogonazo se queda ahí y es una pena que, una vez más, la contracultura española sea un mero atrezo en una película que, pese a su ambición, no logra toda la profundidad que merece la historia clandestina de un país que sigue a vueltas con su memoria.

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Sobre la firma

Elsa Fernández-Santos

Crítica de cine en EL PAÍS y columnista en ICON y SModa. Durante 25 años fue periodista cultural, especializada en cine, en este periódico. Colaboradora del Archivo Lafuente, para el que ha comisariado exposiciones, y del programa de La2 'Historia de Nuestro Cine'. Escribió un libro-entrevista con Manolo Blahnik y el relato ilustrado ‘La bombilla’

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