Seis goles suturan al Athletic

Los de Bielsa aplastan a un inofensivo Helsinki y se dan un baño de autoestima

Los jugadores del Athletic celebran uno de los goles.
Los jugadores del Athletic celebran uno de los goles.luis tejido (efe)

Entre un quiebro de Iturraspe que no sale, y un túnel de Herrera que se cuela entre las piernas de un rival, pasa menos de una semana. Dos gestos estéticos, seguramente evitables que, sin embargo, transparentan la cadencia de una sensación. El primero provocó un gol en contra ante el Betis, mientras que el segundo encajó en un partido en el que nada pareció estar de más. La triquiñuela del medio rojiblanco no fue solo un recurso, sino una declaración de intenciones. Una especie de grito al cielo con el que descargarse. Ni siquiera sirvió para crear una ocasión de gol, pero su impacto en el resto de jugadores provocó que cada uno quisiera encontrar la mejor carantoña con la que obsequiar al balón. Nada mejor para alejar los males y el miedo creados por una situación inestable que había condicionado el carácter de un equipo orgulloso.

Fue un atrevimiento en tiempos de necesidad que cambió el ánimo de un partido al que se le miraba con recelo. La goleada ante el HJK Helsinki, más que para definir la eliminatoria, le sirvió al Athletic para cortar de raíz una hemorragia que empezaba a írsele de las manos y para congelar los ánimos de una ciudad a la que el calor había empezado a calentarle los nervios. Seis goles, que en realidad pudieron ser más, porque nada parecía difícil de conseguir, suturaron de nuevo al Athletic con una realidad a la que aún no se había enfrentado. Esa en la que cuenta con distintos recursos y a los que aun no había sabido sacar provecho.

Uno de ellos fue Aduriz, que ocupó el puesto de Toquero en ataque, y que demostró que por arriba sigue teniendo el dominio de una parcela en la que no todo es cuestión de altura. Dosificado en las carreras, el delantero guipuzcoano sirvió de puerto sobre el que amarrar un ataque rápido, directo, que partía siempre a ras de suelo. Ismael López y Susaeta por las bandas gestionaban la superioridad del Athletic en el centro del campo, mayúsculo para el equipo finlandés, y pisaron el área rival con esa sensación de que el terreno se inclina de repente hacia la portería. Sería en un salto de cabeza sostenido en el tiempo, con el cuello erguido por encima de los hombros de los defensas cuando la gravedad empieza a limitar el salto, cuando Aduriz conectó un centro de Iraola y lo dirigió al palo contrario de Wallén. Primer gol del partido, y la constatación de un emparejamiento desigual. De la diferencia entre un equipo animado y con repertorio, ante una formación deshilachada.

A partir de ahí el Athletic se vistió de equipo confiado, seguro de que nada podría cambiar un entorno inmejorable. Tanto que Susaeta, que observaba desde la distancia un saque de esquina terminó por rematarlo colocando la cabeza en medio de una trayectoria en la que apenas se exigía un pequeño giro de cuello para dirigirlo a la red. Y así, contagiado el equipo por una sensación de libertad desconocida hasta el momento, Iñigo Pérez, relegado al lateral izquierdo, habiendo terminado la temporada como medio centro titular, se atrevió a lanzar una falta desde fuera del área amagando con la cabeza un centro al segundo palo y colocó el tercer tanto a falta de cuatro minutos para el final de la primera parte.

Raro es no ver a Bielsa corregir un detalle en medio de la alegría, como si por mucho que el resultado fuese el deseado, la manera de conseguirlo hubiera estado fuera de sus planes, pero ayer apenas tuvo motivos para elevar la voz desde sus cuclillas. Quizás también necesitase el argentino resguardar el temperamento para no alterar el desarrollo del partido. En medio de una travesía entre algodones, el Athletic se movía suelto, sintiéndose guapo, y con la necesidad de seguir mirándose ante el espejo. Con el hambre recobrada siguió asediando los rojiblancos al Helsinki, que vivía parapetado en una ficticia caverna táctica en la que nada parecía fijo. Tanto que Aduriz rescató un balón perdido a un palmo de la línea de gol para marcar el cuarto, y Susaeta decidió deshacerse de su marcador y del portero para rematar con la puntera desde el suelo. Solo Iraola quiso mover de nuevo el marcador y redondear una goleada reconfortante.

Fue un baño de libertad, de desahogo en el que los goles sirvieron para dejar claro que al Athletic le va Europa y que a partir de ella vuelve a reconciliarse con sí mismo. Y todo por dos detalles.

Sobre la firma

Es redactor de la sección de Economía y está especializado en temas laborales. Ha desarrollado la mayor parte de su carrera en EL PAÍS. Antes trabajó en Cadena Ser. Es licenciado en Periodismo por la Universidad del País Vasco y Máster en Información Económica de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo.

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