El Athletic malgasta su poder ante Osasuna

El equipo rojillo empata en San Mamés (1-1) con un ejercicio de resistencia al límite

Williams falla ante Nauzet.
Williams falla ante Nauzet.LUIS TEJIDO (EFE)

Las Termópilas estaban junto a la Ría, al lado de San Mamés. Al menos eso se deducía de las impresiones previas: “Competir como perros ante 50.000 espectadores”, dijo Enrique Martín, técnico de Osasuna, antes de la batalla. Teniendo en cuenta que oficialmente había 303 seguidores de Osasuna y 50.000 rojiblancos, la metáfora tenía su sentido... , pero era una metáfora. Eran, en realidad, 11 contra 11, del mismo modo que no fueron 300 espartanos los que lucharon contra 100.000 persas. Eran en San Mamés 11 contra 11, eso si con ambiciones distintas, con intenciones diferenciadas. Mira el Athletic al cielo -ahora que se puede- y el Osasuna a la canícula del infierno, antes de que el sudor le queme la piel.

El Athletic jugaba sin referencias, como esos artículos impredecibles de las enciclopedias: sin Aduriz -en el banquillo, requerido después-, le cuesta ver el sol (al fútbol se juega sin gafas). Sin el astro rey, Raúl García, que vendría a ser la crema solar, se queda con menos vitaminas cuando el sol se va, y Beñat, algo así como la sombrilla que cobija a la familia, está sin engrasar tras su última lesión. Sin referencias, el fútbol se alborota, se confunde, se alterna como interruptores saltarines.

Osasuna jugaba a lo que juega. Amarrarse atrás para que su lateral Berenguer tenga tranquilidad y distancia para ser quien es, un futbolista intrépido, capaz de liderar al equipo y darle la profundidad que sus mediocampistas, más exigidos, no tienen. Mediante la cultura del esfuerzo y el orden, Osasuna decidió gobernar el partido con el corazón en la mano mientras el Athletic se palpaba el pecho en busca del corazón. Dos veces pudo marcar Oriol Riera, tras errores defensivos del Athletic, y a la tercera acertó en un saque de esquina. Se adelantaba Osasuna cuando el Athletic se hacía una ecografía para escudriñar su mal, que básicamente consistía en que los distintos órganos no combinaban con fluidez. Llegar al área era tan difícil como para los persas llegar a la costa.

Y en esto que en una jugada intrascendente, el balón le cae a Sabin Merino, recorta, quiebra, centra y aparece Raúl García, más solo que un ujier del Congreso un domingo, para rematar a la red. Ahí cambió el chip del partido, ahí vio el Athletic el cielo, y el Osasuna sintió el calor del infierno. Y claro, el calor aprieta, ahoga, asfixia. Y el Athletic arrolló a su rival con un rodillo más voluntarioso que efectivo, mientras Osasuna iba retrasando sus murallas, cada vez más frágiles, cada vez más juntas. Tras una oportunidad clarísima de De las Cuevas, Osasuna rindió la batalla, pero no el ejército, se fue a sus cuarteles de otoño. El Athletic apeló a Aduriz -inevitable para ganar el partido- y el acoso tuvo detalles épicos. Y pudo marcar el delantero de cabeza si Nauzet no hubiera estirado su brazo hasta lo impensable, y Mikel Rico, si su golpeo, a placer, a gusto, relamiendo el balón con la bota, no se hubiera ido alto, y Williams, si su relación con el gol no fuera tan tormentosa como la de dos adolescentes afligidos. Y más. Y más centros. Y más remates en un monólogo de 45 minutos al que Osasuna replicó con un silencio efectivo. El Athletic se aleja del cielo y Osasuna le da un puntapié a una de las baldosas que te llevan al infierno.

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