Las Palmas rinde al Athletic

El equipo canario se adueña del balón ante un conjunto rojiblanco desorientado

Boateng lucha por un balón con Balenciaga.
Boateng lucha por un balón con Balenciaga.E. Urquijo A. (EFE)

Se anunciaba un choque de estilos, eso que se dice cuando dos equipos juegan distinto, pero en realidad era un topetazo de chapa y pintura, de esos que abundan en las rotondas. El golpe se lo llevó el Athletic. Tres golpes, en realidad, que acabaron con el equipo en el garaje de carrocería, mientras Las Palmas daba cera abrillantadora a su pintura metalizada.

Nada sorprendió en la elección de futbolistas de Quique Setién. Sí extrañó la presencia de Lekue como exterior izquierdo, aunque tenía su sentido. El lateral brasileño Michel Macedo se antojaba una preocupación más importante que la capacidad ofensiva por el costado izquierdo. Era un asunto lógico, porque el lateral era el alma productiva del Las Palmas, un todoterreno con siete velocidades, escondido tras sus gafas protectoras. Llegó, llego y llegó, hasta cuatro veces llegó, y a la cuarta fue la vencida. Fue tal el desajuste, que Macedo se vio solo en el costado tras un tiqui-taca entre Vicente Gómez y Tana. En el palo derecho apareció Boateng, el extremo izquierdo, mal defendido, desorientado, descolocado, y la empujó a gol, arrastrando su cuerpo por el suelo.

Y eso que el Athletic se plantó en el Insular con el ánimo crecido. No amenazaba a Javi Varas, pero parecía una amenaza, de esas que dudas que se consumen, pero te las guardas en la cartera por si acaso. Fue un rato, solo un rato, el que tardó Roque Mesa en plantar la bandera y Vicente Gómez en trazar diagonales para que Viera, Boateng, incluso Livaja, disfrutaran cabalgando.

Juego intrascendente

El champán le duró un sorbito, un par de burbujas que no hicieron ni estornudar al equipo insular. En un pis pas, Las Palmas se abonó al balón, se lo enseñaba al Athletic pero no se lo daba, mientras el conjunto rojiblanco se iba haciendo más y más intrascendente, sin juego interior, sin juego exterior, desordenado, sin uñas. Bastaba ver la insolvencia de Williams y el abandono de Aduriz, para entender que Las Palmas ya había encontrado el hilo del ovillo. Lo tenía Roque Mesa entre sus dedos y lo estiraba a veces hacia Macedo, a veces hacia Boateng, hasta que se encontraron los dos e hicieron un punto de cruz que acabó en gol.

El gol sonó como un sopapo cuando el Athletic soñaba con el descanso como quien busca un ansiolítico. No había jugado, había defendido mal, su centro del campo era superado por Las Palmas con suavidad y elocuencia. En el círculo central siempre había más jugadores amarillos que rojiblancos. Tana envolvía a Balenziaga y Macedo a Lekue. El Athletic no existía porque Las Palmas era omnipresente.

El segundo gol, tras el descanso, fue un ejercicio de desorden rojiblanco que aprovechó Momo en una contra de libro tras un error de Yeray (sí, de Yeray, suena raro). Todo parecía finiquitado, más aún cuando Aduriz protesto una amarilla y vio la roja (es lo que tiene protestar...). Y sin embargo con diez futbolistas, con todo perdido, con el abismo a sus pies, el Athletic encontró un dudosísimo penalti por mano de Momo que transformó Raúl García. Y encontró más tarde un remate a bocajarro de Elustondo que exigió la primera parada de Varas y el posterior cruce de un defensa para evitar el gol de Lekue. Así de caprichoso es el fútbol. Desaforado, el Athletic concedió todo su campo a una contra que Jonathan Viera resolvió con una vaselina aprovechando la mala colocación del portero Kepa Arrizabalaga. Así acabó el partido, como una pequeña revolución cuando en realidad había transcurrido con mayoría absoluta del Las Palmas.

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