OPINIÓN
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

El VAR también es humano

En un deporte con un reglamento tan interpretativo, ni siquiera el laboratorio telescópico es infalible

Felix Zwayer escucha a través de sus audífonos.
Felix Zwayer escucha a través de sus audífonos.YOAN VALAT (EFE)

En París funcionó el chivato televisivo arbitral y nadie objetó la victoria española, tan merecida en el campo de juego como legalizada por esos tribunales catódicos que quiere implantar la FIFA. Este sistema de videógrafos con togas, por más que desconcertara a los que se anticiparon a tirar confetis con el gol de Griezmann o se frustraron antes de tiempo con el anulado a Deulofeu, validó a quienes defienden la pureza del fútbol. A aquellos que sostienen que caben todos los errores posibles salvo los arbitrales, por lo que mejor relevar a los jueces por la tecnología. Pero en un deporte con un reglamento tan difuso e interpretativo, ni siquiera el laboratorio telescópico es infalible. El juicio final es asunto humano, como lo son quienes con sus cámaras o realización aportan las pruebas.

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“Los asistentes garantizan que se tome la decisión correcta al sancionar (o no) un penalti”. Así explica la FIFA los beneficios supuestos del sistema. Pero no dice cómo se “garantizan” esas “garantías”. ¿Habría unanimidad en un simposio de árbitros en la jugada del penalti (o no) de Koscielny a Deulofeu? Aquí sí se puede “garantizar” que la respuesta sería que no. Nada de concordia, ni en esa jugada, ni en otras miles similares que se dan con elevadísima frecuencia.

Otro de los cuatro supuestos que certifica la FIFA para la intervención de los halcones son las tarjetas rojas. “También colaboran para asegurarse de que un jugador reciba la sanción merecida en caso de dudas sobre la gravedad de una falta o una infracción”. ¿Quién “asegura” que no hay “dudas” sobre la aparente cornada condenatoria? ¿Quién avala con certidumbre absoluta que el corneado no ha fingido una muerte transitoria? ¿Y si el plano televisivo no es el adecuado? Puede que la tele ayude, pero la normativa es tan deductiva que nada despejaría las vacilaciones de árbitros e hinchas.

Resulta más confortable que las cámaras impidan expulsar al jugador equivocado —tercer punto para el uso del VAR—. Y, sobre todo, que se certifique que el balón cruzó o no la raya de gol, suerte suprema del fútbol, lo más parecido a la cirugía arbitral del tenis. Ahí no hay exégesis que valga. Bienvenida sea toda alerta en la línea de portería.

¿Y los fueras de juego? No están mencionados en el catálogo de la FIFA, pero su ambiguo código para el VAR establece: “La función de los asistentes de vídeo es ayudar al árbitro a determinar si se ha producido alguna infracción que impida conceder el gol”. Por el camino de un gol cabe una cadena infinita de tropelías. ¿Y si la falta, córner o saque de banda previos a la diana no fueron? ¿Y si al tiempo que hay alguien en fuera de juego hay una catarata de agarrones? Demasiadas hipótesis y dudas para que algún laboratorio “garantice” y “asegure” nada. Además, con auxilio robótico ya no cabrá la coartada del “error humano”, pese a que siga siendo eso, un “error humano” al glosar una imagen.

Tan subjetivo es el orden establecido y será el que se pretende establecer que la FIFA hasta se reserva el derecho de intervenir de oficio. Le ha ocurrido a Messi, al que las cámaras pillaron un monólogo de insultos a un linier. ¿Alguien se imagina que con el par de días que se han tomado los jueces de Messi hubiera un sanedrín judicial para escudriñar en un circuito cerrado de televisión el número de injurias que hay por segundo en cualquier partido?

Por mucho que en París se precisaran los fueras de juego o por mucho que la FIFA cazara a Messi, el soporte tecnológico podrá ayudar si se delimita a jugadas muy, pero muy concretas y en todos los casos, sin excepciones. Con o sin VAR, hay algo sin remedio: la esencia del fútbol no se ve con rayos x.

Sobre la firma

José Sámano

Licenciado en Periodismo, se incorporó a EL PAÍS en 1990, diario en el que ha trabajado durante 25 años en la sección de Deportes, de la que es Redactor Jefe en la actualidad. Ha cubierto seis Eurocopas, cuatro Mundiales y dos Juegos Olímpicos.

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