Anderson-Isner: demolición en 99 juegos

El sudafricano resuelve un maratoniano pulso, el segundo más largo en la historia de Wimbledon (7-6, 6-7, 6-7, 6-4 y 26-24, en 6h 36), con dos devoluciones magistrales que le guían a su segunda gran final

Anderson celebra un punto durante la semifinal contra Isner en Wimbledon.
Anderson celebra un punto durante la semifinal contra Isner en Wimbledon.ANDREW BOYERS (REUTERS)

A la una del mediodía en Londres, con una luz generosa, Kevin Anderson y John Isner comenzaron a repartirse estacazos hasta que el segundo se rindió y consideró que después de 6h 36m ya era hora de terminar con el bombardeo y cerrar una jornada maratoniana. Para entonces, el sol ya se había escondido y la noche estaba a punto de abrazar la capital inglesa. El sudafricano y el estadounidense, cada uno con un rifle en la mano, protagonizaron uno de esos partidos kilométricos que no serán recordados por su calidad, pero que encuentran cobijo en los libros por su extensión y la ristra de números que dejan. En esta ocasión: 7-6, 6-7, 6-7, 6-4 y 26-24.

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Es decir, Anderson por segunda vez en una final de un Grand Slam y una nueva entrada en la enciclopedia del torneo. El duelo se convirtió en la semifinal más larga en la historia de Wimbledon, superando a la que enfrentó durante 4h 44m a Novak Djokovic y Juan Martín del Potro en 2013, y en el segundo encuentro más dilatado del grande británico, solo por detrás del que midió en la primera ronda de 2010 al propio Isner con el francés Nicolas Mahut, resuelto en tres días y 11h 05m, con un marcador de 6-4, 3-6, 6-7 (7-9), 7-6 (7-3) y 70-68. Un récord que hoy día figura en una discreta placa situada en la Pista 18 del club.

Pero la cosa no queda ahí. El careo entre los dos gigantes (2,03 el vencedor y 2,08 el vencido) también figura como el tercero más largo de la historia del tenis, por detrás de aquel pulso episódico de hace ocho años y otro de la Copa Davis (2015) entre el argentino Leonardo Mayer y el brasileño João Souza, este último decidido tras 6h 43m.

Agotado de hacer rotar sus agujas, ayer el reloj se detuvo a las 20.47, cuando Isner no resistió a la fatiga y terminó inclinándose. Antes, Anderson desequilibró definitivamente la balanza logrando un break en el que no confiaba casi nadie, dada la dinámica de un choque que había entrado en un bucle infernal: dos sacadores entregados a su palanca, desatendidos los restos, monotonía por los cuatro costados. Una lluvia de servicios (49 aces para el ganador y 53 de parte del norteamericano) que se detuvo gracias a dos golpes de gracia de Anderson, finalista el año pasado en Nueva York.

Desde el suelo y con la izquierda

Defendió el sudafricano su opción de rotura con una doble maniobra que destrabó el lío, una última manga de 50 juegos (y 2h 55m), 99 en total. Primero devolvió la pelota en una posición de semicaída, levantándose como un resorte –no es sencillo mover así semejante carrocería– para a continuación, enredado consigo mismo, pasarse la raqueta al brazo izquierdo y llevar la siguiente bola a buen cauce. Ahí, Isner se vio perdido y concedió un pasillo demasiado generoso que aprovechó el de Johannesburgo, que una vez consolidado el break no titubeó y zanjó la historia, desembarcando otra vez en el último episodio de un gran escenario con 32 años.

Muy comedido, también extenuado, Anderson celebró lo justo la victoria, deseoso de ir al vestuario y descansar después del palizón. Él se llevó el gato al agua, pero Isner quiso ser de nuevo protagonista en Londres. Mide 2,08, tiene dos pies como dos barcos (calza un 50) y pudo dedicarse al baloncesto –su ídolo de infancia es Karl Malone, el cartero de los Jazz–, pero al final se decantó por el tenis. Nació en Greensboro (Carolina del Norte) y merecidamente va camino de convertirse en el jugador más cansino de la historia de su deporte.

No puede presumir de trofeos importantes –tiene 13, de baja categoría–, pero a falta de metal tiene esa placa que le reconoce como uno de los dos protagonistas del partido más extenso de la historia. Su nombre quedará asociado para siempre a ese duelo, resuelto en tres días por un doble aplazamiento, pero ayer Isner propuso otra jornada maratoniana. Quería recordar otra vez que sigue ahí y que no es fácil tumbarle, y encontró un buen socio en Anderson para fijar otro registro histórico y acceder otra vez al historial del major británico.

Mientras, Novak Djokovic jugaba a las canicas en el vestuario.

Tenis, así es el tenis.

“HA SIDO MUY DURO: DEBERÍA SER UN EMPATE”

Con gesto desmayado y porte macilento, Kevin Anderson celebró el pase a la final rindiendo honores a su rival. "Jugar en este tipo de condiciones es muy duro para los dos. Esto debería ser un empate", dijo el tenista sudafricano tras más de seis horas y media de partido. "John [Isner] es un gran tipo y lo siento mucho por él porque yo también he estado en su lugar. Solo puedo decir que lo siento por él. Lamento no estar más emocionado ahora mismo", prosiguió Anderson antes de su reivindicación.

"Espero que esto sea una señal para que los Grand Slams cambien este formato. No solo nos afecta a nosotros sino también a Novak y Rafa, que han estado esperando durante horas para comenzar su partido", dijo. En duelo entre Nadal y Djokovic comenzó pasadas las nueve de la noche con el techo de la pista central cerrado y luz artificial.

Sobre la firma

Alejandro Ciriza

Cubre la información de tenis desde 2015. Melbourne, París, Londres y Nueva York, su ruta anual. Escala en los Juegos Olímpicos de Tokio. Se incorporó a EL PAÍS en 2007 y previamente trabajó en Localia (deportes), Telecinco (informativos) y As (fútbol). Licenciado en Comunicación Audiovisual por la Universidad de Navarra.

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