ATLETISMO
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

La carga de la prueba

El metabolismo es complejo. La producción de una hormona es solo una parte del proceso

Caster Semenya durante una carrera.
Caster Semenya durante una carrera.Toby Melville (REUTERS)

Mientras la atribución de sexo dependía de una simple exploración visual, todo era muy sencillo. Ahora sabemos que la naturaleza no es tan binaria como parecía y que igual que hay una gran variabilidad entre las personas del mismo sexo, también hay estados diversos entre el sexo femenino y el masculino.

Por supuesto que las autoridades deportivas han de garantizar la igualdad en la competición. Eso es lo que justifica que se persiga el dopaje. Pero es cuestionable que para asegurar la equidad se obligue a una atleta a modificar sus condiciones naturales por un procedimiento que no solo supone una discriminación sino que además puede afectar a su salud.Pretender hacer uniforme lo que en la naturaleza no lo es resulta siempre problemático. Lo que se plantea en el caso Semenya es una especie de dopaje inverso, es decir, utilizar un tratamiento hormonal para modificar su perfil biológico y poder encuadrarla así en unos estándares predeterminados. La cuestión es: ¿quién determina esos estándares? ¿Con qué base científica? De entrada, que un organismo produzca más testosterona no significa que tenga atributos masculinos. El metabolismo es un sistema complejo en el que la producción de una sustancia es solo una parte del proceso. Se puede producir mucha insulina, por ejemplo, y en cambio, tener niveles de azúcar en sangre elevados porque se ha desarrollado una resistencia a la insulina que impide que cumpla su función. Con la ciencia disponible, va a resultar muy difícil demostrar que la mayor producción de testosterona sea la causa directa del mayor rendimiento de un atleta.

Igualmente problemático resulta establecer los límites de producción hormonal propios de un hombre o de una mujer teniendo en cuenta la gran variabilidad que hay dentro del mismo sexo. Se ha planteado considerar anormal una diferencia del 10% o el 20%, pero esos son criterios estadísticos arbitrarios. Al final puede convertirse en un problema de justicia. Aunque la atleta pudiera tener unas condiciones biológicas que le favorecen en la competición, no las ha buscado. Las ha heredado, como heredan otros atletas un fémur más largo o un ritmo cardíaco que les permite competir mejor en el Tour. Es su naturaleza.

Si para que pueda competir se la obliga a modificar de forma artificial su perfil biológico, lo que al final puede resultar afectado es su propio derecho a la equidad. El tratamiento hormonal puede afectar además a su salud. Administrar estrógenos no es inocuo y menos en un perfil hormonal atípico. La carga de la prueba debería recaer sobre el lado contrario. ¿Están las autoridades deportivas en condiciones de asegurar que una vez sometida al tratamiento podrá competir en las mismas condiciones que las demás atletas? ¿Que esos estrógenos no serán como una bola de acero atada a su tobillo?

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