Pello Bilbao, primera victoria española en el Giro tras imponerse en L’Aquila

José Joaquín Rojas se coloca segundo en la clasificación general

Pello Bilbao, al cruzar la meta.
Pello Bilbao, al cruzar la meta.ALESSANDRO DI MEO (EFE)

En los Abruzos, en L'Aquila reconstruida, triunfa Pello Bilbao, de Gernika.

“Es maravillosa”, dice. Es su primera victoria de etapa en el Giro, la 111ª de un ciclista español.

Los favoritos dejan libre la etapa, la fuga triunfa y de ella surge el escalador del Astana, quien con un contrapié en el muro final, terrible, deja helados a los compañeros de fuga, ingenuos que corren casi como aficionados, pollos sin cabeza como diría Toshack. A su lado, Bilbao, de 29 años, hijo de la cantera del Euskaltel, es un sabio del análisis y el amago, que imparte un curso acelerado de ciclismo aplicado en los últimos 8.000 metros, cuando las cuestas que rodean L'Aquila, duelen de solo verlas, cuando Formolo, que se sentía en el deber de mostrar que es el nuevo príncipe del ciclismo italiano, se multiplica atacando y frenando ataques. A su espalda, Bilbao, que cuenta con la ayuda de su amigo Rojas —un ataque letal y sin futuro del murciano del Movistar acaba con Formolo para siempre— vigila y ataca en el momento justo, cuando ninguno de los que le acompañan tienen ya ni resuello ni voluntad.

“He analizado, he controlado a Formolo, he provocado que saliera a todos los ataques y, llegado el momento, a 1.200m me he ido, y hasta he regulado mi marcha para no quemarme”, resume Bilbao, quien terminó sexto el Giro pasado. Este año, la general la mira más de lejos. Su trabajo será ayudar a su líder, Superman López. “Todo el equipo está al 100% con él para ganar el Giro”.

Conti sigue líder.

La memoria es un arma cargada de futuro, podría haber cantado también el poeta y proclamado el pueblo, y aplaudirían los aficionados cuyas raíces se alimentan de los grandes del pasado, aquellos cuyos hechos sirven para valorar a los ciclistas de ahora. Estos, sin embargo, no están para filosofías. La memoria es para ellos un peso que asusta. Cada día es un día nuevo y Amador dice que al levantarse ya ha olvidado lo que hizo el día anterior. Solo las piernas, el dolor, le recuerdan que estuvo todo el día en fuga, y la fatiga que le asciende desde ellas hasta el corazón le recuerda que ya lleva siete días de Giro delante, cara al viento. A Bilbao, finísimo de cuerpo, de piernas y de cara, frío como ciclista, pura emoción como persona, las piernas le gritan en la salida. Ataca. Huye. Go, Pello, go. “Y las obedecí. No me pude resistir. En carrera soy de pensamiento mínimo, simple. Si no, es imposible concentrarse. Después me acordé de Scarponi, de mi chica, de un familiar al que operaban...”

El olvido, la desmemoria, es quizás mejor que la mala memoria, como la que exhiben los colegas extranjeros en la sala de prensa. A ninguno le suena de nada Bilbao, pese a sus victorias en etapas de Dauphiné y Alpes.

El pasado no existe y el pelotón ni arruga la nariz cuando atraviesa Chieti polvorienta donde huele a sacristía y a otros siglos, y no siente el olor ni lamenta que en la travesía de los Abruzos por abajo, y las cumbres con nieve en el horizonte, la Majella y la sombra del Blockhaus y los prados donde corren libres los rebaños porque los pastores ya se han ido a la ciudad a buscar trabajo, el Giro eluda Lanciano, donde las cigarreras fueron tan guerreras con las sevillanas dos siglos antes, y allí, en su fábrica de tabaco, iniciaron la gran huelga general que paralizó Italia el 68. Indiferente a lo que pasó ayer mismo, incapaz siquiera de envidiar a los seres libres, el pelotón, rebaño con mil pastores, baja la cabeza y obedece. L'Aquila espera.

Gaviria es un sprinter, una estrella. Se rebela. El ciclista que proclamó su gran verdad renunciando a celebrar una victoria de VAR se retira —“me duele la rodilla”, dice el colombiano— y no forma parte de los corredores del UAE que defiende el rosa de Valerio Conti de una fuga incontrolable —Rojas, entre ellos, fue maglia rosa virtual unos metros— que amenaza, nada más formarse, con convertir la etapa en una explosión de fatiga. Y el sol. Queriendo creerse fuerzas neutrales en una batalla ajena, los favoritos observan, juegan al póker mentiroso. Roglic, el líder real, vigila. Nadie se mueve. La etapa la han corrido sin respiro, a 45 de media. Todos esperan al domingo, a la cronoescalada de San Marino que deberá decir desde que lugar de la parrilla de salida partirán el martes los favoritos, Roglic, Yates, Superman, Nibali, Landa, Carapaz, cuando el Giro de las montañas comience por fin.

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Carlos Arribas

Periodista de EL PAÍS desde 1990. Cubre regularmente los Juegos Olímpicos, las principales competiciones de ciclismo y atletismo y las noticias de dopaje.

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