EL JUEGO INFINITO
Columna
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Privilegiados, pero comprometidos

Estamos acostumbrados a que los futbolistas un día sean buenos y otro día, malos; un día esforzados y otro, vagos. La realidad es que, cuando la sociedad lo reclama, no olvidan su origen

Nuevos ricos

El fútbol es, quizás, lo único que los pobres arrebataron a los ricos. El juego nació, se reglamentó y se organizó como competencia en las universidades de Inglaterra para entretenimiento de las élites. Pero la revolución industrial vio en el fútbol una oportunidad de ordenar el ocio de la clase obrera. Su popularización fue imparable y desde la profesionalización no se conoce a ningún jugador terrateniente. Los futbolistas siempre salieron de ahí abajo, donde la lucha por la vida se hace divertida en cualquier descampado en el que bote un balón y donde la pobreza, gracias al fútbol, se puede permitir sueños de prosperidad. Luego el juego permeó hasta las clases medias y el negocio creció hasta el punto de que hay jugadores que son millonarios antes de merecerlo. Pero de ahí a acusarlos, cada vez con más frecuencia, de ambiciosos e insolidarios, como si fueran responsables de las injusticias sociales, hay un abismo.

Nuevos revolucionarios

El mismo abismo existe al convertir a Messi en el Che Guevara porque aceptó, en calidad de capitán, una reducción de salario y “una aportación adicional para que los empleados no profesionales cobren el 100% de su sueldo”. La respuesta de L’Équipe al acuerdo fue disfrazar a Leo del Che en un intento de trasladar al héroe deportivo al ámbito social. El prestigio del periódico francés no le salva del moderno gusto por la exageración y nos pone ante una novedosa muestra del continuo viaje pendular de los jugadores. Estamos acostumbrados a que un día sean buenos y otro día, malos; un día esforzados y otro, vagos; ahora debemos acostumbrarnos a que un día sean codiciosos y otro, revolucionarios. La realidad es que son ciudadanos privilegiados que, cuando la sociedad lo reclama, no olvidan su origen y se comportan como ciudadanos comprometidos.

Nuevos filósofos

Alberto Fernández, presidente de Argentina, es futbolero y, como el excelente comunicador que es, utilizó el fútbol para hablar de la lucha contra el coronavirus. Fue entonces cuando nos descubrió el Teorema de Gorosito. Pipo Gorosito fue un jugador fino y es un entrenador exitoso conocido en España por su paso por el Xerez y el Almería. Cuando se hizo cargo de Argentinos Juniors en el 2011, Alberto Fernández, fanático del club, lo invitó a comer para conocer su ideario. Fue ese día cuando Pipo le dijo lo que el presidente convirtió en Teorema: “Si hacés las cosas bien, es muy posible que te vaya bien”. Yo nunca comí con Gorosito, pero un día lo vi en medio de un debate sobre la importancia de los drones en el fútbol y lo que dijo me hubiera gustado decirlo a mí: “No necesito un dron para saber que le están ganando la espalda al lateral derecho”. Puestos a exagerar y en lo que a mí respecta, Pipo Gorosito tiene un teorema y una tesis.

Nuevo fútbol

¿Qué será del fútbol cuando salgamos de esta travesía? Habrá que ir reconstruyéndolo poco a poco, pero será inevitable que proyectemos en el fútbol la misma sensación de vulnerabilidad con la que saldremos todos de esta experiencia. Nadie podría haber imaginado hace apenas tres meses que el fútbol perdiera centralidad, la economía de los clubes quedara temblando y los héroes pasaran a la clandestinidad. Dentro de unos pocos meses todo volverá a la normalidad. Seguirá intacta su capacidad de seducción, los ídolos volverán a sus altares y bastará con tener una entrada del próximo partido para sentirnos protagonistas. También seguiremos pensando que nuestro club es diferente a todos porque así lo decidió el sentimiento desde la infancia. El fútbol siempre acompasa a la gente y la gente, digan lo que digan, no va a cambiar. De manera que el nuevo fútbol será, ni más ni menos, como el viejo.

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