el juego infinito
Columna
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Michael Robinson, una escuela de vida

Con su tono hipnótico y su inteligencia se las arreglaba para convertir las aventuras competitivas en auténticas epopeyas que te renovaban el amor por el deporte

El deporte se quedó sin voz

Cuando el fútbol recupere el paso, notará que le falta la voz amiga de Michael Robinson, que tenía la capacidad de simplificar con simpatía los mecanismos de un juego complejo. Canal Plus, ahora Movistar Plus, le dio al fútbol una nueva dimensión estética que modificó la mirada de muchos españoles, llevando el interés de la audiencia hasta la intimidad del vestuario o hasta la apasionada extravagancia de las gradas, en programas como El día después. Muchos profesionales lo hicieron posible, pero la sensibilidad, inteligencia y humor de Michael fueron imprescindibles para que viéramos el fútbol, incluso en los partidos más calientes, como una pasión amable. Fue más allá. A través de programas como Informe Robinson nos contó historias maravillosas de grandes héroes populares o anónimos, todas de una gran dignidad humana. Para hacerlo necesitó la sensibilidad de un artista y la pasión que caracterizó su vida.

No era el acento, era la inteligencia

Al lado del excelente Carlos Martínez (hoy, sin duda, “más solo que la una”), nos contó el fútbol con el tono que merecía cada partido y, a lo largo de 30 años, nunca se dejó arrastrar por tendencias como la de convertir a los periodistas en hinchas o al periodismo en un espectáculo ruidoso. Era auténtico, luego era distinto. Sin obsesiones que le hicieran cargante y con un acento marcadamente inglés que compensaba (“a otra cosa mariposa”) con dichos y giros populares que lo acercaban al espectador. Sus comentarios eran oportunos, jamás ofensivos, y salpicados de una gracia descriptiva que eran una marca registrada. Podía ocurrir que Carlos Martínez se refiriera a un “gran cambio de ritmo de Iniesta” y que Robinson cerrara el comentario a su manera: “Sí, de lento a más lento”. Frase que, lejos de reducir, engrandecía el original talento de Andrés. Con esos aportes lograba mejorar los partidos.

Alrededor de la fogata

Otro de sus legados fue enseñarnos a ser felices a través del agradecimiento. Se sentía agradecido al fútbol, a su condición de comunicador, al Liverpool, a Osasuna y, por supuesto, a España, país por el que se sintió adoptado, bajo el título de “inglés de Cádiz”. Su método de seducción era el mismo que el de los antiguos pobladores que, alrededor del fuego, fascinaban a los curiosos con relatos apasionados. Le bastaba con su tono sereno, casi hipnótico, para que se produjera el milagro de la comunicación. Luego, la inteligencia se las arreglaba para convertir las aventuras competitivas en auténticas epopeyas que te renovaban el amor por el deporte. En un tiempo donde refutar leyendas se ha convertido en otro deporte, él las engrandecía hasta convertir las historias en emocionantes escuelas de vida.

El contador de historias que olvidó su propia historia

Es increíble que estemos llegando al final del artículo sin haber mencionado su condición de futbolista. Es una vergüenza que no sé si me perdonaría, porque hablamos de un campeón de Europa y, además, porque los futbolistas morimos sintiéndonos futbolistas. Pero me parece más importante poner en valor la capacidad de convertir, como diría su admirado Vázquez Montalbán, “aquella práctica, en un saber”. No estudió periodismo y, sin embargo, lo bordó; no era actor y, sin embargo, era capaz de interpretar cualquier papel; no era español y, sin embargo, se fue recibiendo los honores de un grande. Como consuelo nos deja los emocionantes episodios de Informe Robinson y Acento Robinson (Cadena Ser), ya testimonios indiscutibles de su talento. Y una evidencia. No hace falta marcar un gol ni batir una marca ni levantar una Copa para mejorar el deporte. Basta con que un buen tipo sepa contarlo con honestidad, sabiduría y elegancia. Basta con haber sido Michael Robinson.

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