Kiko: “Mágico era prenda de noche y poeta de día”

El exdelantero del Cádiz y el Atlético recuerda la chistera del salvadoreño y su particular filosofía de vida

Mágico González, durante un partido con el Cádiz. / AS
Mágico González, durante un partido con el Cádiz. / ASDIARIO AS (DIARIO AS)

La primera vez que Francisco Narváez, Kiko (Jerez, 48 años) vio a Jorge Mágico González (San Salvador, 62 años), era porque se había saltado una clase de Formación Profesional. “Tendría 14 años y algún día que otro hacíamos pellitas para ver los partidillos de entrenamiento del Cádiz los jueves”, dice el exjugador del conjunto gaditano, el Atlético y el Extremadura. Su primera impresión fue en consonancia con la de todos aquellos que vieron alguna vez jugar al virguero y resolutivo diez salvadoreño, que militó en el Cádiz de 1982 a 1991, con el paréntesis de una cesión al Valladolid en 1985. “Hacía cosas que no habías visto nunca”, recuerda Kiko.

Con más intercambios de las clases de los jueves para asistir a los entrenamientos, el gaditano apreció ese rasgo arraigado al juego desde la infancia tan característico de los cracks cuando pretenden marcar territorio y determinar quién es el mejor: “Le gustaba más que lo pusieran en el equipo de suplentes que con los titulares. Tengo la sensación de que para él era un desafío, se liaba a jugar… En el segundo tiempo ya lo ponían en los titulares”.

A las sensaciones que Mágico transmitía en las sesiones preparatorias, se agregaba la expectación que despertaba en los partidos. “Al campo ibas con la ilusión de ver algo diferente, a ver qué hace hoy el Mago. Había un momento que el Carranza se callaba y de repente empezaba ¡ahora, ahora, ahora!”. La demanda de la hinchada solía corresponderse con el anuncio de una de las suertes preferidas del ídolo, la bautizada como culebrita macheteada. La secuencia solía ser: Mágico caído en la banda derecha, la frenada, el silencio acompasado, y el ¡ahora! del público que desataba esa especie de elástica levantado la pelota unos centímetros del suelo. El truco, más allá de la rapidez del engaño de cintura para amagar por un lado y salir por el otro con un prodigioso cambio de ritmo, consistía en meter la bota un poco por debajo de la hierba para levantar la bola.

Lo que muchos soñaban, él lo hacía con los ojos abiertos. Un genio

“Ese gesto con el exterior hacia adentro y luego el empeine exterior hacia fuera levantando la pelota… Era un genio, lo que muchos soñaban él lo hacía con los ojos abiertos. Era un jugador más para disfrutar que para imitar porque la integridad física podía correr peligro. Hacía cambios de orientación de 40 o 50 metros de rabona”, prosigue Kiko. “Te mantenía expectante por ver cuándo llegaba la genialidad. Cuando le cambiaban, el partido ya era otra cosa. No nos íbamos, pero ya hablábamos más y hacíamos los planes para ir con las chavalas después del partido”.

Como jugador de las categorías inferiores del Cádiz, Kiko dormía en una pensión y comía en un restaurante concertado por el club. “Le molaba venir. Se sentaba con nosotros, era un tipo superculto y profundo, bohemio. Le escuchabas y parecía un poeta. Nos hablaba de la vida, de ser serios y responsables, de que teníamos una oportunidad y de que, con el paso del tiempo, no nos pudiésemos arrepentir de haberla desperdiciado. Escuchaba las historias del Mago de por la noche y luego le veías hablando con nosotros de día… Prenda por la noche, poeta de día. Como El Trinche. Maestro y discípulo”.

Como todo nocturno, Mágico González fue sospechoso de todo desde que aterrizó en Cádiz en el verano de 1982 por ocho millones de pesetas desde el Club Deportivo FAS. Había liderado la histórica clasificación de El Salvador para el Mundial 82. Pese a las tundas que recibió su selección, la más sonada el 10-1 de Hungría, dejó su huella estilística y disfrutó por primera vez del contacto con los usos y costumbres del país en las sedes de Elche y Alicante. “Tuvo complicidad con la idiosincrasia de Cádiz. Se le adoptó con todo el pack, cayó donde tenía que caer. Los que salían con él no destacan que bebiera. Le gustaba relacionarse, el estar hablando con la gente y luego dormir. Ya podían tirar la puerta que no le despertaban”.

En una entrevista concedida a TVE nada más conseguir el ascenso a Primera División en su primera temporada en el Cádiz, Mágico achacó a la diferencia horaria con El Salvador sus inacabables alternancias nocturnas. Nunca las negó. Su leyenda en la ciudad creció bajo la gracia de un jet-lag eterno. Una imagen inolvidable pasó a formar parte del paisaje costumbrista gaditano.

A veces llegaba descalzo a comer porque había regalado el calzado

“Era Mágico con su Ford Escort, con techo retráctil, y su amigo Emilio, un enano que tenía un quiosco y del que se hizo inseparable, sacando la cabeza y saludando. En 2004 fuimos exjugadores del Cádiz a jugar un partido de homenaje a Mágico, en El Salvador, y la única condición que puso para jugar fue que tenía que ir Emilio. Llegamos y Emilio fue tratado con todos los honores, fue el protagonista”, explica Kiko sobre una relación que describe la normalidad y la llaneza del salvadoreño pese a su condición de mito viviente. “Era supergeneroso, había veces que llegaba a un restaurante descalzo porque le había regalado el calzado a alguien que se lo hubiera pedido”, revive Kiko.

Con Mágico González siempre quedó la duda de hasta dónde hubiera llegado con un comportamiento más profesional. En 1984, el Barcelona, bajo la dirección de Cesar Luis Menotti pretendió ficharle, y se lo llevó a una gira veraniega por Estados Unidos. El mismo Maradona, por entonces jugador azulgrana, claudicó ante lo que vio en los bolos. “El mejor es este”, se rindió el Pelusa.

Un gol suyo al Barça tras un eslalon de 50 metros en el que se llevó por delante a Víctor Muñoz y clavó a Migueli antes de ejecutar a Urruti con suavidad destrozó cualquier reproche a sus aptitudes físicas. Su aceleración cuando se echaba la pelota hacia adelante para correr estaba muy por encima de la media. “Era un portento físicamente, tenía unos tobillos muy finos. Su excompañero Carmelo contó hace poco que en un entrenamiento en la playa parecía que se deslizaba por la arena, le dio por correr y les cogió una vuelta a todos. Para quién vio al Mago, solo existe él, no es posible compararlo con otro”, zanja Kiko.

Sobre la firma

Ladislao J. Moñino

Cubre la información del Atlético de Madrid y de la selección española. En EL PAÍS desde 2012, antes trabajó en Dinamic Multimedia (PcFútbol), As y Público y para Canal+ como comentarista de fútbol internacional. Colaborador de RAC1 y diversas revistas internacionales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Europea.

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