LALIGA SANTANDER
Columna
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LaLiga para el mejor, con o sin VAR

Con o sin este chismoso ‘gran hermano’ no conviene el victimismo conspiranoico

Bartomeu, este lunes durante la presentación del técnico de baloncesto, Sarunas Jasikevicus.
Bartomeu, este lunes durante la presentación del técnico de baloncesto, Sarunas Jasikevicus.Alejandro Garcia (EFE)

LaLiga la va a ganar el mejor, por más que el Real Madrid esté en racha con el odioso VAR. Y por más que el maldito VAR sirva de coartada a oportunistas presidentes como el del Barça, Josep Maria Bartomeu. Con o sin este chismoso gran hermano no conviene el victimismo conspiranoico. Lo mismo que, en su día, solo con árbitros a pie de campo, resultaba inverosímil la pataleta del Madrid con una presunta conchabanza entre el Barça y la federación. Tan viejo como el fútbol son los subterfugios presentes de Piqué como los de no hace mucho de Sergio Ramos. Saben el tópico: nadie habla de los árbitros hasta que no para de hablar de los árbitros. La repentina credibilidad absoluta que el ganador otorga al sistema frente el socorrido berrinche del perdedor.

Por desgracia para el fútbol, el engorroso VAR solo ha llegado para desnaturalizar este juego. Hoy pretenden que sea microscópicamente verificado un deporte que tiene un reglamento con muchísimo margen de interpretación. Ante los robóticos defensores de una supuesta justicia sin tacha cabe preguntarse. ¿Con el entrometido VAR, quién ojea por la mirilla? Un árbitro. ¿Y quién interpreta esa cantinela de revisar lo flagrante? ¿Qué es flagrante? Lo que diga un árbitro. En definitiva, es una decisión humana, salvo cuando los delineantes tecnológicos se ufanan al creer demostrado que el dedo gordo de juanito está una falange por delante del de fulanito.

Es el árbitro de turno el que, a su criterio, condena o no un fuera de juego posicional de Maxi Gómez o Merino. Esta regla del offside más o menos relativo siempre ha estado expuesta al discernir de los colegiados. Hoy y antes del VAR. Sí, ahora pueden rebobinar, incluso en cónclave arbitral, pero rara vez hay uniformidad.

Es el juez el que decide hacerse el lonchas o no dar relevancia a una clavada de Messi a Yeray, o a una pisada de Ramos a Raúl García. Hasta puede ser el mismo colegiado quien sancione otro pisotón que le parece más pisotón, aunque el VAR, de momento, no mida la profundidad de los tacos en el empeine. Tampoco psicoanaliza, que se sepa, la voluntariedad del futbolista.

También los hay que decretan penalti, parecen corroborar en el monitor que han acertado. Resulta que cuando le van a aplaudir opinadores, jugadores, técnicos, hinchas y dirigentes, dan marcha atrás. Vaya usted a saber la causa. Ocurrió en el Celta-Betis de esta jornada, no en el pleistoceno. No solo González Fuertes negó a González Fuertes. Lo habitual es que en esa industria cada vez más pujante de los exárbitros mediáticos cueste encontrar a dos que sentencien o enmienden igual.

El VAR no solo no ha sacado al fútbol del eternamente asumido debate arbitral, sino que lo ha embarrado más. Ahora se maldicen árbitros y vares sin que nadie —escépticos o incondicionales del vídeo arbitraje— tengan claro a qué atenerse. Lo de toda la vida, salvo para el ganador o el perdedor, veletas lectores de resultados. Lo mismo da Piqué que Sergio Ramos.

Lo que tampoco precisa el infalible VAR es que LaLiga es para el mejor.

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Sobre la firma

José Sámano

Licenciado en Periodismo, se incorporó a EL PAÍS en 1990, diario en el que ha trabajado durante 25 años en la sección de Deportes, de la que es Redactor Jefe en la actualidad. Ha cubierto seis Eurocopas, cuatro Mundiales y dos Juegos Olímpicos.

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