10 años del mundial que ganó españa
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

10 años no es nada

Soy muy supersticioso: a veces se ayuda más si no se está; qué les voy a contar del gol contra Nigeria

Los jugadores de España celebran el gol de Iniesta.
Los jugadores de España celebran el gol de Iniesta.Alejandro Ruesga Sanchez

Este artículo llega con 10 años de retraso. 120 meses desde que yo debía estar en Sudáfrica siguiendo y escribiendo para EL PAÍS sobre la marcha de la selección española a partir de octavos de final, pero el destino me compró un billete rumbo a Barcelona y al FC Barcelona.

Por tanto este artículo es, ante todo, una cuestión de justicia periodística.

Ya sé que esta historia es un asunto menor, minúsculo, diminuto y privado, dentro de la epopeya de la Roja pero se lo cuento para que me ayuden a resolver el dilema.

EL PAÍS, el diario… vamos, Sámano, Besa y compañía, hace un esfuerzo económico, piensan que estaría bien que estuviera en las gradas para contar historias a partir de octavos y todos pensábamos (aunque nadie lo dijese de forma expresa, ya que somos enormemente supersticiosos con esos asuntos) que tras la Euro 2008 podía caer el Mundial. Billetes, hotel, desplazamientos en un momento que ya era complicado (ya era difícil antes de la covid).

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Y en esas estábamos cuando recibo una llamada con la posibilidad de firmar en el FCB como director deportivo… justo en el momento entre octavos y la posible final del Mundial.

Y allí que me vi el partido contra Chile con las ganas de que España batiera al equipo de Bielsa, pero deseando no tener que llamar a Sámano, a Besa, para decirles que me había salido algo en Barcelona y que lo de Sudáfrica podía esperar.

Marcaron Villa e Iniesta, y España se clasificó sufriendo, pero en octavos.

Y yo tuve que hacer una llamada dolorosa.

Y quedarme en Bilbao.

Y seguir a la selección en la distancia, esa que no es el olvido.

Ya les he dicho que soy muy supersticioso, y cuando mis amigos de EL PAÍS me recriminaban que les había dejado tirados, siempre les contestaba que me tuve que sacrificar para que España fuera campeona del Mundo, que a veces se ayuda más si no se está (qué les voy a contar sobre las eliminaciones en cuartos, los penaltis, las maldiciones mundialistas que ustedes no sepan o puedan encontrar en Internet, incluyendo el gol contra Nigeria, por supuesto) que estando. Aunque tengo cierto recuerdo en 2008 de saltar en el estadio Ernst Happel tras un gol de Fernando Torres que puede contradecir mi teoría supersticiosa.

Pero ningún buen supersticioso acepta una realidad como prueba contra el mal fario.

El caso es que me fui a Barcelona, empecé a discutir sobre los flecos de la contratación (siempre son la parte más interesante de estas discusiones) y me encontré con Narcis Julia y Albert Valentín, con los que hicimos una apasionante travesía por las aguas culés (de esto hablaremos otro día).

Estos tipos son tan profesionales que a la hora de la semifinal contra Alemania seguían trabajando como descosidos, como si no hubiera mañana. Yo les explicaba lo excepcional de una semifinal de Mundial, los nervios que deben de sentir los jugadores, la tensión que se debería de vivir en el vestuario, la oportunidad histórica y todo eso, y ellos me contestaban que muy bien pero que qué opinaba sobre la plantilla del Barça B para su debut en la Segunda División. Que sobre lo de Sudáfrica no podíamos hacer nada, pero sobre lo otro sí.

Conseguimos centrarnos en la tele un rato de la segunda parte entre los bocatas de la cena. Vimos un córner que habíamos visto una cuantas veces e íbamos a ver muchas más, marcó Puyol, nos abrazamos un segundo y los tíos volvieron a nuestros papeles.

Yo, y todos ustedes seguro que también, me quedé en blanco, pensando que me hubiera gustado estar en Durban en aquel momento, pensando en cómo se escriben 600 palabras después de un subidón de esos, sintiendo la felicidad que no pude sentir cuando iba de corto y esperando que el último capitulo fuera glorioso.

Yo creo, no sé ustedes, que el no viaje mereció la pena, pero se admiten, claro, otras interpretaciones.

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