Contrapié de Andersen en el día del recuerdo y el miedo en el Tour

Victoria del danés del Sunweb en Lyon, donde, tras una etapa veloz tranquila y loca, la ‘grande boucle’, siempre liderada por Roglic, repasa el pasado y desespera del futuro

El danés Soren Kragh Andersen, del equipo Sunweb, llega este sábado a la meta en la 14ª etapa del Tour.
El danés Soren Kragh Andersen, del equipo Sunweb, llega este sábado a la meta en la 14ª etapa del Tour.CHRISTOPHE PETIT TESSON (EFE)

El Tour regresa al padre Ródano, y en sus muelles de Lyon, un hermoso contrapié a dos kilómetros da la victoria a un rodador danés, Soren Kragh Andersen, que zanja para su Sunweb la guerra del verde entre los enemigos íntimos del Bora de Sagan y el Deceuninck de Bennett.

Los buenos llevan mayordomo que les meten en la fuga para no cansarse mucho cogiéndola; los sprinters ya no solo usan al equipo para los últimos metros sino también para pillar puntos en la caza del maillot verde, y los contrapiés ya no son fruto del instinto y de la clase de los cracks, sino resultado de un trabajo en equipo para el que el Sunweb precisa de dos corredores que ataquen en las cuestas enrevesadas de las lomas de Lyon antes de que en el último parón del pelotón para tomar aire salte su danés Kragh Andersen.

La banana mecánica del Jumbo no son la única fuerza colectiva en un Tour en el que la manada de lobos (denominación oficial del Deceuninck) acompaña permanentemente a su sprinter Sam Bennett, quien acostumbra a descolgarse en todos los repechos, y todos lloran juntos emocionados y se abrazan cuando logran llegar con el control abierto en las etapas más duras. Y su caballo loco, Rémi Cavagna, francés de Clermont Ferrand que durmió a nada de su casa, lo mismo tira a 60 por hora el viernes con Alaphilippe en el bolsillo para llevar al jefe a la fuga de la que salió el ganador del Puy Mary, que al día siguiente tira a 60 por hora más kilómetros aún, y ni siquiera tiene tiempo de coger el avituallamiento, para intentar, inútilmente enlazar a Bennett.

En la batalla por el verde, la lucha entre Sagan, que busca su octavo título, y Bennett por el maillot de los puntos convierte etapas de respiro, como la travesía del Puy de Dôme al Ródano a través del Loira, en locura de velocidad sin respiro. Los del Bora de Sagan, que se autodenominan hermanos de sangre (band of brothers, como la serie de Spielberg) forzaron la marcha en el col del Béal, un segunda con el que no podía Bennett hasta dejarla lejos, pero ni por esas pudo Sagan ganar más puntos en la llegada que los de un cuarto puesto —"el mejor puesto que he podido", dijo—, quizás entre otras cosas porque el ataque de su compañero Kämna para desarmar a los rivales no fue sino un favor que le hicieron a los Sunweb de Benoot, Hirschi y Andersen, quienes simplemente se llaman amigos.

El día tan veloz (43,406 kilómetros por hora de media, viento de cara, y el pelotón muchas veces tan enfilado como una cuerda de bramante a punto de romperse), loco y tranquilo por el verde Forez algunos favoritos repasan el pasado para desesperar del futuro. Egan, claro, que en la última cuesta se lanzó en ataque como si fuera el Tourmalet, y no un repechito conocido en Lyon como la subida de las eses. “Necesitaba sentirme en carrera”, dijo el colombiano, rápidamente controlado por el Jumbo y Roglic casi en persona. Era otro Egan. No el del viernes.

Terminada la etapa en la cima del volcán Puy Mary, Egan tomó aire, lo que le costó un rato, y dijo: “Estoy más fuerte que nunca, tengo mejores números que el año pasado [números son vatios por kilo, principalmente] y me han superado. No estoy mal, sencillamente ellos están más fuertes”. Ellos son la pareja de moda, los eslovenos Roglic y Pogacar, los mismos que secuestraron la Vuelta hace justo un año, que en dos kilómetros infernales, un muro pegajoso, han sacado 38s al considerado mejor escalador del mundo. Varios cientos de kilómetros más al sur, en montañas parecidas, los Abruzos de las Marcas italianas, Geraint Thomas, en plenitud de forma, pelea por una victoria a su alcance en la Tirreno-Adriático, menos de un mes después de una Dauphiné en la que rozaba el fuera de control cotidiano.

Tan mala parecía la forma del galés, ganador del Tour del 18 y segundo en el 19, que fue apeado a última hora del equipo Tour. “Pero estoy bien, muy bien”, declaró el miércoles a La Gazzetta dello Sport. “No quería ir al Tour para ser hombre de equipo. Ya tengo una edad y derecho a correr para divertirme, para buscar objetivos propios”. Y uno de ellos, evidentemente, no era ayudar a Egan a ganar su segundo Tour.

Todo era más sencillo entonces, el pronóstico y la victoria, cuando el Sky-Ineos era el equipo más fuerte, exageradamente más fuerte, y para ganar el Tour bastaba resolver con soltura y cierta fuerza el juego de tronos interno. Así, Wiggins, una vez frenado Froome, más fuerte, en 2012; así Froome, cuatro veces, una de ellas frenando a Landa, muy fuerte; así Thomas, en 2018, compinchado con su amigo Froome, tercero, y así Egan, en 2019, con el plácet de Thomas. Por eso, dando entonces por sentado que el Ineos y sus granaderos seguiría siendo intocablemente el patrón del Tour in sécula seculorum, pues su presupuesto sigue siendo inagotable, pocos dudaban, dada la calidad y el talento de Egan, que aquel no era sino el inicio de una larga serie de victorias del niño maravilla de Zipaquirá.

En 2020, no solo el Sky-Ineos no es tan fuerte como en la década en la que ganó siete de los ocho Tours entre 2012 y 2019, sino que a la sombra de su envejecimiento, otro equipo, el Jumbo ha ido transformándose en banana mecánica, una fuerza colectiva terrorífica que podría hacer palidecer, incluso, al mejor Sky del Froome dorado.

Para ganar el Tour, Egan debe no solo ser el que manda en el Ineos, parte de la proposición que ya ha cumplido aunque quizás a un precio demasiado alto, sino que tiene que abrir una brecha en el Jumbo, aislar a Roglic, el fabuloso escalador de la boca cerrada, y dejarle clavado en la montaña. Y, vistas las dos primeras semanas del Tour, parece una tarea descomunal hasta para el ciclista con más talento.

Con el equipo en formación de ataque en montaña, dirigida desde el coche por Xabier Zandio, el navarro que mejor trabajaba con Nico Portal, el fallecido director, el Ineos se lanzó en el Néronne, el muro anterior al gran volcán, a una aceleración para preparar un ataque de Egan. Y sufrió la misma suerte que corrían quienes antaño intentaban desmoronar la roca granítica del mismo Ineos que el pobre Egan, quien súbitamente se vio solo ante toda la fortaleza Jumbo y su aliado Pogacar. El destino es duro, asume el colombiano, que, pasado el día del Grand Colombier, también favorable, en cierta manera, a la banana mecánica y amigos —"será un día de control", advierte Roglic, siempre serio—, espera la llegada el miércoles de los grandes Alpes y sus cimas por encima de los 2.000m, la altura en la que se multiplica su fuerza: la Madeleine y, sobre todo, el final en el interminable y debutante col de La Loze por encima de Méribel (2.304 metros, 21,5 kilómetros al 7,8% y un muro final de cuatro kilómetros con pasos al 18% y al 24%), la subida más dura del Tour, la esperanza de un hombre solo contra un equipo.


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Periodista de EL PAÍS desde 1990. Cubre regularmente los Juegos Olímpicos, las principales competiciones de ciclismo y atletismo y las noticias de dopaje.

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