FC BARCELONA
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Movimiento rotativo de apropiación

Lo que hizo el ya ex presidente Bartomeu fue esconderse, una vez más, tras una cortina de medias verdades que ya no logran el efecto adormecedor de otros tiempos

El ya expresidente del FC Barcelona, Josep Maria Bartomeu, a su salida de una de las últimas reuniones de la Junta Directiva.
El ya expresidente del FC Barcelona, Josep Maria Bartomeu, a su salida de una de las últimas reuniones de la Junta Directiva.Alejandro García (EFE)

De todas las cosas que dijo Josep Maria Bartomeu en su despedida, alguna era verdad. Que dimitía, por ejemplo. O que la edad media del electorado del Barça es de 58 años, un dato interesante al carecer de importancia: por el mismo precio pudo decir que le encanta el último sencillo de Dua Lipa o que desayuna gachas de avena con muesli, cualquier cosa. En realidad, lo que hizo anteayer Bartomeu fue esconderse, una vez más, tras una cortina de medias verdades que ya no logran el efecto adormecedor de otros tiempos. La suya ha sido una presidencia que resistió el escrutinio a base de aburrimiento, tan gris y exenta de matices que daba pereza hasta cuestionarla. Porque, aunque muchos así lo piensen, ir contra el legado de Cruyff no es un matiz, si acaso una desgracia pasajera y un síntoma de debilidad que se lo ha terminado llevando por delante. En definitiva, se fue Bartomeu antes de que lo echaran, incapaz de digerir el deshonor que iría implícito en no superar la moción de censura y convertirse en el primer presidente de la historia al que los socios retiran su confianza.

Deja tras de sí –a la espera de conocer el estado real de las cuentas– un panorama que dista mucho del que se encontró cuando regresó al club de la mano de Sandro Rosell. Ningún dirigente en la historia del deporte mundial recibió jamás un legado semejante: sólido en lo económico, brillante en lo deportivo, armonioso en lo emocional. No parecía haber espacio en aquella Ítaca blaugrana para el rencor y sin embargo lo encontraron, lo cultivaron y lo transformaron en algo poderoso que fue invadiendo cada parcela de la entidad como una hiedra que envenena y, al mismo tiempo, comprime.

Fueron, primero, a por sus antecesores, con una acción de responsabilidad que mantuvo a familias enteras al borde del abismo económico durante años, empeñados en reclamar unas pérdidas que la justicia convirtió en ganancias cuando el daño ya estaba hecho. Luego fueron a por los símbolos, obsesionados con destruir los afectos coleccionados por Cruyff y Guardiola, borrachos de egolatría. También a por Messi, en última estancia, pero el pequeño genio fue más carne de la que pudieron masticar. Sin ese paso en falso, sin la constatación evidente de que se sintieron por encima del Barça, sobreprotegidos e intocables, Bartomeu hubiese finalizado su mandato sin mayores problemas y el rosellismo –que por definición es un movimiento rotativo de apropiación­– se presentaría como claro favorito a las próximas elecciones.

Lo intentarán, de todas maneras. El Barça es un caramelo demasiado goloso para entregarlo sin pelear y las condiciones no han cambiado tanto como pueda parecer. Siguen teniendo un amplio aparato mediático de su parte, la construcción del relato empieza a dar sus frutos –no son pocos los socios que hoy ven manos negras en el retrovisor de la dimisión– y la oposición está fracturada, apenas unida en la firme intención de echarlos. Harían mal en darlos por muertos y fracasarán si cada uno va a la guerra por su lado. “No desgasta el poder, lo que desgasta es no tenerlo”, dijo una vez Giulio Andreotti. Nadie como él para reconocer los beneficios de ponerle una vela a Dios y otra al diablo: cuidado con pensar que algo no existe por el mero hecho de negarlo.

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