AREA DI RIGORE
Columna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

El derbi de la Linterna, el mejor de Italia

El partido entre el Genoa y la Sampdoria, el equipo más antiguo y el más joven de la Serie A, en el que solo está en juego la supremacía ciudadana, es el duelo vecinal más puro

Una bengala, en un pequeño paracaídas, cae el campo durante el Sampdoria-Genoa.
Una bengala, en un pequeño paracaídas, cae el campo durante el Sampdoria-Genoa.SIMONE ARVEDA (EFE)

La premisa recuerda que un derbi no se juega, se gana. Los ricos suelen pensar en la clasificación, los títulos o en el palmarés. En Italia entrarían en ese apartado los Inter-Milan; quizá durante pocos años también los Juve-Torino, hasta que los piamonteses sufrieron una de las peores desgracias de la historia del fútbol. Luego figuran los que se disputan la supremacía ciudadana, un partido que cualquier tifoso preferiría a una Coppa Italia. Podríamos imaginar en ese grupo un Roma-Lazio; puede que un Chievo-Hellas Verona. Pero ninguno encarna la emoción del derbi de la Linterna entre el Genoa y la Sampdoria, perfecto por su aire británico, por el tipo de estadio, la nobleza cromática de las camisetas y lo que suele estar en juego: nada materialmente relevante y absolutamente todo lo que cuenta entre vecinos.

La Linterna, un faro de 77 metros en el puerto de Génova, da nombre al derbi más puro de Italia. La ciudad, una franja de tierra olvidada entre Los Apeninos y uno de los mares más transitados de Europa, forjó un mito de esquinas y rivalidades en las calles de Marassi, el barrio donde edificó dos monumentos a la pasión por las refriegas de Poniente: una cárcel y un estadio. El Luigi Ferraris, la cancha más británica de Italia, fue a partir del 1911 la casa del Genoa, el decano del calcio, fundado en 1893 y a cuyas filas se alistaron estibadores y hombres de muelle. El mismo estadio acogió luego a su vecino, el más joven de la Serie A —nacido 48 años después— y marcó con cal los límites de una rivalidad única en un país propenso al garrotazo entre barrios.

El Genoa Cricket and Football Club lo fundaron 10 ingleses sentados en la mesa del consulado británico el 7 septiembre de 1893. El Grifone —por el animal mitológico del escudo— fue el primero en ganar un scudetto y el que más acumuló hasta 1958. En el far west de la Serie A, podía ganarse el trofeo con un solo partido, y los rossoblù se agenciaron nueve. Hoy están a uno de coserse al pecho la estrella que otorgan diez scudetti, una gesta lograda por Milan e Inter, con 18, y Juve (hace seis años ganó la tercera). Para entender la magnitud del palmarés y lo que supondría ganar otro campeonato —el último fue en 1924— conviene recordar los tres de la Roma o los dos de la Lazio.

La pelea entre el Genoa y la Sampdoria alimentó una cierta simetría cultural. El genoano suele vivir en el centro, en los aledaños de Piazza Principe o en los callejones que dan al puerto y que de noche huelen a trofie al pesto o a focaccia. Los colores azul y granate de la camiseta, decía el cantautor Fabrizio D’André, son los monos de los obreros y los estibadores. Los dorianos, apodados blucerchiati por la franja que circunda la camiseta, vienen de la periferia y antes de cada partido invocan el optimismo de Ma il cielo è sempre più blu, de Rino Gaetano, que murió prematuramente como D’André. Ellos pueden presumir de escudo: la silueta de un marinero con pipa, el mítico Baciccia, que ya aparecía en las crónicas de Dickens de su Pictures of Italy. En 2009 un centro antitabaco se atrevió a protestar: les mandaron al garete, claro.

El sueño húmedo de la Sampdoria cristalizó en 1991, cuando se hizo con el scudetto y perdió al año siguiente la final de la Copa de Europa contra el Barça de Cruyff. Desde entonces, el estadio ha visto talentos a un lado y otro como Cassano o Diego Milito. Pero las proezas en ambos vestuarios se ciñen en los últimos años más a conservar o recuperar la categoría y el barrio de Marassi fue escenario de otro tipo de trincheras, como la que provocó el caos durante el G8 de Génova en 2001. Este año, cuando la única curva que cuenta es la de los contagios y los tifosi mandaron una bengala en paracaídas desde fuera del estadio vacío (1-1 acabó el partido), no estaba claro ni si el cielo de Gaetano seguiría siendo, pese a todo, más azul.

Regístrate gratis para seguir leyendo

Sobre la firma

Daniel Verdú

Nació en Barcelona en 1980. Aprendió el oficio en la sección de Local de Madrid de El País. Pasó por las áreas de Cultura y Reportajes, desde donde fue también enviado a diversos atentados islamistas en Francia o a Fukushima. Hoy es corresponsal en Roma y el Vaticano. Cada lunes firma una columna sobre los ritos del 'calcio'.

Normas

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS