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Opinión
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Jamie Vardy, la estrella que surgió de la nada

El delantero masca tabaco, desayuna con Red Bull y diluye caramelos en botellas de vodka para beberlo a palo seco

Jamie Vardy celebra un gol ante el Leeds hace una semana.
Jamie Vardy celebra un gol ante el Leeds hace una semana.MICHAEL REGAN (Reuters)

A los 25 años, Jamie Vardy no era nadie en el mundo del fútbol: jugaba en el Fleetwood Town, en el sexto nivel de la pirámide futbolística inglesa, equivalente a la Regional Preferente en España. Dos años después era campeón de Segunda con el Leicester City y otros dos años más tarde campeón de la Premier, internacional con Inglaterra, Jugador del Año para la Asociación de Periodistas, miembro del 11 de gala de la liga, octavo en el Balón de Oro…

Vardy nació en 1987 en Hillsborough, en la mitad pobre de la industriosa ciudad de Sheffield, hijo de un operario de grúas y una oficinista. Futbolero desde niño, era hincha acérrimo del Sheffield Wednesday, con el que jugó de crío hasta que el club prescindió de él al cumplir 16 años porque consideraban que era demasiado bajito para ser futbolista. Dejó el fútbol y la escuela y se puso a trabajar en una fábrica de férulas médicas de fibra de carbono por 30 libras a la semana, pero al cabo de ocho meses volvió al fútbol en las categorías de aficionados. Primero en el Stocksbridge Park, luego en el Halifax Town antes de llegar en 2011 al Fleetwood Town. Enjuto y rápido (aunque no bajito: mide 1,79), su capacidad goleadora (57 goles en dos temporadas) llamó la atención de Nigel Pearson, entonces entrenador del Leicester City, que se lo llevó por un millón de libras. Lo demás es historia. Tras un año de adaptación a un nivel que de entrada le vino grande, luego fue el hombre clave del Leicester City para ser campeón de Segunda en 2014 y de la Premier en 2016.

Menudo, inteligente, ágil, rapidísimo, gran piscinero, capaz de desaparecer ante los ojos del defensa que le marca y reaparecer cuando ya le ha ganado la posición, los que saben de esto dicen que Vardy disfruta especialmente sacando de quicio a los equipos que juegan con la defensa muy adelantada. Como los de Pep Guardiola, contra los que ha marcado 10 goles, tres de ellos en septiembre pasado en el Etihad, cuando el Leicester arrolló al City (2-5), un triplete en un partido en el que solo tocó el balón 21 veces (aunque dos de ellas, es cierto, desde el punto de penalti).

Su capacidad de ahorro energético es otra de sus cualidades. Ya no corre en vano como antes y lo hace mucho más sin balón que con balón, abriendo huecos para sus compañeros mientras el último defensa, al que Vardy ya le ha ganado la espalda, le busca desesperadamente.

Su carácter es tan fuerte en el campo como fuera de él. Nunca se ha sentido a gusto siendo como los demás. Cualquier futbolista que a los 25 años estaba en regional y a los 29 en el candelero, hubiera saltado a un grande del fútbol a la primera oportunidad. ¡No Jamie Vardy! El Arsenal llegó a un acuerdo con el Leicester City en 2016 para ficharle, pero él decidió quedarse a pesar de que Arsène Wenger le visitó dos veces en el hotel donde Vardy estaba concentrado con Inglaterra durante la Eurocopa de Francia. “Fue una decisión muy fácil. Tanto la cabeza como el corazón me decían que me quedara en el Leicester”, explicó el delantero.

Luego está el otro Vardy. El que masca tabaco, desayuna con Red Bull porque cree que es mejor tónico que el gimnasio (“si voy al gimnasio soy más lento. Levantar pesas no es para mí”) y diluye caramelos en botellas de vodka para beberlo a palo seco. El Vardy condenado por una pelea en 2007 y el que en 2015 en un casino le espeta tres veces “Oye tú, japo, aléjate”, a un joven oriental que parecía más interesado de la cuenta en ver sus cartas.

Este domingo, con cerca ya de 34 años, marcó un penalti y falló otro. Suficiente para derrotar al Wolves (1-0) y llevar a su Leicester al liderato de la Premier, un punto por encima del Liverpool y el Tottenham.

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