AREA DI RIGORE
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

El terremoto, San Remo y un Mundial

La brecha italiana también se abre en la Serie A. Si uno traza una línea imaginaria por encima del río Po, 86 de los 118 ‘scudetti’ están en manos de equipos de esa zona

El italiano Grifo golpea el balón en el amistoso del pasado miércoles ante Estonia en el estadio Artemio Franchi, en Florencia.
El italiano Grifo golpea el balón en el amistoso del pasado miércoles ante Estonia en el estadio Artemio Franchi, en Florencia.ALBERTO LINGRIA (Reuters)

Italia es una nación joven, desigual y partida por la mitad. Si alguien cree que un catalán y un andaluz se parecen poco, puede probar a sentar a un calabrés y un lombardo en la misma mesa. La renta se duplica de un extremo a otro del país, la esperanza de vida es tres o cuatro años mayor en el norte y las posibilidades de ir a la universidad en lugares como Nápoles son de una contra tres. Italia es una grieta mal zurcida que solo se muestra verdaderamente unida ante tres acontecimientos fundamentales para la República: una catástrofe natural, el festival de San Remo y un Mundial. Y el último, por primera vez en 60 años, tuvieron que verlo en la televisión.

La brecha italiana también se abre en la Serie A. Si uno traza en el mapa una línea imaginaria por encima del río Po —tal y como hizo la Liga Norte para definir el territorio que delimitaría su mundo fantástico, supremacista e independiente de la Padania—, 86 de los 118 scudetti disputados están en manos de equipos de esa zona. Es decir: Inter, Milan, Juventus, Torino, Sampdoria y Genoa. Por debajo, encontrarán solo miseria y los títulos de la Roma, la Lazio y un par del Nápoles. Pero el fútbol no es solo lo que contaba aquel poema dedicado a la estadística de Carlo Alberto Salustri, el gran Trilussa: a cada uno le tocaba un pollo y medio al año, aunque no hubiera comido ninguno y a su vecino, tres. La única realidad hoy es que la selección italiana lleva tiempo sin probar muslo ni pechuga.

La tragedia se gestó hace justo tres años. La Nazionale empató con Suecia en la repesca y cayó eliminada. El batacazo, una armónica fusión entre el aroma a Copa del Mundo y el terror de la catástrofe, dejó a toda una generación sin el rito de un Mundial en verano (el de 2022 en Qatar se jugará en invierno). Se hizo el silencio varios días. Luego se volvió a una normalidad que, básicamente, recuerda cómo la selección le importa un bledo a todo el mundo. A menos, claro, que esté jugando algo importante o pueda amargarle el día a 11 alemanes (aquí el único Partido del siglo se jugó el 17 de junio de 1970 en las semifinales del Mundial de México contra la RFA y ganó Italia 4-3). No fue el caso ahora. En realidad, es posible que lo del miércoles contra Estonia (4-0 ganaron los italianos en un amistoso) fuera el punto más alejado de aquel momento de gloria.

El problema hoy no es cómo se juega. Esa tecla no funcionó nunca en Italia. Lo intentó en el 78 con una selección estratosférica —Zoff, Bettega, Scirea, Paolo Rossi…— sin resultados. Los azzurri, por el color azul atribuido a la vieja monarquía Saboya, tienen hoy centrocampistas de toque como Locatelli o Jorginho que brillaron contra Polonia el domingo (2-0). Pero los partidos, y no es un problema doméstico, son cada vez más incómodos. Las lesiones musculares se han disparado un 50% en plena pandemia y solo a la FIFA se le ocurriría una estupidez mayor que viajar para jugar un amistoso cuando medio país está confinado y el otro espera turno en las urgencias del barrio. La Nazionale, convertida de lunes a viernes en el club de la gente que no puede pagarse una plataforma de pago para seguir a su equipo, era un marciano estos días en Italia.

Los aficionados no querían los partidos. Tampoco los jugadores y, mucho menos, los clubes: la Juventus perdió a CR tres semanas la última vez que se fue con Portugal. El seleccionador, Roberto Mancini, en aislamiento por covid después de haberse burlado del virus con un meme hace pocas semanas, dirigió al equipo desde su casa a través de Skype, como si jugase a la Play Station. Justo en lo que va camino de convertirse en uno de los pocos ritos catárticos que quedaban en un país que se acuesta todavía poniendo una vela al sismógrafo y la otra, a San Remo.


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Sobre la firma

Daniel Verdú

Nació en Barcelona en 1980. Aprendió el oficio en la sección de Local de Madrid de El País. Pasó por las áreas de Cultura y Reportajes, desde donde fue también enviado a diversos atentados islamistas en Francia o a Fukushima. Hoy es corresponsal en Roma y el Vaticano. Cada lunes firma una columna sobre los ritos del 'calcio'.

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