AREA DI RIGORE
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Gigi Riva, el eco del Trueno medio siglo después

El mejor jugador italiano de la segunda mitad del siglo XX se convirtió en el orgullo insular frente al lejano continente y nunca quiso dejar Cerdeña

Gigi Riva, con el Cagliari en 1970.
Gigi Riva, con el Cagliari en 1970.Agencias

La serie A tiene dos reglas no escritas que certifican las posibilidades de éxito de un equipo y el destino de un gran jugador. La primera señala que si uno quiere ganar un scudetto, primero debe doblegar a la Juventus. La segunda advierte de que, además, el futbolista que le marque a la Vecchia Signora terminará al año siguiente en Turín. Gigi Riva hizo eso y mucho más. Y cada vez que el Cagliari pisaba la Italia continental, incluso después de haberse partido la pierna jugando con la selección, le recibía un emisario con un cheque y un billete de avión al norte. El cortejo más intenso e infructuoso del calcio. La historia de un tipo de pocas palabras capaz de darle, hace justo 50 años, el único scudetto a un equipo y a una isla de donde nunca se marchó.

Riva aterrizó en Cagliari con 20 años. Cerdeña le pareció en 1964 un erial de piedras y pocas ilusiones en medio del Mediterráneo. Muchos pueblos no tenían electricidad y los ferris pasaban de largo. En ese periodo llegaron las primeras inversiones petrolíferas de la mano de Angelo Moratti, presidente del Inter. También el descubrimiento de la Costa Esmeralda y el boom urbanístico que desató el desembarco de Aga Khan IV. Riva no se encontró cómodo al principio en aquella tierra de pastores que describía la nobel sarda Grazia Deledda. Con el tiempo, lo cuenta El hombre que nació dos veces, un estupendo documental de Federico Buffa (Sky), empezó a disfrutar perdiéndose por las carreteras del interior con su Alfa Romeo Montreal trucado, escuchando a su amado Fabrizio D’André, para comer un plato de fregola con campesinos. Luego, en silencio, volvía a lo suyo en Cagliari.

Nacido en una familia pobre de Leggiuno (Lombardía), un pueblo a orillas del lago Mayor, había jugado siempre en el Legnano, en la Serie C. Hasta los 18 años alternó el fútbol con el empleo en una fábrica para ascensores. Andrea Arrica, director general del Cagliari, se empeñó en llevarse a la isla a aquel tipo de cara huesuda y espaldas de agricultor: 37 millones de liras en siete plazos. Una pasta. Y una ganga. El primer año ascendieron al equipo por primera vez a la Serie A. Luego le montó una armada con el entrenador Manlio Scopigno —apodado “el filósofo” mucho antes de que Guardiola e Ibrahimovic se las tuvieran— y Roberto Boninsegna, un delantero crucial. También para que años más tarde, con su traspaso al Inter, Riva se pudiese quedar.

El mejor jugador italiano de la segunda mitad del siglo XX se convirtió en el orgullo insular frente al lejano continente. Gianni Brera, inventor de casi todo lo bueno en el periodismo deportivo italiano, le bautizó como Rombo di tuono (fragor del trueno) cuando ya era el símbolo de esa identidad nacional que reivindican en Italia solo los sardos. Marcó 155 goles en la Serie A y otros 35, todavía no superados, con la Nazionale. El año del scudetto fue también el de la final del Mundial de México y el histórico partido contra Alemania (4-3), el de Beckenbauer con cabestrillo: Italia llevaba seis jugadores del aquel Cagliari. Riva, que ya fumaba 18 cigarrillos al día, fue clave en los dos equipos. Aunque para Cerdeña todo aquello tuvo otra dimensión, como escribió Brera: “El scudetto representa el verdadero ingreso de la isla en Italia”.

El sábado volvieron a coincidir en Turín la Juve y el Cagliari, medio siglo después de que Riva lograse un empate agónico que dio el pasaporte a un scudetto contra los elementos (y contra el árbitro). Los sardos, entrenados hoy por Eusebio Di Francesco (ex de la Roma), llegaban undécimos sin Godín (baja por covid-19) y con Gio Simeone en el lugar de Riva. Este fin de semana, con un doblete de CR y pocas ideas (2-0), nadie escuchó el eco del trueno en la isla donde sigue viviendo.

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