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Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Diego y el periodista pesado

Con Maradona no había que tener prisas. Ni antes ni después de ser campeón del mundo. No valían los conductos reglamentarios de los clubes. Una vez que te tenía identificado, solo había que tener paciencia

Un hombre, este miércoles junto a un mural de Maradona en Nápoles.
Un hombre, este miércoles junto a un mural de Maradona en Nápoles.CARLO HERMANN (AFP)

Todo lo monumental que es —como futbolista nunca jamás morirá— está dicho y redicho con ese acento suyo único e intransferible, escrito en prosa y verso por los trovadores del periodismo universal, recogido en imágenes y fotos imperecederas para la historia del fútbol. Expandido con altavoces de última generación y comparado con los otros grandes de la historia del fútbol que se pueden contar con los dedos de una mano. No más.

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Aunque haya que regatear libros de estilo y caer en el imprudente personalismo periodístico siempre criticable, estas líneas tienen que acercarse al Diego más íntimo que tuve la fortuna de conocer lo que él me dejó a partir de la década de los ochenta. Hablamos del Diego del Barcelona, pero sobre todo del Diego del Nápoles, del Mundial de México 86 y sus consiguientes etapas. El Diego número uno por excelencia. El Diego que terminó aceptando, entonces, la insistencia de un reportero español como animal de compañía y a quien terminó acogiendo en su seno de confianza por pura pesadez.

Como periodista, en los tiempos que no había teléfonos móviles, con Diego no había que tener prisas. Ni antes ni después de ser campeón del mundo. No valían los conductos reglamentarios de los clubes. Una vez que te tenía identificado, simplemente había que tener paciencia. Si te aseguraba una entrevista, tarde o temprano te la concedía. Y si te prometía que visitaría la redacción de tu periódico dos meses después de ser campeón del mundo, con la magnitud que eso significaba, lo hacía aunque fuera con cinco interminables horas de retraso.

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El Diego que te invitaba a cenar con su familia o sus compañeros del Nápoles en La Sacristía de Posilipo, su barrio napolitano, o te subía en su coche para dar una vuelta de madrugada por la costa partenopea era un Diego entrañable a quien le daba el alba hablando de fútbol, de anécdotas, de vivencias. La hora del entrenamiento del día siguiente era lo de menos. “Ya me infiltraré el domingo para jugar, que es lo importante”, te susurraba olvidando que esos pinchazos de cortisona que le metían en el cuerpo eran pan para el día y veneno para el mañana.

Su fútbol era como su vida. O su vida era como su juego. Puro riesgo. Improvisación. Alevosía. Irreverencia. Magia. Encanto. Hechizo. Seducción. Paredes, caños, sombreros, amagos, fintas, regates, remates, pases con el pecho, controles de tacón… Engaños. Al contrario y a su salud. Juraba y perjuraba que disfrutó con un balón entre los pies hasta el último día que se vistió de corto. En la final del Mundial y en un asado de solteros contra casados. Su último deseo publicado el día de su 60 cumpleaños era insólito: “Sueño poder marcar otro gol a los ingleses con la mano derecha”. Ese era Diego, zurdo de pie y diestro de mano.

Dice adiós cuando parecía que tenía el balón controlado después de que la salud le diera su enésimo susto. Se le ha parado su órgano más preciado, el corazón.

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