muere diego armando maradona
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

No discutan a dios

Nadie llegó a la deidad del Pelusa. Así lo quiso la gente, la albiceleste, la napolitana y la de Marte. Lo suyo excedía al espumoso mundo de las celebridades

Un hombre con una camiseta con la cara de Maradona, en Buenos Aires.
Un hombre con una camiseta con la cara de Maradona, en Buenos Aires.ALEJANDRO PAGNI (AFP)

Los inmortales no mueren. Lo mismo da que el Diego futbolista se empeñara en devorar al Maradona callejero desde que emigrara de las penurias de Villa Fiorito. No importa que Maradona, no Diego, haya muerto de realidad, de esa irrealidad en la que vivió fuera de la cancha y en la que nunca encontró un subsidio de abandono más allá del fútbol.

Fue algo mucho más que un futbolista canónico. Trascendió de largo a un paladín argentino único [solo Gardel podría osar regatearle]. Ni el tanguero tuvo que soportar tanta divinidad. El fútbol cuenta mitos por doquier. Las hinchadas se desgañitan por discutir quién es o fue el mejor. Pendejadas que no llevan a ningún sitio cuando hay un dios por el medio. Di Stéfano, Pelé, Messi... Ninguno llegó a la deidad del Pelusa. Así lo quiso la gente, la albiceleste, la napolitana y la de Marte. Lo suyo excedía al espumoso mundo de las celebridades. Era el divo que le diera la gana. Así lo decidió el pueblo, así se aprovecharon tantos rumiantes maledicentes que le escoltaban en beneficio propio. Diego jamás supo dejar de ser Maradona. Nadie se lo consintió. Es un tonelaje insoportable ser Messi cada día. ¿Pero ser un dios cada minuto?

No era un dios cualquiera. Todo en Diego y en Maradona era asombroso. Cuando uno veía la zurda con frac de Diego le resultaba sobrenatural que encima tuviera otra pierna. Siempre con el tremendismo a cuestas, Diego era tan recreativo como Maradona subversivo. En la pradera podía hacer malabarismos con una mandarina durante horas. Cuentan, importa un bledo que sea o no leyenda —a los dioses no se les discute— que hasta bajo la ducha acunaba con el empeine una escurridiza pastilla de jabón. El arte de lo imprevisto. Este periodista jamás vio una pelota dormir la siesta como lo hacía en el pie zurdo de Diego. No hubo quien le hiciera tales carantoñas al balón. Por algo le obedecía como a nadie.

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Tan insubordinado era que en una misma jornada se ponía el guante de dios para marcar el gol más fullero entre los fulleros y poco después dejaba como portada del archivo del tesoro del fútbol un testamento único: un batallón de ingleses desparramados a su paso por una cancha mexicana. Tan rebelde que le tiraba el fútbol a la cara al opulento norte de los Berlusconi y Agnelli mientras el oprimido sur napolitano sacaba pecho como nunca con su gran cesarista por bandera.

A Maradona le molieron a patadas en aquel fútbol matonista de los años ochenta y noventa. En España y en el Calcio. Pero solo Maradona marchitó a Diego. Dios hace lo que le da gana. Y más el dios de los pobres, el capaz de enfrentarse a la nomenclatura de la FIFA y echarse en brazos de Fidel Castro (muerto también, guiños de la vida, un 25 de noviembre).

Descanse en paz el Maradona que nunca pudo embridar su vida. Y sigamos embriagándonos con el Diego infinito que ya estará ingeniando el próximo gol sublime. De paso, dejemos a un lado el estéril debate sobre quién demonios fue el mejor. A demonio nadie ganará a Maradona. Y dios solo hubo uno: Diego.

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Licenciado en Periodismo, se incorporó a EL PAÍS en 1990, diario en el que ha trabajado durante 25 años en la sección de Deportes, de la que es Redactor Jefe en la actualidad. Ha cubierto seis Eurocopas, cuatro Mundiales y dos Juegos Olímpicos.

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