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¿Tiene sentido jugar sin tu gente?

No hay ni ese gracioso de siempre que se me acerca para formular esa pregunta que cree original: “¿Qué, Zubi, hoy con quién vas?”

En San Mamés vacío, los jugadores del Barcelona celebran el tercer gol ante el Athletic.
En San Mamés vacío, los jugadores del Barcelona celebran el tercer gol ante el Athletic.Luis Tejido (EFE)

Es miércoles, día de Reyes, a eso de las 19.00 y me preparo para salir hacia San Mamés. Me espera un nuevo Athletic-Barça, un clásico de la Liga, uno de esos partidos que se viven a tope en esta ciudad en la que el Athletic es mucho más que un equipo de fútbol, es un signo de identidad y cohesión aunque no te guste el fútbol, yo diría que hasta si no te gusta el Athletic.

Hace frío y hay que abrigarse bien que la noche se presenta gélida. Cuando llego a la entrada del metro veo que la afluencia es mínima. ¿Será el frío? No hay bufandas ni camisetas mágicas ni bolsas de plástico llenas con los bocadillos que, en el descanso, serán la celebración de un resultado favorable o la materia prima que permitirá mantener la esperanza a pesar de un resultado adverso.

No hay gente, no hay ruido, no hay cantos al viento, no hay teorías sobre cómo parar a Messi o sobre el supuesto origen vasco de Leo que le permitiría jugar con la rojiblanca (soñar es libre). O como dice un amigo mío muy bilbaíno: “Pues mira, ni aunque quiera Messi va a jugar en el Athletic”. Y se queda tan ancho.

No hay ni ese gracioso de siempre que se me acerca para formular esa pregunta que cree original: “¿Qué, Zubi, hoy con quién vas?”. Ni tengo que sacar de mi chistera la respuesta mágica: “Hombre, eso ni se duda, hoy voy con los míos”.

Y a esperar que llegue la parada de San Mamés.

Llego al nuevo estadio del Athletic y el silencio, la neblina y el frío envuelven a esa explanada pensada para noches como esta en las que se agrupan seguidores de toda la diáspora para, aprovechando el tiempo extra de las Navidades, acercarse para revivir todos los sueños y mitos que otras veces tienen que ver por la televisión. Nadie. Bueno, un coche de los municipales y cuatro personas en la entrada autorizada para acceder al estadio.

Me siento, por una parte, un privilegiado autorizado para asistir al partido y, por el otro, reflexiono sobre si tiene sentido jugar sin tu gente. Bueno, me consuelo en que he venido a retransmitir el partido y que eso ayudará a muchos a sentirse por un momento en el terreno de los sueños que es un campo de fútbol.

Lo describía maravillosamente el actual entrenador rojiblanco Marcelino cuando, más por gestos que con palabras, nos hablaba de una extraña sensación, un “otro fútbol” jugado en el vacío de uno de los estadios más calientes y donde esos últimos 90 segundos después del gol de Muniain que reducía la diferencia en el marcador hubieran sido eternos para el Barça con la grada soplando las extenuadas velas del Athletic en busca del penúltimo milagro de San Mamés.

Ni siquiera eso, ni una pelota a la olla ni un uyy! ni un ayy! que permitieran volver a casa con el consuelo de ese “casi empatamos” que deja de lado las discusiones sobre sistemas y modelos y lleva esa leve luz de esperanza dentro de la derrota. Ni ese sentirse uno de tantos para sufrir juntos.

Acaba el partido, acaba el programa y me vuelvo en taxi a casa. El metro está cerrado y el toque de queda aconseja el desplazamiento en coche. Intento aclararme en ese laberinto de contradicciones cuando veo una comunicación en mi móvil sobre la invasión del Capitolio en Washington. Entro en el link y mis ojos se vuelven incrédulos.

Y yo, que añoraba las aglomeraciones y las pasiones, me veo desbordado, de nuevo, por la actualidad.

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