COPA DEL REY DE BALONCESTO
Análisis
Exposición didáctica de ideas, conjeturas o hipótesis, a partir de unos hechos de actualidad comprobados —no necesariamente del día— que se reflejan en el propio texto. Excluye los juicios de valor y se aproxima más al género de opinión, pero se diferencia de él en que no juzga ni pronostica, sino que sólo formula hipótesis, ofrece explicaciones argumentadas y pone en relación datos dispersos

Un comodín para Saras Jasikevicius

El título da licencia para soñar a un Barça que mostró hasta dónde puede llegar

Jasikevicius celebra el título de Copa junto a Abrines, Oriola y Smits.
Jasikevicius celebra el título de Copa junto a Abrines, Oriola y Smits.Juan Carlos Hidalgo (EFE)

La Copa refrendó en Madrid su talante de simposio emocional del baloncesto, un torneo en que el estado de ánimo de cada equipo se convierte, por el formato y la instantaneidad, en un factor, si cabe, más importante de lo acostumbrado. Así lo dejaron patente el Barça y el Real Madrid.

La sensación de desamparo del equipo de Laso en el vacío WiZink Center fue directamente proporcional a la voracidad con que el Barça atacó el duelo. El inesperado desequilibrio que Mirotic y la defensa del Barça impusieron para decantar el juego desde los primeros compases, dejó clavados a Laso y su tropa. El entrenador vitoriano apostó por Thompkins y el estadounidense no fue capaz de fijar a su compatriota Davies. El ritmo de juego, dominado por los azulgrana, más verticales, armoniosos y certeros, tampoco favoreció al pívot del Madrid ni a sus compañeros.

Los problemas físicos de Mirotic le restaron protagonismo, pero cuando tuvo que ser tratado en el vestuario antes del descanso, gran parte de la tarea estaba hecha. El montenegrino sabía ya que no se le iba a escapar su primer título de azulgrana, su primera final ganada ante el que fue su equipo hasta 2014. Los recursos del Barça afloraron. Higgins y Abrines rozaron la perfección durante todo el fin de semana. El alero estadounidense rememora a veces la majestuosidad en el juego de su padrino, un tal Michael Jordan. Sus tres partidos en Madrid, y especialmente la final, han puesto de relieve su calidad y han justificado el caché de figura con el que fue fichado en 2019, procedente del CSKA, y el premio al MVP del torneo. Y el alero mallorquín impartió un curso de lo que significa ser un tirador y a la vez un jugador supeditado a las necesidades del grupo. Metió todos los triples que lanzó, ante el rival que fuera, ocho en total. Pero lejos de atracarse de balón, sólo tiró cuando el juego y su posición lo requerían. Con el viento de cara, se explayaron también jugadores más sobrios como el letón Smits.

La capacidad de reacción del Real Madrid en la segunda parte le honra y le dio a la final el interés de ver hasta dónde era capaz de llegar. El partido lo tenía casi perdido desde antes del descanso, cuando perdía por 24 puntos. Destacaron sus jugadores más jóvenes, su futuro, Abalde, Alocén y Garuba. Aunque fue cuando Llull y Tavares entraron en ritmo en el tercer cuarto cuando el Madrid rebajó más su desventaja. El déficit del equipo en el rebote y los 11 triples que fallaron entre Llull y Carroll le restaron muchas posibilidades.

Se echó muchísimo de menos la pasión y la presión que generaba el tradicional revoltijo copero de las aficiones en la grada del WiZink. Aun así, no le faltó atractivo al clásico ni intensidad a varios de los partidos que lo propiciaron, especialmente los que Brizuela y el Unicaja, ante el Barça, y el Tenerife, ante el Madrid, estuvieron a punto de acabar con el largo tiempo de duopolio.

Jasikevicius ya tiene su primer trofeo como entrenador del Barça. La Copa es el comodín que da licencia para completar el año soñado por un equipo que dejó muy claro hasta dónde puede llegar.


Sobre la firma

Robert Álvarez

Licenciado en Periodismo por la Autónoma de Barcelona, se incorporó a EL PAÍS en 1988. Anteriormente trabajó en La Hoja del Lunes, El Noticiero Universal y el diari Avui.

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