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Oblak y la locura de los porteros

Los guardametas tienen esa capacidad para ser decisivos en momentos clave y en situaciones en las que parecen vencidos

Oblak durante un partido del Atlético de Madrid esta temporada.
Oblak durante un partido del Atlético de Madrid esta temporada.ANDREAS GEBERT (Reuters)

La cosa suele suceder de esta forma: tu equipo va primero en la clasificación pero está viendo reducida su ventaja, lo cual, casi siempre, suele venir asociado a un descenso en la eficacia goleadora. El partido lleva un estrecho margen favorable de un gol, lo que hace que la responsabilidad de mantener el cero en la portería sea fundamental para seguir primeros y, sobre todo, para que los nervios no se extiendan a todo el ecosistema de tu equipo, de tu club.

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Y mira por dónde, a falta de escasos diez minutos el árbitro silba uno de esos penaltis que definen nuestros tiempos de fútbol, un penalti de VAR.

Discusiones, demandas de rectificar la decisión (cosas más raras se han visto), todos los de tu equipo con las manos en la cabeza lamentando la situación y tú, el portero, que te ves ahí, pensando en no adelantarte de la línea, en adivinar, o recordar lo que tu entrenador de porteros te ha dicho en cuanto a los lanzadores del rival, de ver un gesto del tirador que te dé una mínima pista del lugar al que va a dirigir el disparo, una ráfaga pasa por tu mente y te preguntas: ¿Y si me quedo quieto en el centro?

Y ahí, justo en ese momento, llega la sentencia del especialista en porteros y ese dato estadístico definitivo: “Este portero hace tres años que no para un penalti”.

Diez segundos mas tarde, Oblak vuela hacia su derecha, encuentra la pelota a media altura y el balón se va a córner. Abrazos de los rojiblancos, desesperación en los babazorros. Y la estadística que deberá volver a empezar.

Como comprenderán me sentí muy identificado con el portero esloveno, con su serena y sensata alegría, con ese mismo talante con el que se maneja entre los tres palos desactivando peligros como quien no hace nada, sabiendo estar, sabiendo mandar, sabiendo aceptar cuándo toca. Y con ese soniquete que le acompaña de que no sabe parar penaltis. Tranquilo, Jan, no nos conocemos pero diría que me sé esa canción tan bien como tú.

Pero los porteros tienen esa capacidad para ser decisivos en los momentos clave y en las situaciones en las que parecen absolutamente vencidos. Me viene ahora a la memoria Ter Stegen en la semifinal de la Supercopa, o Keylor Navas en ese último minuto de la primera parte en la vuelta de los octavos de Champions, o Sandra Paños con ese penalti parado en los cuartos de Champions y que le abría a su equipo la posibilidad de un partido de vuelta más confortable.

Claro que a los porteros les puede tocar otro tipo de protagonismo para el que están menos preparados. No les puedo explicar lo que tenía en su cabeza Dmitrovic, el buen portero del Eibar, cuando cruzaba el campo porque su entrenador le había designado como el especialista y se disponía a confrontarse a Jan Oblak para intentar abrir el marcador, pero imagino una mente que se intenta concentrar en lo principal dejando de lado hasta los ánimos de los compañeros y la sorpresa de Oblak al ver que el tirador era su colega de puesto. Seguro que Oblak debió de pensar algo así como: “Con la que llevo con los penaltis y ahora me marca el portero”. Bueno, al menos algo así pensé yo cuando en el segundo partido del Mundial de Francia vi a Chilavert subir para tirar una falta y ese diablillo que me decía: “Si encima de lo de Nigeria, te marca un gol el portero contrario, apaga y vámonos”. El tiro acabó en la grada pero no se arregló lo de Nigeria.

Me hago mucho más a la idea de cuando el mismo Dmitrovic vio su penalti detenido por Ledesma y tuvo que regresar a toda prisa para cubrir su portería. O a Bono encontrándose ese balón franco para su pierna izquierda, y un ratoncillo que le iba diciendo: “Asegúrala, asegúrala”.

Y de ahí a la locura solo hay la distancia de un buen zurdazo.

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