Historia de la gran rebelión de la Superliga

Las 48 horas que frustraron a los 12 clubes, liderados por Florentino Pérez, en su batalla contra la UEFA por el poder y la riqueza en el fútbol

El exportero del Chelsea, Peter Cech, el pasado martes, tratando de dialogar con los hinchas del club londinense que bloqueaban el acceso del autobús del equipo a Stamford Bridge para disputar el encuentro de la Premier League ante el Brighton. REUTERS/Matthew Childs.
El exportero del Chelsea, Peter Cech, el pasado martes, tratando de dialogar con los hinchas del club londinense que bloqueaban el acceso del autobús del equipo a Stamford Bridge para disputar el encuentro de la Premier League ante el Brighton. REUTERS/Matthew Childs.MATTHEW CHILDS (Reuters)

Entre el domingo 18 de abril y el martes 20, el fútbol vivió un terremoto que sacudió a todos sus estamentos. Se desató una batalla encarnizada por el control del millonario negocio de las competiciones europeas. El complot que originó el seísmo se engendró en las alturas de los despachos de 12 de los clubes más importantes del mundo, liderados por el Real Madrid y su presidente, Florentino Pérez, decididos a crear una Superliga en la que 15 clubes, los 12 fundadores más otros tres que debían sumarse en junio (supuestamente Bayern Múnich, Borussia Dortmund y PSG), tendrían derecho vitalicio a participar. Otros cinco equipos deberían acceder mediante una segunda competición europea, si la UEFA la aceptaba, o una carta de invitación. Fueron 48 horas frenéticas en las que afloraron la traición, las mentiras, el espionaje y el contraespionaje.

El caldo de cultivo de la algarada se generó el pasado jueves, cuando los clubes que pretendían asaltar el monopolio sobre las competiciones europeas e internacionales que ostentan la UEFA y la FIFA tuvieron conocimiento de que el viernes el organismo europeo tenía pensado aprobar un nuevo formato de la Champions, que no les convencía, que aumentaba los equipos de 32 a 36, los partidos de 125 a 227 y proporcionaba más enfrentamientos entren los grandes clubes en la primera fase. Esto desencadenó que entre Florentino Pérez y Andrea Agnelli, dueño de la Juventus y presidente de la Asociación Europea de Clubes (ECA en sus siglas en inglés), decidieran acelerar el plan alternativo que llevaban meses afinando para crear la Superliga. Pérez ya había intentado algo similar en 2019, esa vez con el presidente de la UEFA, el esloveno Aleksander Ceferin, como aliado. Ahora es su acérrimo enemigo.

El jueves también ocurrió un hecho crucial. Javier Tebas, presidente de la LaLiga, tuvo una comida con Joan Laporta, recientemente elegido presidente del Barcelona. Tebas, según ha podido saber este periódico, fue al encuentro avisado ya de lo que se avecinaba. El dirigente azulgrana le confirmó todas sus sospechas. Tebas le comunicó a Ceferin que la escisión era real. Desde ese momento, los dos bandos entraron en acción. Por un lado, los clubes rebeldes, ocho en ese momento, se dedicaron al reclutamiento hasta sumar 12. Miguel Ángel Gil, propietario del Atlético de Madrid, recibió una llamada en la que se le invitaba a participar en el rompedor proyecto del que se le dieron a conocer todos los detalles y se le garantizaba que el Bayern de Múnich, el Dortmund y el PSG de Nasser Al-Khelaifi entrarían en junio. Los cimientos del torneo estaban respaldados por la inversora Key Capital, participada por dos grandes amistades de Florentino Pérez, el expresidente de Endesa Borja Prado, y el empresario franco-marroquí Anas Laghrari. Según fuentes conocedoras de las negociaciones, este último ha sido fiel acompañante de Pérez en muchas de las reuniones previas organizadas por Europa para sumar adeptos a la causa.

El respaldo de la banca JP Morgan, comprometida con un crédito inicial de 3.525 millones de euros a devolver por los fundadores con el pago de 264 millones durante 23 años, y la intención de obtener 4.000 millones de euros de la venta de los derechos de televisión, era otra base sobre la que se sustentaba el acuerdo.

La misma llamada que Miguel Ángel Gil recibieron los dueños del City, el Tottenham y el Chelsea. Todos bajo la presión de que estaban ante un tren ya en marcha que no se detendría más ante ellos. Según fuentes conocedoras de los preparativos de la Superliga, hasta enero el Paris Saint-Germain había participado de manera muy activa en los trabajos exploratorios. Sin embargo, por entonces prefirió echarse a un lado. Cuando se aceleró el proceso para poner en marcha la estructura de la Superliga, los cabecillas del cisma ni hicieron un último intento por convencerle. El Atlético firmó ante el temor de que el proyecto saliera adelante y de que el Sevilla pudiera ocupar su lugar. Los tres clubes ingleses también lo hicieron. Con 12 equipos se podía jugar la partida. La UEFA, ya alertada de la división, ponía su maquinaria en marcha aprobando el viernes en su Comité de Competiciones la nueva Champions. Los clubes de la ECA, entre los que se encontraban los rebeldes, también habían refrendado el acuerdo, aunque supeditado, según deslizaban, a negociar una sociedad en la que se compartieran los derechos de explotación de la competición y a revisar el formato. Si esas condiciones no se daban, no participarían en la nueva Champions.

Para el sábado, la gran traición que desembocó en las 48 horas más convulsas de la historia del fútbol ya estaba en marcha. Ceferin trató de ponerse en contacto con Agnelli, de una de cuyas hijas es padrino. Según reveló el presidente de la UEFA, el magnate italiano le negó el sábado la escisión, pero cuando pretendió que este redactara un comunicado desmintiéndola, apagó el teléfono. Ceferin, que viajaba en coche desde Eslovenia a Suiza, ya no tuvo dudas de que la rebelión no tenía marcha atrás.

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El domingo, los 12 clubes filtraron que sobre la medianoche anunciarían la Superliga. La UEFA se adelantó con un comunicado en el que reiteraba su amenaza conjunta con la FIFA de expulsar a las entidades y a sus jugadores de todas las competiciones internacionales, pero no frenó el anuncio del nacimiento del torneo. El lunes, en las dependencias de ambos organismos, se recibió una carta en la que se les comunicaba que los miembros de la Superliga habían interpuesto una demanda y solicitado medidas cautelares en el Juzgado de lo Mercantil nº17 de Madrid contra el monopolio que ejercen sobre las competiciones y ante cualquier intento de frenar la Superliga. El despacho Clifford Chance, con sucursal en Madrid, ejecutó el movimiento legal en nombre de la European Superleague Company SL. El siguiente paso fue, el lunes por la noche, una entrevista del presidente de la Superliga, Florentino Pérez, que escogió el plató de El chiringuito pese a las opiniones en contra de varios asesores. La intervención de Pérez mostrándose como el salvador del fútbol no fue bien acogida, según aseguran varios de los clubes fundadores. Fue el principio del fin.

El martes por la mañana, ya había noticias de que el Manchester City y el Chelsea se planteaban el abandono. El primer ministro británico, Boris Johnson, había contactado con los clubes ingleses para advertirles de que les pondría todas las trabas posibles, fiscales y organizativas. El presidente de Francia, Emmanuel Macron, también expresó su oposición. A su vez, Karl-Heinz Rummenigge, presidente del Bayern de Múnich, confirmaba que su club no participaría. Además, apuntó contra el apocalíptico mensaje de Pérez sobre la necesidad de crear la Superliga para evitar el colapso de la industria: “No creo que la Superliga vaya a solucionar los problemas económicos por el coronavirus. Más bien, todos los clubes de Europa deberían trabajar de forma solidaria para garantizar que la estructura de costes, especialmente los salarios de los jugadores y los honorarios de los asesores, se ajusten a los ingresos para que todo el fútbol europeo sea más racional”.

“Esto no es deporte”

La andanada de Rummenigge fue definitiva. También las declaraciones de Pep Guardiola, entrenador del Manchester City: “Esto no es deporte”. Y del técnico del Liverpool, Jürgen Klopp: “Los dueños toman decisiones sin preguntar”. Esas palabras, sumadas a las manifestaciones de los hinchas ingleses, precipitaron el fracaso. La imagen de Petr Cech, exguardameta del Chelsea, ahora empleado del club, bajándose del autobús para dialogar con los hinchas que impedían el acceso a Stamford Bridge fue la imagen icónica del derrumbamiento.

Ese mismo martes por la tarde, Miguel Ángel Gil acudió al entrenamiento del Atlético para explicar a los jugadores y a Simeone los pasos que había dado y ya expresó las dudas que tenía sobre que el proyecto tuviera futuro. Gil ya conocía que el City y el Chelsea lideraban la desbandada en bloque de los ingleses. Ni siquiera la admisión de las medidas cautelares ni las cláusulas compensatorias por no respetar el contrato frenaron el goteo que se produjo el miércoles después de la fuga de los ingleses. Solo el Real Madrid, el Barcelona, la Juventus y el Milan no han renunciado abiertamente a formar parte de ella.

El miércoles, en una entrevista en la Cadena SER, Florentino Pérez acusó al City, sin nombrarlo, de haber liderado el boicot. En las últimas horas, algunos de los fundadores han dudado también sobre la posibilidad de que el PSG ayudase con información a la UEFA a desactivar el argumentario que habían preparado. Cuando los propietarios estadounidenses del Liverpool y el Manchester United aterrizaron en Europa, les sorprendió que una parte significativa del negocio que generaban sus inversiones y sus futbolistas terminara en las arcas de la UEFA y la FIFA. Sus estudios de opinión identificaron, además, que contaban con reputaciones muy discutibles salpicadas por la corrupción. Pero antes de que pudieran empezar a hablar, la UEFA ya había actuado. La batalla estaba perdida.


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