Las protestas en Colombia dejan en vilo la Copa América

La Conmebol insiste en que las sedes del torneo están firmes a pesar de que los partidos de Copa Libertadores de esta semana se disputaron entre incidentes y gases lacrimógenos

Un asistente ayuda a los jugadores del América de Cali afectados por los gases lacrimógenos durante su partido de Copa Libertadores contra Atlético Mineiro, en el estadio Romelio Martínez de Barranquilla.
Un asistente ayuda a los jugadores del América de Cali afectados por los gases lacrimógenos durante su partido de Copa Libertadores contra Atlético Mineiro, en el estadio Romelio Martínez de Barranquilla.RICARDO MALDONADO ROZO (AFP)

El estallido social de Colombia ha alcanzado el fútbol. Las imágenes de jugadores que se frotaban los ojos y la garganta mientras batallaban para terminar sus partidos en medio de gases lacrimógenos que llegaban desde afuera del estadio, en medio del estruendo de las protestas contra el Gobierno de Iván Duque que ya cumplen más de dos semanas, se transmitieron en directo a todo el continente. Aunque las jornadas de la Copa Libertadores de clubes que se disputaron esta semana pretendían proyectar normalidad, solo consiguieron enviar un mensaje perturbador desde el país que debe albergar el próximo mes la Copa América de selecciones.

Colombia acumula más de 40 muertos en el marco de todo tipo de protestas, disturbios y enfrentamientos entre manifestantes y la fuerza pública. A pesar de la delicada situación interna, la Confederación Sudamericana de Fútbol (Conmebol) ha ratificado la realización del torneo de selecciones más antiguo del mundo por primera vez de manera conjunta en dos países, Colombia y Argentina. Ambos además afrontan un momento crítico por el repunte de contagios de la covid-19, aunque tienen en marcha sendos programas de vacunación que no avanzan a la velocidad requerida.

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La idea de los directivos ha sido celebrar esta inusual edición entre el 13 de junio y el 10 de julio, en paralelo a la Eurocopa para unificar calendarios en ambos continentes. Pero ha estado llena de traumatismos. Iba a disputarse el año pasado y fue postergada hasta 2021 por la pandemia, como la Eurocopa. Ahora se añade la convulsión social en el país andino, que debe albergar 15 partidos, incluida la final en Barranquilla. La sede de Colombia “sigue firme” y “nunca estuvo en duda” para la Conmebol, según han afirmado fuentes de la institución en declaraciones a AFP. Sin embargo, la incertidumbre va en aumento.

Cuando la organización del torneo se ha puesto en duda, Duque ha salido a señalar que la Copa América envía un mensaje importante en momentos en que se necesita una reactivación económica. “Hay que ver que la Eurocopa se jugará en los mismos tiempos con vacunas, burbujas sanitarias y demás. Sería absurdo que no se juegue la Copa América acá cuando sí se va a jugar la Eurocopa”, afirmaba hace pocos días el mandatario, cuando las protestas apenas cumplían su primera semana. Desde entonces, la situación ha escalado. “La ratificación por parte de la Conmebol es un apoyo regional a unir nuestras naciones y a ver este evento como un factor de unión y paz. Seguiremos monitoreando la situación de nuestro país”, ha señalado por su parte el ministro del Deporte, Ernesto Lucena.

Ese optimismo se estrella con una realidad apremiante, y una ola de críticas externas por la represión de los manifestantes. Tanto la pandemia como las protestas siguen proyectando una alargada sombra sobre el torneo. En medio de la delicada tercera ola, que amenaza con un colapso hospitalario, lugares como Bogotá han cancelado los partidos de fútbol. Varios clubes colombianos ya habían tenido que desplazarse a otras ciudades para disputar las fases finales de la liga doméstica, y los que participan en torneos internacionales se habían visto forzados a jugar como locales en Paraguay, Ecuador y Perú la semana anterior. La idea de sacar esos partidos era no poner en riesgo la Copa América.

Manifestantes se enfrentan a la policía afuera del estadio Romelio Martínez de Barranquilla durante un partido de Copa Libertadores entre el América de Cali y el Atlético Mineiro.
Manifestantes se enfrentan a la policía afuera del estadio Romelio Martínez de Barranquilla durante un partido de Copa Libertadores entre el América de Cali y el Atlético Mineiro.STRINGER (Reuters)

La Libertadores, el torneo de clubes más importante del continente, sin embargo, no pudo escapar al malestar social. El jueves, los lacrimógenos obligaron a interrumpir en al menos cinco ocasiones el duelo entre América de Cali y el brasileño Atlético Mineiro (1-3), trasladado justamente a Barranquilla. La víspera, las protestas en esa misma ciudad caribeña, en el norte del país, llevaron a suspender por minutos el duelo entre Junior y el River Plate argentino (1-1), mientras el partido entre Atlético Nacional de Medellín y Nacional de Uruguay (0-0), en Pereira, se jugó una hora tarde por los manifestantes que le impedían al equipo charrúa salir de su hotel. El balance deportivo para los clubes colombianos ha sido paupérrimo, pero eso es lo de menos. “No es normal venir a jugar un partido de fútbol en una situación tan inestable con lo que está viviendo el pueblo colombiano. No fue normal ni en la previa, ni durante el partido, se jugó en situaciones muy incómodas. No podemos mirar para otro lado”, declaró el entrenador de River, Marcelo Gallardo.

En las actuales circunstancias, el fútbol se antoja casi como una provocación para los manifestantes. La calle no está para fiestas. “Se sabía que por cuenta de la crisis social no se podía jugar. La Conmebol decidió insistir para demostrar que aquí se podía disputar algo y convencer a los incrédulos de que se podía hacer una Copa América. Claramente ese experimento resultó diametralmente opuesto a lo que ellos esperaban”, argumenta el periodista y analista deportivo Nicolás Samper. Recuerda que el célebre entrenador argentino Cesar Luis Menotti decía que se juega como se vive. “En Colombia estamos jugando como vivimos: en medio de gases lacrimógenos, protestas, abuso policial y brutalidad institucional”, concluye.

El llamado para que el fútbol no siga como si nada estuviera ocurriendo ha emergido desde diversos sectores de la sociedad . “Como ciudadanos, antes que futbolistas, queremos manifestar nuestro total apoyo al clamor expresado por el pueblo colombiano en su protesta y nos unimos a esas voces que piden un país más justo, equitativo e inclusivo, en el que se nos garanticen a todos, sin distinción, las condiciones mínimas para vivir con dignidad”, señaló en un comunicado la Asociación Colombiana de Futbolistas Profesionales, Acolfutpro. En su pronunciamiento, le piden a clubes y directivos que hasta que no se resuelva la situación de orden público que afecta al país, “y pone en riesgo nuestra integridad”, no se programen los partidos de la liga local.

El discurso institucional se encamina a celebrar el torneo de selecciones a cómo dé lugar, apunta Alejandro Pino, comentarista deportivo y director del periódico Publimetro. “El Gobierno necesita la Copa América, la ve como la única posibilidad de unión del país. En estos momentos es una prioridad gubernamental”, señala. “Siempre hemos sabido que a los dirigentes les importa el fútbol como negocio, pero esta semana evidenció que lo que pasa en la sociedad les resbala. Hay muchísima más consciencia en los futbolistas o en los técnicos”, se lamenta. La Copa ha perdido lustre, pero por ahora se mantiene en la agenda.

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Sobre la firma

Santiago Torrado

Corresponsal de EL PAÍS en Colombia, donde cubre temas de política, posconflicto y la migración venezolana en la región. Periodista de la Universidad Javeriana y becario del Programa Balboa, ha trabajado con AP y AFP. Ha cubierto eventos y elecciones sobre el terreno en México, Brasil, Venezuela, Ecuador y Haití, así como el Mundial de Fútbol 2014.

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